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viernes, 16 de diciembre de 2016

Alma Cofrade


Para tres hermanos:
     TOÑO, BELËN y JAVI. (Cuenca)
          Hijos de LOLO Ruiz



martes, 6 de diciembre de 2016

Relato de una noche de otoño.


.    Tras dar a conocer el último capítulo del relato. Un día por medio y a la carga sin más dilación. (O se volverán a pasar otros diez años)
.      Llega la noche, me siento frente a él.  La ilusión del reencuentro con mi viejo amigo, se mezcla con la incertidumbre de saber cuál será el importe acumulado en esta factura, después de estos años.
.      Los dedos al fin se deciden a posarse sobre él. Las yemas, quieren bailar con gracia entre sus blancas y negras teclas. Los tropezones se suceden. Mi mente intenta atenuar la velocidad para poder pensar en el movimiento de cada articulación, pero las manos se rebelan contra mí.   Quieren volar, recorrer de nuevo ese espacio tantas veces transitado, saltan de un estilo a otro, “bolero, tango, pasodoble” hasta que a codazos, se abre camino un vals.
.     Y me da pena oír la melodía que suena…  nostalgia de los tiempos de luz donde silbaban los vientos, convertidos ahora en nubarrones grises, que simplemente eructan truenos.
.    Dejo a un lado lo establecido, lo ya escrito.  He de contarle tantas cosas.   La coordinación entre la melodía y la armonía, parece revelarse. Demasiados minutos para dar forma a ocho simples compases, los cuales me cuesta repetir.  Mecánicos, sin sentimiento, suenan una y otro vez.
.     Los recuerdos de mi mente se trasladan a aquel fatídico año para hacerme ver la luz de nuevo.  Tras aquel accidente, donde mi amigo me dijo: Ven, yo te ayudaré a lograrlo.  Y si entonces pude, ¿Por qué no lo voy a lograr ahora?
.    Sé que pasará mucho tiempo, que tal vez la edad y la falta de horas, no me permita alcanzar la digitación deseada, pero no me cabe duda, de que él y yo, volveremos a comunicarnos, tal vez con paseos y frases más pausadas.   Habrá que echar mano del bastón y aprovechar el resguardo de los arbustos en ese banco para sentarse  a descansar, dejándose mimar por los suaves rayos de sol que alumbran las tardes de otoño. (Son las cosas que tiene el hacerse mayor)

.   ¿Cuándo podrán escuchar mi nueva composición?
.-     no lo sé
.    Ni si quiera si entenderán lo que pretenda expresar en ella.   Pero sé que para mí, será algo maravilloso, desde que empiece a componerla hasta que termine de gestarla para que vea la luz.  Cuando oiga ese dialogo en el que los dos, aportaremos anécdotas y vivencias de nuestro caminar de la mano.   Entonces, podré sentir, que he recuperado su amistad.




lunes, 5 de diciembre de 2016

Dónde Marchaste cap.- 7º - Final


-------- Dónde marchaste -----
----- Capítulo 7º - Final----

        El 5 de junio De 1973, justo el día en que cumplía sus 75 años, Frederick moría en soledad, tal y como había vivido los últimos años.
    Tan solo la gente del vecindario acudió a despedirlo.
    En el cementerio descansa por fin su alma atormentada. Sus poemas de otra vida, alcanzaron laureados galardones, mientras él, vivió pobre pero feliz, regalando sus letras, tal vez por  no preocuparse de encontrar a quien pagase por ellas.
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La introducción a este relato, se decidió dejar para el final.
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   Un 16 de agosto de 1936, en la querida España, llamaban a su puerta.
    Atrás quedaban los días de gloria.    Algunos de aquellos que hasta entonces, habían sido adeptos de sus escritos y reflexiones, ahora lo vilipendiaban por reaccionario, por pensar en voz alta, por su sexualidad o simplemente por envidia.

          Un señor, amigo de la familia, vestido de uniforme y dos estrellas en la bocamanga de la chaqueta, la noche del 19, lo empujaba a una cuneta desde el camión que lo transportaba en el recorrido hacia el último paseo,  poco antes de llegar a la altura del cortijo  Gazpacho.
     Allí pasó toda la noche agazapado por el miedo entre unos arbustos.  
    El sonido de los disparos de un pelotón de fusilamiento en un sitio cercano, retumbaría dentro de su mente toda la vida.

         De madrugada, un desconocido pasó a buscarlo.
     Lo mandó subir al coche.   Hecho un cuatro y cubierto por mantas,  permaneció en el maletero durante todo el día y parte de la noche, hasta llegar a un lugar desconocido para él.

      Allí debería esperar en soledad la próxima señal.

    En la habitación de aquella pensión, pasó escondido unos días, junto una maleta prestada, atada con cuerda de esparto que solo contenía unas cuartillas en las que escribir acompañado de la penumbra de su pena,  envueltas en una camisa de cuello de tira y un pantalón gastado.
 Esperaba en la noche el sonar de un doble claxon;   señal de que era hora de partir.

      Abandonaba la habitación, en que había estado alejado del mundo, para subirse a un coche con otro desconocido.       Tras la frontera, debía encontrarse con compatriotas que se habían adelantado en su exilio.

   Al volver la vista atrás, imaginaba el resplandor de las granadas de mortero, que empezaban a asolar su patria, cubriéndola de sangre, desolación y muerte.
      En la parte trasera de ese vehículo lleno de lágrimas, tan solo un lápiz sobre un papel hablaba.       Contaba la contradicción no entendida.   La cobardía de la mano que no se veía con fuerza para empuñar un arma que no fuera su pluma para defender sus ideas.
 La impotencia subyugada por la consternación de perder todo aquello que había conseguido.
        Miedo a ser de nuevo encarcelado, a que destruyesen sus últimos escritos y después de un tiempo, acompañar a sus compañeros en la fosa común de los olvidados.
    Él, que había elegido el estar cerca de los suyos tras recorrer medio mundo, se veía obligado a marchar sin siquiera despedirse.

     Los minutos interminables, formaban parte de las horas de despedida, atrás quedaban los recuerdos, la infancia y la juventud.
          La familia que lo recordaría bajo aquel olivo andaluz donde se sentaba a escribir.
     El sol y la luna, ya no serian iguales y los poemas de luz, serían sombras difusas en la niebla.
   
        A lo lejos, otra bandera tricolor, le daba la bienvenida a un nuevo país, a una nueva vida, a un destino cargado de incertidumbre donde poder cantar a la libertad.

   El largo viaje tocaba a su fin. Se adentraban en la ciudad de Toulouse. En una esquina discreta y solitaria se apeó del vehículo con un simple hasta siempre camarada, antes de alejarse de nuevo aquel coche llevándose dentro su prestada maleta.

   De su bolsillo sacó un papel, en él, apuntada la dirección donde se debía dirigir junto con el nombre de esa persona por la cual debía preguntar.
   No manejaba el idioma, fue enseñando esas letras a unos y otros, intentando entender sus indicaciones.

      Por fin, se encontraba frente al portal, la puerta abierta lo invitaba a entrar y un señor le preguntaba en castellano afrancesado:

Anciano.- ¿qué desea usted?
Federico.-  ¿Cómo sabe que soy español?
Anciano.- no pregunte, salta a la vista.
Federico.- me dijeron que pregunte por Lemaítre
Anciano.- en el segundo piso, habitación nueve

    Las escaleras de madera crujían a cada paso y el ladrido de un perro, parecía esperarlo en el rellano.

Lemaítre.- s’assoir Pierre
Federico.-  ¿es usted Lemaítre?
Lemaítre.- tranquilo, no hace nada, pero el paso firme no tiene porqué oírse, si la carcoma de la madera despierta, al final termina destruyendo las vigas y hace que el edificio se derrumbe.
Federico.- yo soy…
Lemaítre.-  !Silencio!  Tú, ya no existes. En esta semana han pasado muchas cosas.
Federico.- pero…
Lemaítre.-  no hay peros.  A Lorca lo fusilaron bajo un olivo en el camino que lleva de Viznar a Alfacar, junto a un maestro ateo y dos banderilleros anarquistas.
         A partir de ahora serás un obrero recien llegado buscando trabajo.  Estos son tus documentos.
        Este es tu nombre.  Manuel de la Torre Ríos. 
Federico.- ¿Y mis escritos? ¿Que pasará con mis obras?
Lemaítre.-  Tus obras, con el tiempo… 
                           Ten por seguro que serán…  
                                              Lo que merezcan ser...





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