A mi niña le están creciendo las alas.
No me gusta subir fotos. Pero esta es especial
viernes, 8 de noviembre de 2013
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Springfield al poder
Cada noche el profesor se
acercaba hasta el campus. Le gustaba pasear con paso lento y las manos cruzadas
a la espalda. El joven guarda jurado encargado de vigilar el recinto en horario nocturno,
hacia la ronda siempre a la misma hora. Le gustaba su compañía y las historias
que le contaba, por lo que las noches que llovía o hacia frio, lo invitaba a
pasar con él, se sentaban un rato en conserjería y entonaban el cuerpo con un té
o café calentito.
.-Pues sí. Ahora la gente
estudia más que antes y además estudia más gente. Hubo muchos estudiantes que sacaban tiempo
para trabajar, estudiar y luchar para que el acceso a la universidad llegase a
todas las capas sociales. Me acuerdo de
uno que llegaba a clase siempre
corriendo, después de sonar aquel escandaloso timbre. Llevaba dando patadas desde las seis de la
mañana repartiendo periódicos, por la tarde se dedicaba a dar clases
particulares para poder pagarse los estudios y aun así sacaba tiempo para
estudiar y estar siempre al frente de las movilizaciones para conseguir estos privilegios
que desde hace tiempo parecen no tener importancia, ya se ven como algo
natural, ya no hay que luchar ¿para qué? ¡Leche! Pues para conservarlos.
Se levantaba de su silla y
se iba de regreso a casa refunfuñando pasillo adelante.
Otras noches, aprovechando la
buena temperatura, después de la ronda se sentaban en uno de de los bancos de piedra que había a la entrada.
.-Aquí, donde estamos
sentados, esto que ahora son rampas, había una serie de escalones, en ellos y
delante de las puertas, estaban apostados los policías de los cascos y las
escopetas. Todos los estudiantes junto a
algunos profesores proscritos, llenaban con sus gritos todo esto que se ve,
entonces era una gran plaza con el suelo de arena. Tras las puertas cerradas
estaba reunido el claustro, se les veía asomarse a la ventana junto a los
inspectores y señalar a aquellos que consideraban los cabecillas de la
revuelta. Entonces no se usaban pañuelos, ni pasamontañas, ni nada para
ocultarse, no había porqué. Lo que se estaba haciendo no era ningún delito,
aunque algunos lo considerasen así. A
cara descubierta y la cabeza bien alta, un moratón producido bien por un pelotazo
a las porras de las grises, era todo un orgullo, una señal que te identificaba
“yo estaba allí” algo de lo que sentirse orgulloso. Cuando más tranquilo estaba todo, alguien
propuso hacer una sentada silenciosa, la consigna iba pasando de persona a persona,
en unos minutos todo esto se convirtió en una alfombra de donde no se oía ni un
suspiro. Rompiendo aquel silencio, sonó
un silbato, en ese momento empezaron a aparecer policías por todas partes. Con
sus porras dando golpes a diestro y siniestro. La gente, en vez de levantarse y
echar a correr, se quedó tumbada, protegiendo sus cabezas con el cuerpo de la
persona que tenía al lado. Se recibieron
palos por todos los sitios, ese momento lo aprovecharon para sacar arrastras a
los que aquellos miserables, antes habían señalado con el dedo y llevarlos en
furgones hasta los calabozos. Por la tarde y toda la noche, frente a la puerta
de comisaría, una muchedumbre esperaba la
salida de los compañeros. Cada hora salían
los grises a dispersar la concentración, pero a los pocos minutos otra vez
estaban allí. Cada vez, más estudiantes
orgullosos mostraban a sus moratones y heridas a sus compañeros. Así hasta las
ocho de la mañana que los soltaron después de propinarles una soberana
paliza. A unos cuantos hubo que
ayudarles, no podían casi ni siquiera andar por los golpes recibidos, pero aún
así, todas las cabezas, algunas incluso llenas de sangre, permanecieron erguidas,
ellos dieron los palos, pero aquella batalla la ganó la calle.
Aquella noche diluviaba,
bajo su paraguas negro, llegó hasta la estrada para guarecerse un rato bajo la
cornisa semicircular. Protegido de la lluvia tras las puertas, el joven
esperaba para abrirle y que entrase.
.-Un día, el primero de aquel
curso, cruzó esta puerta con cara de susto un muchacho de pocos posibles. El
hijo de un mecánico, pero no era cualquier mecánico, le arreglaba el coche al
gobernador. El chaval trabajaba a ratos
en el taller ayudando a su padre. Así y todo había terminado sus estudios con matrícula
de honor. Las uñas con el reborde ensombrecido lo distinguía de todos los
demás. Gracias a la mano del gobernador podría
asistir a clase pagando la mitad de la matricula. Siempre había soñado con ser médico,
pero estaba fuera de su alcance, por lo que terminaría sus días en aquel taller,
cambiando aceite, filtros y limpiando carburadores. Esto podía ser, su gran oportunidad. Nada más comenzar el segundo tremente,
aunque lo tenía estrictamente prohibido, fue a la movilización estudiantil que
se había convocado. Un profesor
prepotente y chulo, escoltado por la policía se acercó a una chica, la cogió
les brazo tirando de ella hacia fuera y gritó: Zorra, prepárate para suspender de por vida,
mientras yo esté aquí. Levantó su mano
amenazante para pegarle. En ese momento no lo pensó. Se abalanzó sobre él y le
lanzó un puñetazo a la cara que lo dejó tumbado en el suelo. Después de pasar dos días en los calabozos
detenido, fue a recogerlo su padre, no lo echaba de casa de milagro, pero si lo
expulsaron de la universidad. Trabajaría todo el día en el taller, como
siempre había pensado que sucedería.
Los compañeros, todas las tardes le llevaban los apuntes, él los copiaba
y estudiaba por las noches. Nadie lo esperaba, ni su familia, pero en junio se
presento a los exámenes por libre. Entre todos, habían hecho un tipo de colecta
y lo obtenido, había servido para pagar su matrícula. Ningún profesor le dio
más importancia, algunos hasta se rieron de la iniciativa, hasta que al
corregir los exámenes, vieron que había sacado sobresaliente en todas las
asignaturas. Eso no podía quedar así, había que inventarse algo, algo que los reforzase,
algo con lo que contentar y calmar un
poco de momento a la sociedad estudiantil. El consejo rector decidió que a partir de
entonces, todos aquellos con las calificaciones extremadamente elevadas, no
tuviesen que pagar la matrícula del curso siguiente. Aquel chaval, desde hace años trabaja en ese
hospital de enfrente, el doctor Ramos y por lo que dicen, es muy bueno.
Cada
noche tenía una historia distinta que contar. Algunas veces los ojos se le
volvían vidriosos al recordar aquellas batallas, aquella lucha que tanto
reformó este país. Al nombrar los
nombres de los jóvenes que tristemente quedaron en el camino por uno o varios
golpes de los grises y en quien nadie reparó, esos olvidados que no constan en
ningún sitio excepto en el recuerdo de sus familiares.
Aquella noche: Qué extraño, el profesor
cabizbajo, con bastón y parecía que cojeaba un poco. El joven salió a su
encuentro.
.- ¿Le pasa algo? ¿Está
bien?
.- ¡Sí! Que estoy de mala hostia
Qué cosa más rara, nunca de su boca había salido una expresión de ese
tipo y menos con esas formas.
.-Tomemos
un té y tranquilícese
Al
coger la taza, las manos le temblaban como si estuviese helado hasta los
huesos, incluso al sorber, los labios se le movían como si estuviese tiritando.
.-A ver, ¿en que he fallado? Mira que me preocupé de enseñarle que la
educación gratuita y de calidad, era la mejor inversión para una sociedad. Que
el prestigio de una nación no lo daba la renta de sus políticos, sino el grado
de cultura de sus ciudadanos. Que la
alta cualificación social, crea una infraestructura que es demandada por todos
los países de su entorno. Que exportar tecnología de última generación
hace fuerte a un estado. Que no es
suficiente con que los “más listos” lleguen a los puestos más altos, si los que
son un poco más torpes o no tienen medios, se quedan por el camino. Que no
es más valioso el que más tiene, sino quien más lo necesita y pone de su parte. Zoquete,
siempre me pareció un zoquete, se aprendió todo de memoria para aprobar, pero
nunca lo entendió.
.- ¿Pero de que me está hablando profesor?
.-No me llames profesor.
Estoy decepcionado, todos esos años de esfuerzo no han servido para nada. Han
tenido que poner al más zoquete, espera, como que zoquete. Ceporro, mucho más
que ceporro, ceporro con mayúsculas. CE- PO –RRO. (Golpeando al tiempo con el
bastón en el suelo)
.-Perdone ¿pero de quien
está hablando?
.- De ese que han puesto de
miniestrucho
.-Quien ese que se parece
al señor Burns, el de los Simpson
.-No, ese es el de hacienda
.- Entonces el que se
parece a Smithers
.-Que no, ese esta en justicia
.- ¿Pues quien?
.-El más parecido
intelectualmente a Homer simpson, el de educación, por decir algo. Más
vale que se hubiera dedicado de joven a entresacar remolacha, en vez de
hacernos perder el tiempo a los profesores que pretendimos enseñarle algo.
Se
levantó con aire, salió a la puerta donde se detuvo un momento y después de
gritar: CE-PO-RRO, el anciano profesor, marcho cruzando el parque por medio del
césped, blasfemando, hasta que desapareció entre los edificios.
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Historias
martes, 5 de noviembre de 2013
Mucho más que dos
. Felipe y soledad, dos jóvenes apuestos y siempre a la última, que solo se conocían de vista, pero tenían mucho en común. Los dos habían empezado una carrera en la universidad, solían frecuentar los mismos garitos de copas, ciertos amigos eran comunes y cada fin de semana abusaban del alcohol y terminaban acostándose en una cama diferente. Un domingo al despertar, por el pasillo que llegaba hasta la habitación, se encontraban las ropas esparcidas por el suelo. La luz del amanecer, iluminaba sus cuerpos desnudos y dormidos sobre aquel edredón.
En aquel piso que compartía una amiga con otros
estudiantes, la resaca les hizo permanecer dormidos hasta el medio día. Él se levantó sin hacer ruido, fue recogiendo
su ropa hasta el salón donde se vistió sentado en el sofá y se largó sin decir
ni adiós. Ya en la acera miró hacia los
lados para situarse, para saber en qué lado de la ciudad se encontraba y
hacerse una idea de por donde volver a casa más rápido.
Ella siguió acostada hasta la tarde. Entre sueños
debió pensar: menos mal que se ha ido, la cama para mi sola. La misma pasión caracterizó el encuentro y la despedida, una noche más vivida y una menos por
vivir.
A los
tres meses se estaban casando apresuradamente debido al embarazo producto de
una noche como tantas otras de borrachera y a la sugerente amenaza de muerte
por parte del padre de ella si no se limpiaba la honra de su hija.
Unas horas de las cuales no guardaban ni tan
siquiera un recuerdo, habían malogrado su carrera, el futuro y las ilusiones
por jugar al amor sin buscar la persona con la que compartir el resto de sus días.
La búsqueda de trabajo, por su falta de experiencia,
se limitaba a unas horas en fines de semana como extra en un restaurante para
recoger las mesas, lo que le generaba no más de seis mil de las antiguas
pesetas al mes. Las noches llenas de
luces giratorias se habían convertido en días cubiertos de sombras e
incertidumbre. Las carpetas y apuntes,
habían quedado renegadas a un rincón de la habitación para nunca jamás ser
usados. En aquella cama de ochenta, dormían pegados uno al otro, esperando que
algún sentimiento más profundo surgiese entre los ellos, o simplemente para no
caerse, debido a la estrechez del colchón.
A los seis meses de dicho evento, nació Amalia y
cinco minutos más tarde veía la luz Alejandro.
Los pequeños crecerían en un entorno lleno de hostilidades. Por la falta de recursos económicos y de
espacio en casa de sus padres, Felipe,
se vio obligado a trasladarse junto a su
esposa e hijos al pueblo natal de ella. A vivir en el caserón de sus padres y trabajar en las tierras y la
granja. Antes de aprender a manejar el
tractor, el olor del estiércol, ya estaba metido en su piel. La jornada era
desde que se hacía de día hasta la puesta de sol. Pasó de ser el señorito de la casa a verse
como un esclavo de su suegro. A este, no le importaba darle unos billetes de
vez en cuando para que alternase con los mozos del lugar. Cada vez que podía,
se escapaba con cualquier excusa a la ciudad, donde aparte de visitar a su
familia, aprovechaba para desahogarse con alguna que otra juerga. Solo había una condición muy clara: que en
ningún momento llegase a saberse nada de sus escarceos en el pueblo, o él mismo,
sería quien cavase a pico y pala su propia tumba. Era algo normal, siempre todos los hombres en
la familia lo habían hecho igual y nada tenía porqué cambiar.
De puertas afuera se intentaba dar una imagen de que
la convivencia matrimonial transcurría con normalidad, pero solo se engañaban a
ellos mismos, todo el pueblo sabía lo que allí sucedía. El aspecto físico de
ella fue pasando de la pulcritud, especialmente reflejada los domingos por la
mañana para ir a los servicios religiosos y el consabido vermut, a la dejadez
de las zapatillas de andar por casa. Los
paseos de la pareja cogida del brazo, algunas tardes de sábado, junto a la
chopera en compañía de los peques,
dejaron sitio a la clausura en la celda voluntaria de su habitación, no
saliendo ni a comprar, por no vestirse.
Los pequeños fueron creciendo bajo las faldas y cuidado
protector de su abuela. La tiranía del abuelo, la pasividad de la madre y el
resentimiento del padre. Su entrada en preescolar,
les hizo empezar a darse cuenta dentro de su poco entender, de lo diferente que
era la relación con sus padres, con respecto a los demás compañeros de aula.
Contaban ya los siete años de edad, cada día después
del colegio donde eran alumnos aventajados y haber hecho los deberes, empezaban
a tomar caminos distintos, la realidad que vivían era la misma, pero cada uno
pesaba la culpabilidad de lo que sucedía cargándola en un lado de la balanza
dependiendo de sus influencias.
Amalia era más fuerte, siempre andaba con su abuelo,
este le enseñaba a poner trampas para cazar animales, le gustaba desollarlos
con él y curtir sus pieles cuando llegaba el otoño, y que así estuviesen listas
para con pucheros pequeños de barro y
cañas que irían a cortar al río, fabricar bonitas zambombas, que hacer sonar en las fiestas de navidad.
Daba igual que se hiciese de noche, el frío o el calor, el sol o la lluvia,
ella cada tarde junto a sus perros y su viejo abuelo tenían siempre algo que
hacer en el campo o en la granja. Daba igual ir a sembrar o vendimiar, echar de
comer al ganado o ayudar en el nacimiento de un ternero. Su ilusión era hacerse lo bastante grande y
estar preparada para lo único que su abuelo le tenía prohibido por el momento... Echarse la escopeta a la cara, apoyarla en su
hombro y apretar el gatillo. Su padre
sería la pieza si osaba en algún momento a abandonar a su madre y el jefe de la
familia ya no tenía genio o fuerzas para hacerlo.
Por el contrario Alex, más debilucho, enfermizo y
delgado desde su nacimiento, siempre se quedaba en casa, en la cocina junto a
su abuela. Le gustaba repasar con ella
las lecciones de historia y geografía, los tiempos de los verbos. Cuando hacían problemas de matemáticas, con
esa edad muy simples, los leían y releían una y otra vez hasta entender
claramente el enunciado, ella los resolvía por la cuenta de la vieja, contando
con los dedos de sus arrugadas manos bajo los manteos de la camilla, para que
él no se percatase, siempre daba el resultado antes de que acabase de hacer las
cuentas y siempre acertaba, parecía cosa de magia, que lista era su abuela.
Cuando su madre salía de la habitación, donde pasaba
la mayoría del tiempo tumbada, era con el único motivo de acercarse a la nevera
para coger algo (chocolate casi siempre) las risas de la cocina enmudecían, su abuela
bajaba la cabeza y él la miraba con pena.
Esa mujer en pijama, despeinada, con el rostro dormido, alejada de todo
lo que tuviese que ver con el aseo personal y cada vez más entrada en carnes. Como podía pretender que su padre se sintiese
atraído por ella, si ella misma no se atrevía a desnudarse frente al espejo, ni
a pasar ante él por no darse asco. Que
panda de borregos que uno por uno no pensaban ni en sí mismos.
Entre tanto
el padre solo aparecía por casa cuando todos estaban ya dormidos y volvía a
marchar al amanecer, dejando como único rastro de que había estado allí, una
manta arrugada en el sofá y un tazón con los restos del desayuno sobre la mesa
de la cocina. Su vida se limitaba a
cuidar las tierras que la familia tenía alejadas del término e ir a la ciudad
un día a la semana con el fin de emborracharse, para poder ahogar así sus frustraciones.
Ya cumplidos los catorce, el abuelo decidió que lo
mejor que podía hacer por ellos, era mandarlos internos a la ciudad, donde
seguirían estudiando y así podrían ser algo en el futuro. La mañana de su partida fue la primera vez
que se sentó a hablar seriamente con ellos, los tres solos. .-mi buen dinero me
va a costar el que estudiéis los dos, solo os pido que me prometáis que no me vais a andar de picos pardos, si me
entero que alguno falta a su palabra, lo cuelgo del gran olivo que hay en el huerto hasta que deje de
patalear.
Luego antes
de subir al autobús, a cada uno les dio una fotografía pequeña de aquel olivo
para que la guardasen y al mirarla pudieran recordar su promesa.
Esa imagen se
quedó grabada en sus mentes durante mucho tiempo, solo con mirar la foto, de la
que nunca se desprendieron, un escalofrío les recorría todo el cuerpo.
Con el tiempo la situación se fue haciendo incómoda e insostenible. Las marcas que el alcoholismo iba dejando en
el padre, se iban incrementando. Las
fincas que tenía encomendadas para su cuidado se encontraban casi todas en
barbecho, desatendidas. Las fuerzas del
abuelo cada vez eran menos. La madre vomitaba
continuamente para perder peso y al instante volvía a la nevera o la despensa
para atiborrarse de nuevo con cualquier clase de dulces que encontraba.
Se vieron obligados a contratar gente para poder
atender las parcelas de labor y cuidar del ganado, el trabajo de todos los
obreros era supervisado por el abuelo, que se desplazaba de un sitio a otro con
su viejo land-rover.
El padre cada vez pasaba más tiempo en el bar
bebiendo o tumbado borracho en el sofá.
Día a día, las broncas en casa eran más intensas y se repetían con más
frecuencia, al final todos descargaban su ira con quien intentaba apaciguar las
ánimos, siempre la abuela.
Nadie reconocía sus culpas, todo era culpa de los
otros, Felipe, quería escapar de aquel infierno, pero la escopeta colgada en la
pared parecía tener atada la voluntad de huir de aquel lugar lleno de odio. Era muy cómodo aguantar y vivir de la sopa
boba ó quizás, demasiado arriesgado empezar de cero lejos de allí.
Pasando de la realidad, dedicados a sus estudios en
el instituto, los hermanos vivían en internados diferentes de la ciudad, no era
una urbe demasiado grande, pero tampoco hacían ningún intento por que sus caminos
se cruzaran. Incluso en vacaciones aprovechaban para realizar viajes a
distintos sitios con la excusa de mejorar su cultura e idiomas, con tal de no
estar en casa ni juntos.
Aquel verano por fin coincidió, por unos u otros
motivos, sin ponerse de acuerdo, la primera quincena de agosto, todos iban a
volver a convivir en aquella casa desde hacía tiempo. Era imposible no percibir lo que ocurría,
incluso intentando cerrar los ojos y taparse los oídos, no podían evitar el
darse cuenta de que la situación era insostenible por más tiempo.
A tal punto había llegado la violencia verbal y
algunas veces física en la casa, que los hermanos que llevaban mirándose con
odio o no mirándose desde hace años por sus posturas encontradas, no tuvieron
más remedio que sentarse frente a frente para hablar y tomar cartas en el
asunto, aunque nada se solucionase.
Acababan de cumplir los diecinueve. Habían terminado
el bachiller e irremediablemente ambos caminos parecían destinados a separarse
aún más.
Después de exponer y llegar a un acuerdo sobre sus
posturas, preocupaciones y metas durante varias noches a escondidas, decidieron
hacer una reunión familiar para poner sobre la mesa su decisión común, no
aceptarían que ninguno pusiese la mínima objeción a lo que habían acordado o
ellos se marcharían para siempre con todas las consecuencias.
Alex, deseaba cursar biología, tenía en mente
dedicarse en un futuro a la investigación dentro del campo de la alimentación y
los transgénicos, aunque para eso, antes debía de acabar la carrera y bien
situado dentro de su promoción para empezar a levantar el vuelo en el mercado
laboral.
Amalia, quería quedarse en el pueblo y encargarse
del funcionamiento de las fincas y la granja.
Cerca de allí se encontraba un centro escuela de formación para
capataces agropecuarios, donde podía asistir todas las mañanas a clase sin
desatender sus obligaciones.
El producto resultante, como hasta ahora, seguiría
siendo para la manutención de la familia y sufragar los gastos que de esta se
derivasen.
Alex tendría asegurada la financiación de la
carrera, con la única condición de no suspender ninguna asignatura. Al igual
que Amalia en la escuela de capacitación.
Los abuelos harían un testamento a nombre de los
nietos de todos sus bienes, citando que a su muerte, los beneficios o pérdidas
se repartirían al cincuenta por ciento y no se podría vender nada hasta pasados
diez años.
Amalia, mientras esa hora llegaba, se haría cargo de
todo, indistintamente junto al abuelo, darían las órdenes que creyesen pertinentes
para el buen funcionamiento tanto del personal contratado como financiero.
Cada miembro de la familia debería seguir una serie
de directrices para acceder a la asignación económica que ellos habían creído
justas.
Los abuelos se mudarían a la casa que tenían en la
plaza de la iglesia, con la única finalidad de que su vida fuera lo más cómoda
posible, la habían arreglado por completo y dotado de todas las comodidades con
el fin de alquilarla fines de semana y vacaciones a familias que querían pasar
unos días en el pueblo. Frente a ella estaba
el bar, donde el abuelo iba a jugar la partida de cartas y tomar un café
después comer y justo al lado la tienda donde la abuela había comprado siempre,
allí había de todo, pan, carne, pescado, legumbres, fruta, de todo, desde ropa
y calzado hasta productos de limpieza y costura.
Una señora, sería contratada para hacer la comida y
las tareas del hogar, así como para quedarse a dormir alguna noche si la
situación lo hiciera necesario.
Amalia viviría con ellos en la habitación del fondo,
esa pequeñita cuya ventana daba al patio trasero lleno de tiestos y
enredaderas. Sería una trabajadora más
de la empresa, asegurada y con sueldo a media jornada hasta que acabase sus
estudios.
Alex, viviría en el piso que sus abuelos tenían en
la ciudad, tendría una asignación de seiscientos euros al mes para su
manutención y gastos de luz y agua. En
vacaciones y como mínimo un fin de semana al mes, iría al pueblo para ayudar en
lo que fuese necesario y ver que todo seguía
según lo acordado. Una vez terminada la carrera entraría como un
trabajador más, hasta que encontrase un empleo relativo a su especialidad y
para él estaría siempre reservada la habitación abuhardillada que había en el
piso superior.
Los padres podrían disponer de sus vidas como les
apeteciese, pudiéndose marchar de allí desde ese momento. Mientras siguieran en el pueblo, vivirían en
la casona de las afueras, la que hasta ahora había sido el domicilio familiar.
Esta se reformaría para que cada uno tuviese su habitación, cuarto de baño y
una pequeña cocina independiente. Su alimentación estaría garantizada por una
dotación que Amalia pagaría directamente en la tienda. Cada uno de ellos
debería ir cada día a comprar, el saldo individual, no podría sobrepasar los
quince euros diarios, no se permitiría ni excesivos dulces ni alcohol, y en
caso de dejadez en el aseo personal, la cuantía se verá reducida a diez o cinco
euros diarios hasta fin de mes. Ninguna
otra persona podría entrar a vivir en aquella casa, aun que alguno ya hubiera
abandonado el domicilio. La asistenta de
los abuelos se encargaría de pasar algún día de la semana por allí para ver el
estado de limpieza en que se encuentra la casa y así poder tomar medidas. En caso de que alguno, quisiera colaborar
trabajando en la explotación, se le asignará un sueldo, sin que este afectase a
su dotación alimenticia.
Una vez expuestas las condiciones sin posibilidad de
impugnación, se acercaron a la pared, descolgaron la escopeta y Alejandro la
partió a la mitad cogiéndola por los cañones y dando un golpe seco a la culata
contra el suelo. Desde ese momento sus
padres eran ya libres, cada uno debería tomar la decisión de cómo, dónde y con
quien quería seguir viviendo.
Al cabo de unos años, doblaban las campanas, el
abuelo había muerto. Casi nadie excepto
la familia más cercana o sus trabajadores se acercó a despedirlo. Su nieta era
la que más sentía la pérdida tan repentina, casi sin avisar. El nieto llegó justo desde su alejado lugar
de trabajo para entrar en la iglesia y después acompañar al féretro hasta el
cementerio. Su mujer lloró fingidamente
su ausencia, en realidad estaba empezando a quererlo a partir de que su genio
ya no era tan soberbio como para temerlo. La hija salió a la puerta para despedirlo
a su paso por delante de la casona, embozada en una túnica y velo oscuros para
que nadie pudiera adivinar ni su cuerpo, ni su rostro. El yerno, ese día estaba demasiado ocupado,
destilando unas vallas de enebro que había recolectado días antes para hacer
orujo casero, desde hacía tiempo, su única preocupación.
En el camino de regreso a casa, Alex, le pidió a
Amalia que le dejase la foto que siempre llevaba en el monedero. Puso las dos
una junto a la otra y las hizo cachitos pequeños, dejando que el viento los
dispersase por la calle. Ella sonrió y
abrazó a su hermano con fuerza, como nunca lo había hecho.
Después de comer, Amalia se acercó al patio, metió
en el viejo land-rover algo envuelto en un saco de esparto y mandó a Alex que
subiera en el asiento del copiloto para acompañarla. Se fueron camino abajo, hasta el huerto. Allí
desenvolvió la motosierra, la arrancó con genio y taló el gran olivo con la lanza bien pegadita al suelo.
Con el árbol caído, se volvieron a abrazar, allí
quedaron: el olivo, la motosierra y el land-rover. Ellos se subieron caminando, juntos de la
mano dejando atrás el pasado.
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