El sol se empieza a ocultar
en esta tarde de invierno, anunciando que es la hora de sentarse en el sillón,
e ir calentando las manos, al tiempo que ahí, a mi lado, se acomoda la princesa
recostada entre almohadones.
Los dedos, sin mucho brío,
pulsan las primeras teclas dejando divagar a la imaginación, junto a un
sinsentido de disonancias escalonadas, hasta dar de pronto tal vez por
casualidad ese primer acorde preciso, que marque la tonalidad en la línea de
salida.
La gata, al tiempo que
ronronea, se acurruca sobre las piernas, sabiendo que es lugar donde dar y
recibir el calor de la amistad. Allí donde
la mano se acerca para acariciar su pelo, mientras los ojos se cierran para dar unas ligeras cabezadas en ese, su
sitio seguro.
Las notas que se buscan entre
sí, van aproximándose pero sin llegar a rozarse, armonizando con intervalos de
cuarta entre los que se intercalan arpegios disminuidos que ondean como alas de
algodón provocando un cerrar de pestañas ligero y sutil, al tiempo que el rosado
de sus labios deja entrever las resplandecientes perlas que tras ellos se
alojan.
Sus mejillas pintan de color
las estanterías de madera, para invitar a bailar a esos personajes encerrados
en los relatos y poemas que se alojan dispersos por las páginas de los
polvorientos libros colocados y coleccionados año tras año.
La luz cada vez es menos
intensa; por la cristalera de la ventana se disimula como con vergüenza
contenida tan solo el tenue brillo que proporciona la farola encendida en una
esquina cercana.
Siguen sonando las melodías
inventadas en ese preciso momento; las que intentan coordinar la expresión de
la princesa, con la suavidad del sonido, Improvisando varias nuevas fórmulas,
intentando alcanzar el aroma deseado, eso, que dé forma y continuidad al
proceso que culmine en éxtasis; como alquimista distrayendo entre probetas,
pipetas y tubos de ensayo; con el deseo de alcanzar la piedra filosofal, para
después olvidar el camino recorrido y que la ilusión de llegar a alcanzar la
meta, nunca tenga final.
De pronto todo queda en
silencio, quieto, oscuro.
Un solo dedo se deja caer con suavidad
negligente sobre una tecla de las apenas pulsadas habitualmente.
La mínima vibración entre esas tres cuerdas,
alcanza en su resonancia el punto más sublime.
La sutileza de lo efímero; la
agradable simpleza de lo gaseoso; la
fortuna de aventurarse en sensaciones; la simpleza de una línea representada en la
suavidad de un simple rayo de luz.
Los raíles brillantes y rectos hacia
lo lejos discurren sin necesidad de traviesas que los anclen al suelo; se elevan
a un infinito donde los sueños en libertad se encargarán del resto, sin nada
que nos impida andar, correr, volar.
Sin nada que limite nuestra
voluntad de pensar colores de purpurina y cantar con voz dulce los sentimientos
que nuestras pupilas dormidas reflejan.
Y mañana de nuevo volverá a
amanecer, desperezará el sol con un bostezo entrando por la ventana; lo
rutinario llenará nuestro día de obstáculos y cosas irrealizables en un camino
sin horizonte.
La imaginación se verá coartada por la
realidad sin dejar espacio a la ilusión ficticia de desplegar alas para subir a
lo más alto, y dejarse caer sobre nubes de algodón. Los sueños quedarán callados sobre una silla
de ruedas y el cristal de la ventana, volverá a cubrirse de vaho.
Pero siempre….
Siempre
nos quedará:
El tiempo de tardear.

Con tus letras acabo de ver tu cristalera y la noche perezosa cayendo sobre ella.
ResponderEliminarFeliz noche, maese.
Graciñas Dulcý.
EliminarEn cada novela,verso,cuento tuyo. En unos encuentro la magia de transportarse a lo ya escrito. Esa magia o ilusión que transmites es como una vitrina llena de coches que no sabes lo que os va a tocar. Hay veces que siento que ya lo viví y otras que aprendo. Insisto...es un gusto leerte. Hoy ya un poco tarde. Voy a todo. Gracias!!. Tocayo. Como las cuerdas del piano.Afinas cada día más.
ResponderEliminarSiempre agradecido tocayo.
EliminarPrecioso
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