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miércoles, 7 de diciembre de 2022

Soledades

 


 

           Amenazaba chubascos, pero el cielo ha quedado despejado.

     Aún de noche abre su balcón y el tumulto de la turba invade su hogar.

El retumbar de los tambores avanzando por la calle se mezcla con los primeros indicios de luz y por fin por la curva asoman los primeros nazarenos acompañando la primera imagen.

    El ruido se va alejando y el olor a cera que emana de las tulipas reconforta el silencio de la devoción, mientras de lejos se aproxima el Mater-Mea, interpretado por la banda municipal.

       Detrás, bajo palio y con su manto negro bordado en oro, la Soledad.

 Soledad que le acompaña cada día y noche en la casa vacía desde que su esposo murió.

         Soledad, la que cada madrugada de Viernes santo, sale a saludar desde su balcón.

 

Carlos Torrijos

C.a.r.l. (España)2022.






martes, 6 de diciembre de 2022

Loko desamor

 


 

       Las teclas bajan y suben; teclas negras, teclas blancas bajo las yemas de los dedos de un loKo soñador.

     Sonidos y silencios exclamando sentimientos forjados a sangre y fuego en el interior de su caja torácica a ritmo de latidos impetuosos que se duelen de un desamor.

             Notas graves, lúgubres que abrazan la tristeza, acordes menores, flacidez que enjuga el alma dando paso a un arpegio dominante con la séptima encarnecida que ruge desde las entrañas con odio incontenido.

      Lágrimas en un apretar de dientes; un brusco y desmesurado golpeo con los diez dedos al tiempo, que hace temblar la tabla donde apoyar la partitura.

       La tapa del piano se cerrará por  y para siempre;  en su interior quedará la melodía histriónica del nunca jamás.

 

Carlos Torrijos

C.a.r.l. (España) 2022.




lunes, 5 de diciembre de 2022

Ratones

 

    Ratones que roen el papel de los viejos cuadernos y se vuelven a esconder tras sus bigotes.    Mueven sus colas largas y afiladas paseando por las vigas carcomidas, llenando de polvo las esbeltas  telarañas tejidas con precisión y dejan su huella en forma de excremento por toda la habitación.

   Ratones de pelo cris, desafiando con la mirada desde el hueco de la pared,  dueños de las vidas desidiosas, mora- dores de los apáticos pensamientos deslucidos, caníbales de los sueños ocultos junto a la almohada dormida.

    Ratones que acompañan a los lánguidos ojos de largas pestañas que dejaron de mirar la luz del día para contemplar las tinieblas que discurren por su mejilla  en forma de caudal de soledad.

   Ratones que moran en la bola de cristal que adivina el precipicio de la incomprensión, insignificantes roedores del poco a poco en el paso del tiempo, avance ineludible hacia la meta final, letras escritas con fluidos, devoradas por la insensatez de un papel que todo lo absorbe, quedándose para sí todos los pensamientos nunca pronunciados.

 Ratones que por su propio instinto desaparecen cuando ya no hay nada que roer, en busca de nuevas víctimas a las que hechizar con sus patrañas embaucadoras en la profundidad del sueño, moviendo con suavidad sus bigotes, acariciando la frente arrugada de los que dejaron de pensar.


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