En la tapia está dormida
sin alma, sin
corazón,
sin la sensación
molesta
que prestaba
el tropezón.
Le quitaron su destino
para que no molestase
al paseante tranquilo.
El que iba
pensando en sueños
verdes, rojos y amarillos.
Junto a ella,
tantas otras
fueron formando ese muro
que no deja ver el trigo.
Ni el color de
la amapola
que hacía soñar al rico,
al anciano y al mendigo.
Ahora sus ojos cansados
solo se llenan de polvo
de la tierra
del camino.
Todos son como la piedra,
que allí,
dormida en la tapia
sin alma, ni corazón,
se perdieron
el instante
de despertar a
la vida,
al llegar el
tropezón.
Carlos Torrijos
C.a.r.l. (España)


