Sin velorio, sin entierro.
No doblaron las
campanas.
En una fosa común
sin ataúd de madera
descansa el cuerpo
sin vida
del mendigo, del
poeta.
En una bolsa metido
llevándose de este
mundo
aquellas últimas
letras
que no pudo recitar,
con la mano
temblorosa
extendida hacia la
gente
pidiéndoles
caridad.
No doblaron las campanas.
No hubo misas, ni
sermones.
Sin familiares al lado
nadie recordó su nombre.
Nadie lo ha echado
de menos.
Otro ocupa su rincón.
Otro mendigo que duerme
esperando ese momento
tapado con un
cartón.


