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domingo, 16 de agosto de 2015

Valdeluna. pre.- 3


           El sol asoma el hocico,  su luz deslumbra los ojos pitañosos y enrojecidos por el contacto con el humo de la hoguera y ese brebaje de hierbas bebido para hacer más llevadera la velada nocturna.

    Las mujeres,  trapo al hombro y portando escobones hechos de finos y secos tallos de espliego empiezan a adecentar el interior de las viviendas.     Los ajuares de cama se airean en las ventanas y las jovencitas mozas, rezongando entre dientes voltean los colchones para oxigenar y esponjar la borra de su interior y darle mullido para un mejor descanso.

     A ellos, les toca deshacer la res.       Su carne cortada en tiras la cubrirán de sal para que no le cague la mosca y así poderla consumir en buen estado aunque pasen los días.   Con los huesos, después de ser golpeados con el machao, para que el burbujeo del hervidero de agua tenga fácil acceso hasta los tuétanos, se hará un sabroso caldo, al que llaman de cría;     reservado para los rorros que no alcanzan las siete lunas desde su destete.

              Los pequeños parlanchines esperan sentados en aquella gruesa viga de madera a modo de escaño con su espalda apoyada en ese muro   (el que separa y traza la burda línea entre el mundo de los vivos y el de los muertos).

     Silencio todos, por allí se acerca Genaro. Nació con los dones de la inteligencia para interpretar las letras y números, ostentando el de mayor importancia….

   La paciencia para enseñar.

       Del talego que porta colgado del antebrazo saca unos sarmientos con los que los más pequeñuelos se entretendrán haciendo en la arena alisada formas y dibujos que más tarde habrá que adivinar.

        Acto seguido, unos cachos de pizarra finos y negros para que los intermedios empiecen a practicar los trazos de las letras con tizas en forma de triangulo que él mismo fabrica con cal endurecida.

      Por fin llega el momento de los avanzados.   Tablillas de madera clara y quemadas en los bordes, limpias, lijadas en fino para que se deslicen con suavidad los pequeños carboncillos seleccionados en la fogata de la anterior noche;    tiernos en su textura por la parte afilada y casi sin quemar en el lado opuesto para conseguir así una mejor sujeción.

        A lo lejos, subiendo por la ladera se puede apreciar la silueta de Matías.        Apodado como  “el manco” desde su infancia, debido a que nació con una malformación en sus miembros superiores, aunque ahora, por la labor que realiza le llamen todos  “el caminante”.     Caminar todos los días por el sendero de la ladera  con el fin de que la maleza no lo engulla.    Ese que como culebra con cabeza triangular  (donde Matías descansa antes de iniciar de nuevo la vuelta)    le dice a los habitantes del lugar que son libres de irse cuando les plazca para conocer otras tierras, otras personas, otro no se sabe qué…    Que habrá detrás de aquellas montañas.

        El amigo Gorgonio ya sube a la plazuela desde los oscuros habitáculos donde un candil lo acompaña a diario, tras como cada mañana probar el queso y el vino confirmando que están en buen estado.    Sus orejas enrojecidas dan fe de que así lo ha hecho.

           Filomena, lo saluda con sorna al pasar frente a él.  A pesar de su avanzada edad camina erguida, altanera, portando sobre su cabeza un cesto lleno de ropa.

 Se dirige hasta un recodo del arroyo donde las piedras lisas e inclinadas, mitad en el agua, mitad en la orilla, le servirán como losas sobre las que enjabonar y aclarar la colada, antes de extenderla sobre el manto verde de la pradera para que el sol los abochorne hasta media tarde.

         Juanillo (un chaval con siete Floraciones recientes, que anda rozando el equivalente a una fanega de cebada) siempre resultó ser algo bigardo.  Hoy se ha levantado ilusionado. Su falta de interés por las letras y los números, está bien  compensada por la habilidad que posee para cuidar las plantas.

     Por primera ocasión se acercará al huerto junto con Nazario.  Poco a poco le ira enseñando el arte del riego, el cuidado de las hortalizas y legumbres así como esos días más propicios para la siembra y recolección de las mismas. Aprovechan el camino para que Juanillo aprenda a poner los labios entreabiertos para aprender a silbar.  Hay melodías especiales por su dulzura (que tan solo Nazario conoce) que hacen que las plantas se apacigüen y con calma reverdezcan sus cogollos más vigorosos.

 


2 comentarios:

  1. Valdeluna, una aldea de lo más interesante. Muy buen conocimiento del momento descrito por parte del autor. Buena descripción. Maese, vuecencia siempre ha sido un gran observador, simiente, sin duda, del ágil narrador de historias. Feliz finde. 🌹

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