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domingo, 18 de enero de 2026

Bienaventurados

 

          El gato estaba dormido;  se había puesto su pijama de cuadros, para fusionar su cuerpo con la manta que había en el suelo, así como camaleón camuflado, pasaría inadvertido a la vista del resto de habitantes de la casa.

      Al perro le gustaba mucho jugar con un hueso de plástico, pero unos momentos antes, lo habían escondido tras el sofá unos ratones  graciosos, a los que les gustaba trastear con todo aquello que encontraban.

      El perro entonces a ver frustrada su intención de entretenimiento, se puso a buscar el ovillo de lana.    Era la única manera de que el gato saliese de su “escondite” y tendría con quien corretear al menos.   (Al fin y al cabo, él era el culpable de que esos ratones anduviesen campando a sus anchas por toda la casa).

    Cuando ya estaban todos dormidos el dueño de la casa se puso a gritar despavoridamente.

 “Que dolor” se había levantado a mear y le había dado con el dedo meñique del pie derecho a la pata de hierro de la cama; palabras blasfemando resonaron hasta en el salón.

   El perro, el gato, y detrás todos los ratoncitos corrieron a refugiarse en el garaje.

    A dueño enfadado, mejor enemigos juntos, que arriesgarse a ser alguno de ellos objetivo de la ira provocada por el dolor.

 

Bienaventurados aquellos que no saben leer, pues ellos, no perderán el tiempo con esta serie de chorradas.


Ja, ja, ja.

 


 

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