CLARA
Trenzas doradas (segunda parte)
Capítulo 01
La vida sigue su curso y el tiempo cambia muchas cosas.
Pasaron unos años; Clara
comenzó a ir al colegio, Julia se encargaba de su cuidado todo el día; de todas formas aunque tuviese que levantarse
un poco antes para llegar a casa de Héctor y Ángela y así levantar, vestir, dar
el desayuno a Clara y llevarla al cole,
ella prefería seguir durmiendo en su casa, que por otro lado, tampoco estaba
demasiado lejos.
Ángela seguía en su tienda
de zapatos, Héctor seguía a turnos en la fábrica, por lo que su vida y horarios
seguían tan descontrolados como siempre.
Ya hacía dos años que no
pasaban el último fin de semana de septiembre a la orilla del lago. La caravana se había quedado pequeña para los
cuatro y como ocupaba mucho sitio en el garaje decidieron venderla. Ahora los viajes se limitaban a las
excursiones con el AMPA del colegio para acompañar a Clara, y de eso se
encargaba Julia, que no perdía ninguna oportunidad.
Era el momento, tal vez la
edad en que los pequeños empiezan a tener sus amigos imaginarios, esos con los
que hablar de sus cosas y contarse experiencias vividas en sueños o tal vez en
otras vidas.
Conversaciones que
quedan guardadas en la más estricta intimidad, por miedo a ser incomprendidos,
o las burlas de familiares o compañeros de colegio.
Una noche sentados a la mesa
a la hora de cenar, los tres adultos miraban a la niña que parecía estar en
otro mundo. Se había quedado con el
tenedor a medio camino entre el plato y la boca; quieta como una estatua y con
la mirada puesta en la puerta acristalada de un mueble de la cocina.
Héctor.- Clara despierta, que te
duermes
Clara.- no papá, estoy pensando
Ángela.- ¿podría saberse en que
piensas?
Julia.- No seáis pesados, dejarla
que piense
Clara.- si no es nada. Estaba
mirando como refleja la luz en el cristal y pensaba que para mi cumple, me
podíais regalar una linterna, pequeña, que no de mucha luz.
Héctor.- ¿pero no te parece que eso es un regalo muy
pequeño?
Clara.- pero si además… pudiese dar
luces de distintos colores
Ángela.- pues a mí, me parece un regalo
chulo; a mí nunca me regalaron una linterna, y sí que me hubiese gustado.
Julia.- no se lo tomes en cuenta mi
niña, es que tu madre es muy tacaña y con tal de no gastar, cualquier cosa
barata le parece bien.
Ángela.- Habló la desprendida, que
como decía que tenias de todo, te regaló en tu primer cumpleaños unos patucos
hechos a ganchillo.
Héctor.- sí, sí, por ahí estarán
guardados porque además eran feos con ganas
Julia.- pero aquello era una broma,
y no veas el tiempo que me tiré dándole a la aguja hasta terminarlos
Ángela.- te das cuenta y luego la
tacaña soy yo
Clara.- pero no me contéis películas, si yo solo
quiero que me regaléis una linterna
Ángela.- estos que te regalen lo que
quieran, yo te prometo que busco una linterna que haga el haz de distintos
colores y te la regalo.
Siguieron cenando; Clara se
sentía feliz, tendría lo que quería, esa cosa con la que jugar en la oscuridad
con su amiguita escondida bajo las sábanas de la cama. Luego a dormir. Julia nunca se iba sin dejarla acostada,
contarle alguna historieta inventada y darle el beso de buenas noches, cuando
ya había cerrado los ojos. (Aunque bien sabía ella, que no estaba dormida).
Una vez se había ido Julia; Héctor y Ángela, siempre se quedaban un rato
viendo la tele (la semana que coincidía bien el turno del trabajo) era su momento
de estar íntimamente solos. Allí
abrazados sin miradas ni cotilleos alrededor.
Héctor- hay que ver, ya va a cumplir cinco años
Ángela.- cada vez se parece más a
aquella niña
Héctor.- Qué habrá sido de ella y
sus padres
Ángela.- No lo sé; qué raro, nunca
más volvió a visitarme
Héctor.- como va a venir, si está
aquí todos los días
Ángela.- a veces me siento culpable,
por no haber vuelto desde hace tiempo; se pensarán que nos hemos olvidado de
ellos
Héctor.- cada vez que pensamos en
ellos, estamos a su lado y al fin y al cabo, no creo que estén allí.
Últimamente, aquello se volvió
a llenar de mucha gente extraña y seguro que no les apetece ni acercarse por
ese lugar.
Ángela.- tienes razón, retiraron su
caravana y cortaron árboles para hacer más grande la zona de acampada; ya no es
el lugar acogedor que era.
La vida sigue su curso y el tiempo
cambia muchas cosas.
El viento ya no
levanta olas a la orilla del lago, y aquella niña de trenzas doradas se quedó
en el olvido de las personas del lugar, como algo incomprensible que tal vez
nunca sucedió, como algo que fabricaron sus miedos para justificar la incógnita
de lo que realmente pasó.
N.º de registro: CQjNmPLp-2026-10-20T22:51:22.355


