El
sol asoma el hocico, su luz deslumbra
los ojos pitañosos y enrojecidos por el contacto con el humo de la hoguera y
ese brebaje de hierbas bebido para hacer más llevadera la velada nocturna.
Las mujeres, trapo al hombro y portando escobones hechos
de finos y secos tallos de espliego empiezan a adecentar el interior de las
viviendas. Los ajuares de cama se
airean en las ventanas y las jovencitas mozas, rezongando entre dientes voltean
los colchones para oxigenar y esponjar la borra de su interior y darle mullido
para un mejor descanso.
A ellos, les toca
deshacer la res. Su carne cortada
en tiras la cubrirán de sal para que no le cague la mosca y así poderla
consumir en buen estado aunque pasen los días.
Con los huesos, después de ser golpeados con el machao, para que el burbujeo del hervidero de agua tenga fácil acceso hasta
los tuétanos, se hará un sabroso caldo, al que llaman de cría; reservado
para los rorros que no alcanzan las siete lunas desde su destete.
Los pequeños parlanchines esperan sentados
en aquella gruesa viga de madera a modo de escaño con su espalda apoyada en ese
muro (el que separa y traza la burda
línea entre el mundo de los vivos y el de los muertos).
Silencio todos, por allí se acerca Genaro. Nació con los dones de
la inteligencia para interpretar las letras y números, ostentando el de mayor
importancia….
La
paciencia para enseñar.
Del talego que porta colgado del antebrazo saca
unos sarmientos con los que los más pequeñuelos se entretendrán haciendo en la
arena alisada formas y dibujos que más tarde habrá que adivinar.
Acto seguido, unos cachos de pizarra finos y
negros para que los intermedios empiecen a practicar los trazos de las letras
con tizas en forma de triangulo que él mismo fabrica con cal endurecida.
Por
fin llega el momento de los avanzados. Tablillas
de madera clara y quemadas en los bordes, limpias, lijadas en fino para que se
deslicen con suavidad los pequeños carboncillos seleccionados en la fogata de
la anterior noche; tiernos en su
textura por la parte afilada y casi sin quemar en el lado opuesto para conseguir
así una mejor sujeción.
A lo lejos, subiendo por la ladera se
puede apreciar la silueta de Matías. Apodado
como “el manco” desde su infancia, debido
a que nació con una malformación en sus miembros superiores, aunque ahora, por
la labor que realiza le llamen todos “el
caminante”. Caminar todos los días por el sendero de la
ladera con el fin de que la maleza no lo
engulla. Ese que como culebra con cabeza triangular (donde Matías descansa antes de iniciar de
nuevo la vuelta) le dice a los habitantes del lugar que son libres
de irse cuando les plazca para conocer otras tierras, otras personas, otro no
se sabe qué… Que habrá detrás de aquellas montañas.
El amigo Gorgonio ya sube a la plazuela desde
los oscuros habitáculos donde un candil lo acompaña a diario, tras como cada mañana
probar el queso y el vino confirmando que están en buen estado. Sus
orejas enrojecidas dan fe de que así lo ha hecho.
Filomena, lo saluda con sorna al
pasar frente a él. A pesar de su
avanzada edad camina erguida, altanera, portando sobre su cabeza un cesto lleno
de ropa.
Se dirige hasta un
recodo del arroyo donde las piedras lisas e inclinadas, mitad en el agua, mitad
en la orilla, le servirán como losas sobre las que enjabonar y aclarar la colada,
antes de extenderla sobre el manto verde de la pradera para que el sol los
abochorne hasta media tarde.
Juanillo (un chaval con siete Floraciones
recientes, que anda rozando el equivalente a una fanega de cebada) siempre
resultó ser algo bigardo. Hoy se ha
levantado ilusionado. Su falta de interés por las letras y los números, está
bien compensada por la habilidad que
posee para cuidar las plantas.
Por primera ocasión se acercará al huerto
junto con Nazario. Poco a poco le ira enseñando el arte del
riego, el cuidado de las hortalizas y legumbres así como esos días más
propicios para la siembra y recolección de las mismas. Aprovechan el camino
para que Juanillo aprenda a poner los labios entreabiertos para aprender a
silbar. Hay melodías especiales por su
dulzura (que tan solo Nazario conoce) que hacen que las plantas se apacigüen y con
calma reverdezcan sus cogollos más vigorosos.

Valdeluna, una aldea de lo más interesante. Muy buen conocimiento del momento descrito por parte del autor. Buena descripción. Maese, vuecencia siempre ha sido un gran observador, simiente, sin duda, del ágil narrador de historias. Feliz finde. 🌹
ResponderEliminarAbrumadoras palabras
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