Los ángeles que la atienden
sin alas y
batas blancas,
intentan suplir
la ausencia
de las personas
amadas.
La monotonía imprime
la sensación
relajada,
haciendo soñar
despierta
dormida en la
madrugada.
Resplandece como aurora
el brillo de su
mirada,
cuando vislumbra
de lejos
esa llegada
esperada.
Esos que apenas se acercan
a visitar su
destierro,
en esta cárcel
maldita
con los
barrotes de hierro.
Minutos con la esperanza
de la ansiada
libertad,
dibujan una
ilusión
que ojalá,
fuera verdad.
Pero antes de que anochezca
de nuevo se han
alejado.
Allí se quedan los huesos
de un cuerpo
destartalado.
Esperando un fin austero,
como sus años
vividos.
Mirando
al techo, rezando,
a quien otros se encomiendan,
aunque nunca haya creído.

Triste realidad, bellamente versada.
ResponderEliminarHermoso verso. Triste como deben ser los buenos poemas.
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