El gato estaba dormido;
se había puesto su pijama de cuadros,
para fusionar su cuerpo con la manta que había en el suelo, así como camaleón
camuflado, pasaría inadvertido a la vista del resto de habitantes de la casa.
Al perro
le gustaba mucho jugar con un hueso de plástico, pero unos momentos antes, lo
habían escondido tras el sofá unos ratones graciosos, a los que les gustaba trastear con
todo aquello que encontraban.
El perro entonces a ver frustrada su
intención de entretenimiento, se puso a buscar el ovillo de lana. Era
la única manera de que el gato saliese de su “escondite” y tendría con quien
corretear al menos. (Al fin y al cabo, él era el culpable de que esos
ratones anduviesen campando a sus anchas por toda la casa).
Cuando ya estaban todos dormidos el dueño de
la casa se puso a gritar despavoridamente.
“Que dolor” se había levantado a
mear y le había dado con el dedo meñique del pie derecho a la pata de hierro de
la cama; palabras blasfemando resonaron hasta en el salón.
El perro, el gato, y detrás
todos los ratoncitos corrieron a refugiarse en el garaje.
A dueño enfadado, mejor
enemigos juntos, que arriesgarse a ser alguno de ellos objetivo de la ira
provocada por el dolor.
Bienaventurados aquellos que no saben leer, pues ellos, no perderán el
tiempo con esta serie de chorradas.
Ja, ja, ja.

Cada uno a su interés, pero el temor a la crisis los junta.
ResponderEliminarJsjajajaj muy bueno, maese. 🤣
ResponderEliminarMuy bueno.jaja.
ResponderEliminarMe parto!!😂
¡Ja, ja, ja! Me parto
ResponderEliminarJajajaja, muy bueno
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