El tiempo corre y las
semanas vuelan.
Javier.-bueno
señor Manuel, hoy ya nos toca ir a hablar con el cura
Manuel.-
que pesado estás con el cura. El señor
cura ya murió, tenía la manía de cuidar mucho el alma, pero poco el cuerpo.
El
ayuno, no era una de sus prioridades y la dieta que le puso su médico de
cabecera se la saltaba a diario, el desenlace se veía venir y como es natural llegó.
Javier.- entonces
¿dónde vamos hoy?
Manuel.-a ver a
una anciana entre comillas, que rondará los noventa, pero seguro sigue como una
rosa.
Había pasado inadvertida para mí, hasta que un día por casualidad me fijé en ella.
El día del entierro estaba allí, alejada,
mirando sin hacerse notar.
Yo creí que sería alguien que estaba
visitando a algún familiar.
Transcurrido un tiempo, un día que fui
a depositar un nuevo poema sobre la arena, allí estaba junto al olivo.
Al verme se apartó como si estuviese dando
un paseo.
Esto me ocurrió varias veces y entonces,
fue cuando me decidí a preguntarle quien era.
Pero mejor que te lo cuente ella. Su nombre es Amelia, pero de siempre (ni
ella se acuerda porqué) la han llamado Conchita.
En aquel viejo portal flanqueado
por una verja de hierro como puerta, unos escalones de madera con barandilla de
forja les invitaban a subir al tercer piso.
A Javier le hizo gracia el llamador que se
alojaba en el centro de la puerta a la altura de los ojos.
Una pequeña mano con una bola hecha en hierro, con
articulación en la parte superior para golpear sobre un clavo de cabeza ancha.
Manuel.-
¿nunca lo habías visto antes?
Javier.- no
Manuel.-esto aquí,
lo llamamos picaporte
Toc, toc.
-Una voz gruñona respondió--:
Conchita.- ¿Quién
es?
Manuel.-
Conchita, soy yo, Manuel, el inspector de la policía nacional
Conchita.- ¿qué coño
querrá ahora la autoridad?
¡Ya voy!
Siempre molestando
Manuel.-hola,
que soy yo
Conchita.-pues
haberlo dicho; que leche tanto inspector de policía, ni tanta ostia
Javier.-vaya genio
Manuel.- Esta usted
echa una moza
Conchita.-sí, y
usted un chaval, pero los dos sabemos que es un cumplido. ¿Y este mozo tan apuesto?
Javier.-yo me
llamo Javi y vengo a acompañar al señor Manuel
Manuel.-en
realidad es al revés. Quiere escribir
algo sobre un gran poeta y quería conocer la historia real de primera mano.
Conchita.-me está
hablando usted de mi Flavio
Manuel.-de quién
si no
Conchita.-sentaros
aquí, ¿apetece una palomita, para endulzar la boca?
Manuel.-por
supuesto, no faltaría más
Conchita.-ahora
preparo tres y le cuento
Javier.- ¿qué es
eso de una palomita?
Manuel.-un vaso de
agua fresca
Javier.-vale, vale
Manuel.-pero con
un buen chorro de anís.
Conchita.-bueno,
pues brindemos por tan gran poeta
Javier.-entonces,
¿usted también conoció a Flavio?
Manuel.-tranquilo,
primero el brindis y un traguito de esta maravilla que nos ha preparado
Conchita
Conchita.-pues claro
que lo conocí.
Era
un ser de luz, siempre dispuesto para todo.
Tenía cameladas a todas las mujeres del
barrio con su palabrería siempre galante y como no, a mí, la que más. Piropeaba a toda señora mayor de treinta
con una gracia especial, aderezada con un peculiar acento andaluz. Era tan delicado, que hasta los maridos
agradecían sus palabras.
Javier.- ¿entonces
era andaluz?
Conchita.- sí, según
me dijo una vez, nació en un pueblo de la provincia de Jaén, pero muy jovencito se puso a recorrer los
caminos de sitio en sitio, hasta llegar aquí.
Curiosamente, solo se le notaba el deje,
cuando él quería que sus palabras sonasen como alago hacia alguien.
Trabajaba
de lo primero que le salía para sacar unos cuartos con los que ir tirando.
Las noches de los martes de punta
en blanco, se acercaba a una taberna de renombre, allí donde se reunían escritores
y poetas de la época y participaba en sus tertulias. Al final se dio cuenta de que su
inteligencia no podía competir con aquellos que tenían padrinos.
Pronto se olvidó de su sueño de altas
esferas.
Después, alguna que otra noche paseaba por
las zonas del artisteo y la farándula.
Pasó del taburete alto de
cafetería elegante, a apoyarse en la barra cutre de bar sombrío y trasnochado,
entre letristas, músicos, guionistas y actores, esperando abrirse camino en el
difícil y bohemio circulo del mundo del espectáculo.
Tras ver fallido aquel intento, donde también
los padrinos contaban, se hizo dueño de ese rincón donde su libertad solo era
presa de su poesía. Tras unos pocos
meses, cambio la pensión donde dormía por la compañía de sus cartones.
No pocas veces, le ofrecí mi techo y
mi cama, pero mi mirada enamorada le hacía decir que no. Su único amor eran las letras y por
deferencia a mi amor, dormía bajo cartones, por no dar pie a ilusiones
infundadas.
Ahora a mi edad, ya no me importa confesar
que alguna que otra tarde-noche, aliviamos nuestras penas y necesidades en mi
alcoba. Eso sí, nunca mostró la
intención de cruzar esa línea.
Todos conocían mi profesión, él cuidaba
mi esquina de intrusas mientras recitaba sus poemas, y yo mirándolo con
dulzura en la noche, vigilaba que nada turbase su sueño esperando a que apareciese algún
cliente.
Javier.-
¿entonces usted era….?
Conchita.-sí,
dilo, puta, los dos éramos iguales, libres a pesar de la marginación.
Pero eso sí, no te confundas majo. Tuve
muchos pretendientes con buenas intenciones, pero lo que sentía por él, jamás
lo sentí por ningún otro.
Yo tenía muy clara la diferencia entre la
pasión y el dinero.
Él y solo él, llenó de amor mi cama, aunque
muchos otros pasasen por ella.
Bueno, a lo que íbamos que estábamos
hablando de él y no de mí.
La verdad es que por aquel entonces, la
gente era más desprendida se aceraba a echarle monedas y paraba a oír sus poemas más que en sus
últimos tiempos, en los que ya las personas parecían ir con prisa a todos
lados.
Yo ponía de mi parte el que siempre fuera
hecho un figurín.
Le lavaba la ropa y se la colgaba en mi armario bien planchada.
Subía a cambiarse, no sé, cada tres o
cuatro días. Siempre estábamos
discutiendo, porque al día siguiente, de haber dormido con ella puesta estaba
toda arrugada, siempre lo amenazaba con lo mismo: Me haría la tonta y no
volvería a lavar ni planchar su ropa.
Que así, cuando vistiera hecho un adefesio se daría cuenta.
Él se sonreía, me miraba con ojos
picaros pero llenos de ternura mientras se le afilaba la punta de la
nariz, se acercaba, me daba sutilmente un
beso en la frente y cogiéndome por la cintura, me recitaba cerca del oído en
voz baja, con ese acentillo tan gracioso que ya tan solo para mí guardaba:
Manos que cuidan mi ropa
poniéndole la pasión,
que quisiera para el alma
cualquier roto corazón.
Cómo mi niña bonita
podría dejarme a un lado,
si sabe, que ella me quiere
y yo siempre la he amado.
Luego al llegar a la puerta, se daba
la vuelta y con sus suaves manos secaba mis lágrimas y me besaba los labios
(porque yo siempre fui muy llorona)
Y ya ves, fuimos envejeciendo juntos el
uno al otro.
Yo tenía suerte, el piso lo heredé
de mi madre y cuando llego la hora de dejar la calle, tenía un dinerillo
ahorrado, para seguir mal viviendo y aquí sigo.
Me apoyaba en la barandilla del
balcón y lo oía con la boca abierta lo bien que recitaba sus versos. Algunos parecían dedicados a mí, pero nunca
me lo dijo. Nunca me quiso romper el corazón y yo jamás me
sentí celosa de aquella rival invencible, su gran amor:
La
poesía.
Javier.-es una
historia preciosa, a su manera, fueron los dos felices
Conchita.-muy
felices, pero cuando partió, se me escapó la vida y aún muchas tardes abro el
balcón y lo escucho mientras plancho su ropa ya desgastada por el roce de la
plancha esperando para que suba a cambiarse.
Manuel.-no se preocupe
Conchita, si lo oye, es porque él está ahí, nunca se marchó de ese rincón, ni
de su lado
Conchita.-pues eso
mismo pienso yo
Javier.-gracias,
muchas gracias por habernos atendido y que siga usted tan guapa
Conchita.- mira el
jovenzuelo, tan zalamero como él, solo le falta el acento.
Manuel.-hasta otro
día Conchita y cuando el mozuelo termine el curso, tranquila, yo me encargo de que venga
personalmente a leerle lo que haya escrito
Javier.-le doy mi
palabra
Conchita.-pues
escríbelo pronto, que no quiero que vayas a leérselo a una lápida
Javier.-de usted
depende el esperarme y sé que lo hará
Conchita.-vamos coño,
fuera de aquí, que ya me estoy poniendo tierna y no quiero que nadie vea lo fea
que me pongo
Manuel.-vale, vale
nos vamos.
Bajando las escaleras:
Manuel.-el próximo
día será el colofón de esta historia y a partir de ahí, te las tendrás que
arreglar tu solito
Javier.-sí señor
Manuel, después de lo escuchado hoy, ya sé que enfoque quiero darle a mi artículo.