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jueves, 8 de octubre de 2020

Pensada nº X Quién soy

 


 

Tú o yo, qué más da.

Destinados a vivir aquí

siendo oriundos de otros mundos.

Espacios distintos

con cielos e infiernos diferentes.

Donde los cuatro elementos,

se fusionan o repelen de diferente manera.

Donde la belleza no es compartida

por los cánones de la misma silueta,

y donde las creencias divagan

formando elipses nada parecidas,

en torno a esta masa que cubre las almas.

 

Como pretender la igualdad

o un simple parecido entre tu mente y la mía.

Como ponernos de acuerdo en el color

que debe predominar en nuestro firmamento.

Como llegar a un consenso sobre:

El olor de la amargura,

el sabor de la soledad,

o el candado que guarda la felicidad.

 

No me preguntes quien soy.

Mejor… averigua quien eres.

 



 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

¿¿Sueños??


  Como siempre una de mis pensadas; una tontería como tantas otras que transcribo de la libreta sin corregir, tal y como fue saliendo. (Si no ya no sería una pensada).

         Quisiera comenzar haciendo dos preguntas:
.- ¿Cuánto hace que no soñáis?
.- ¿recordáis vuestro último sueño?
       Cerremos los ojos un momento y pensemos.

           Yo he de reconocer que no me acuerdo cuando, porque hace mucho tiempo ya, lo que sí recuerdo, es que fue algo breve y preciso, un destello, un momento de felicidad que jamás la vida me regalará, por eso es un sueño.

        Dormimos para intentar obtener un descanso y sin embargo este cerebro “que es medio tonto” se empeña en revivir o crear vulgaridades; nos recuerda los problemas y preocupaciones de cuando estamos despiertos o nos crea mundos paralelos que no aportan nada relevante. Nosotros simplemente nos convencemos de que eso son “sueños” y simplemente nos conformamos con que no lleguen al grado de pesadilla.  (Bueno a veces se ponen muy pesados).
  
           Recuerdo ahora cuando escribía relatos, y música;  al menos entonces mis “ensoñaciones” tenían un propósito:       Dar luz a las sombras que mi imaginación había dejado entre paréntesis al hilvanar unas notas con otras o eso que falta antes de un punto y aparte para así concluir un párrafo.
Me despertaba y sin pereza bajaba las escaleras para que no se me olvidara; era algo emocionante y parecía eso solo fuera la primera gota de agua en una cascada de ideas que se agolpaban sin dar tiempo a escribirlas todas.  Notas que se sucedían tecla tras tecla formando melodías tan extensas que me obligaban a levantar los dedos y coger el lápiz y papel pautado, antes de que todo quedase perdido a merced del viento si no lo anotaba en el pentagrama (mi memoria, nunca fue muy buena).
    Pero a esos tampoco los considero sueños (debe ser que soy demasiado exigente) solo un deseo irrefrenable de compartir aquello que mi corazón, mi alma, mi musa o que se yo que era me dictaba.    Algo sería, pues yo no soy tan listo.

Una cosa “imposible” de realizar, una situación que no se puede “medir ni pesar”, un pasaje que no se puede guardar entre las agujas de un reloj.
 Eso es un sueño;  lo irrealizablemente perfecto, eso que es capaz de sobrepasar el infinito, esa gran mentira, tan increíble que no puedes olvidar al despertar, pues su recuerdo es mayor que la propia vida.

         Ahora os vuelvo a preguntar:
.- ¿Cuánto hace que no soñáis?

     Dormid, dormid y espero que hoy soñéis.


















   



lunes, 24 de agosto de 2020

Imaginería




       Ay, la señora Lucinda;  toda la vida sola.
             Bueno, sola, sola, no.

        La niñez, la vivió junto a sus padres y hermanos en aquel pueblecito perdido de la montaña asturiana, hasta que con la mayoría de edad, fue a buscar suerte a la gran ciudad;   allí conoció a un joven y al tiempo se casó y se fueron a vivir a un núcleo minero.   Su marido no resultó ser la joya que se merecía.     Gran trabajador según sus compañeros, pero hacía su vida de la mina al bar, del bar a la cama a dormir la mona y cuando se levantaba, otra vez a la mina, hasta que un desprendimiento, se lo llevó para el otro barrio;     ese en el que las lápidas blancas contrastan con la negrura del carbón.

         Por suerte, siempre tuvo al lado a su gran gato; un animal de pelaje brillante y grandes ojos (regalo de boda de una amiga algo tacaña “todo hay que decirlo”).

       Debajo de la mesa, cada mañana, ponía agua limpia en un cuenco y del plato, cambiaba las galletas por unas recientes y tiernas.         Luego, se sentaba y mientras se entretenía haciendo punto de cruz  “hasta que la vista y las manos dejaron de prestarle esa opción”,  le contaba historietas, anécdotas a veces inventadas de cuando era pequeña y de aquel lugar al que nunca regresó.

     Una noche de calor, como tantas otras, la ventana del salón estaba entreabierta para que corriese el aire.
  Algún animal, posiblemente otro gato, entro en busca de las galletas.      El caso es que a altas horas, serían las tres; desde el cuarto donde dormía, oyó un ruido; como un restallido contra el suelo y de repente un gran golpe de viento abrió la puerta de su habitación.

   La señora Lucinda se levantó; allí bajo la mesa estaba el gato tumbado, la cabeza separada del cuerpo, las orejas y el morro hechos añicos, las patas delanteras cada una por su lado y el agua del cuenco esparcida por el suelo.

        Recogió pedacito a pedacito, intentó reconstruirlos pegando cada pieza en su sitio con sumo cuidado pero era una misión imposible para una persona mayor con el pulso poco firme.

    Ya no comía como antes, parecía no prestarle atención a sus historias,  quedó tullido,  apoyado en un cachito de teja para mantenerse erguido.

                    Pasados los meses, decidió envolverlo en una linda y suave toalla y llevarlo a reposar bajo tierra en una pradera cercana que siempre estaba iluminada por la luz del sol donde las flores y el pasto dibujaban figuras realmente bellas.

         Cuando volvió a casa, puso una manta doblada bajo la mesa y allí, apoyando su cabeza en un cojín se durmió junto al cuenco y el plato aún con galletas.

       Nadie sabe cuánto tiempo pasó.  Cuando la hallaron, su cuerpo había desaparecido de entre sus ropas.
            Tan solo su cara bajo el pañuelo negro de cabeza y sus manos entrelazadas asomando por las mangas de la blusa convertidas en brillante porcelana.