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viernes, 29 de mayo de 2015

Para un genio (ferdinandus d.s.)





ELICIDADES
     


   Sobre papel pautado,
de siete líneas y seis espacios,
como evangelio apócrifo 
tatuaré tú inicial como clave.


         Tras ella.  Varias trazas,
símbolos inconcretos
acuñados con el alma,
probablemente incoherentes,
 para cualquier mortal.


        A  solas, compondré
  una melodía sin notas ni silencios,
 ausente de vibraciones auditivas,
con caracteres  diáfanos,
 que solo expresen emociones.

       El  éxtasis del orgasmo,
de una pluma de pavo real
al contacto con el sedoso papiro,
 poniendo su genética a tu servicio.

        El placer de un pergamino,
al sentir como sus entrañas
sedientas de fecundidad,
son empapadas e infectas de tinta,
la que enjuga  de sabiduría
su blanca inocencia.

          Ensordecedores lamentos, 
mudos  sollozos ,provocados
por la sensación de deshidratación
de ese color vivo, que va perdiendo su brillo,
 ese, el  que jamás volverá a ser licuado.

           Ojos, que quien sabe dónde,
como o cuando admirarán tu obra,
adornada con orlas de otros tiempos,
hambreadas de ser proclamadas
a los cuatro vientos, diseminadas,
como polen, buscando un destino.

          Esa carta recibida,
tanto tiempo esperada,
yemas, acariciando dulcemente
un sobre con la textura de tu piel,
mensajes en su interior,
 llenos de amor y esperanza,
que con colores alegres,
resaltan las primeras letras ,
de cada una de las frases.

        Nunca existirá  escrito,
ni partitura tradicional,
ni sublimes palabras,
ni signos musicales,
con que poder expresar,
todo aquello, que querría decirte.

         Me deberé conformar,
con que solo tú lo entiendas,
y compartas con tus utensilios de caligrafía,
estos profundos sentimientos.

     Mi querido hermano  Fernando;

             


  En el día de tu cumpleaños.
                    Pero sobre todo….
Por ser Genial.
 

martes, 26 de mayo de 2015

Flavio 8/8 (Final)


    

Jesús.- Vamos despierta, lávate la cara y ven aquí de nuevo

Javier.- ¿Qué pasa padre?

Jesús.- calla, no metas ruido, haz lo que te digo y luego preguntas.

    Javier en pijama fue al cuarto de baño, se lavó para despejarse y volvió rápidamente, tal y como su padre le había indicado.

Javier.-ya estoy aquí

Jesús.-bien, siéntate a mi lado.  Te voy a contar algo.

              Una historia que ni tú, ni nadie conoce y que ya era hora de que te la contase.

------------

       En un lugar del sur de España, hace ya mucho tiempo, mucho tienpo.  Nació un niño. 

   Debido a la onomástica del día, pensaron ponerle: Félix, Esteban o Gerardo.  Su padre, una de esas personas retorcidas como las raíces de los cepos que arrancaba para quemar en la lumbre, pareció querer vengar su nacimiento no deseado, registrándolo con el  nombre de Herculino.

    Durante sus años de escuela, que fueron pocos, era un niño muy aplicado y de buenas notas.

    Poco antes de cumplir los ocho años nació otra hija en la familia a la que llamarían Liberia.

            Para mitigar los gastos y la contrariedad de que su segundo sarmiento encima fuera mujer, ese hombre que no conocía otra cultura que la del cinturón y agachar la cabeza ante los ojos del mayoral, lo sacó del colegio para llevarlo con él  a destripar terrones, arar viñas y varear olivos.

     Herculino, nunca protestó dicha decisión, como cualquier niño de aquella época. 

      Se buscó la manera de seguir leyendo y habló con el cura.    En la sacristía de la iglesia había una extensa biblioteca.

               Nadie da nada si no es por algo a cambio.  Desde aquel momento le colgaron la túnica de color rojo con sobrepelliz banco de monaguillo y gracias a ello, se le permitía llevar libros a casa con los que perder horas de dormir, que tanta falta le hacía al pobre chaval.

         El maestro le regaló unos cuadernillos viejos y unos lapiceros para que no se le olvidase lo poco que había aprendido.

      Al poco tiempo empezó a escribir sus primeras cositas, las que leía a su madre en las tardes de domingo mientras el ogro dormía la siesta.

       Fueron pasando los años, la miseria, era lo único que campaba a sus anchas por aquellos alrededores de hambre y servidumbre. 

           Aquel mozalbete de quince años, llevaba varios días, que se quedaba adormilado apoyado en el azadón cogido entre en sus tiernas pero ya encallecidas manos; esto era debido a que se pasaba casi toda la noche escribiendo un cuento, algo para regalar a su madre el día de su cumpleaños.

       Su padre, indignado, ya con dos hijas a su cargo, entró en aquel cuchitril de alcoba, cogió todos los libros y cuadernillos, e hizo con ellos una pequeña hoguera en el corral. 

           Herculino aquello, nunca jamás lo perdonaría.     

        Una mañana, pasado el tiempo, por mucho que bocease aquel hombre su nombre, el mozalbete no respondía.   

     Enfurecido, abrió la puerta del cuarto y se lo encontró vacio.

       Al año siguiente de aquel suceso, nació otro hijo, con el mismo destino que su hermano mayor, aunque este era bastante más zoquete para los estudios.     Ya no tendría esa familia más descendencia.  Aquel zoquete era yo.

       De herculino estaba prohibido hablar en aquella casa ruin, solo su madre en su lecho de muerte, narró a ese, su hijo menor lo sucedido y le mandó que guardase escondido el único cuadernillo salvado de la quema.

         Ese que él, Herculino, tenía bajo el colchón para no perder tiempo cuando se le ocurría algo a media noche, en el que había un par de poemas y un cuento inacabado para su madre.


  Jesús entonces, se echó la mano a la parte de los riñones y sacó de entre la cinturilla del pantalón un cuaderno viejo con las pastas marrones desteñidas, envuelto en una bolsa de plástico.

    Tras despojarlo de su envoltura, lo abrió con sumo cuidado y le mostró la primera página a Javier.

     Un pequeño poema escrito en redondilla.    En la parte inferior una firma que reconoció al instante:   

Flavio.

Javier.-yo sabía que esta firma, la había visto antes en algún sitio

 Jesús.-no hijo, quizás lo hayas soñado, porque nunca nadie lo vio

Javier.-gracias padre

  --Los dos se fundieron en un extenso abrazo, mientras las primeras luces comenzaban a entrar por la ventana--.

Jesús.-Pues sí hijo, ya puedes escribir su historia, ese señor era tu tío, mi hermano mayor al que nunca conocí y estas son las únicas letras que me gustó leer, el único recuerdo que me queda de aquella tierra donde nací y de donde salí hace muchos años, con la intención de no volver jamás.    

 

 



F I N

 

Carlos Torrijos

C.a.r.l. (España)

 

N. º de registro: tFrGI6j9-2021-06-29T12:14:59.111

 

 

     

domingo, 24 de mayo de 2015

la hora llegó


 Después de abonar la tierra
Y plantar una semilla
La planta al fin germinó,

Con cuidados y con mimos
De agricultores pacientes
El tallo se fue engrosando
Con  dedos revoloteando,
Las yemas formarán ramas
De ellas brotaron las hojas
Y escondidita una flor
Fue creciendo despacito
 Y a su pubertad llegó,
Pubertad de color blanco
Que su condición cambió.

De verde pasando a rosa
Fruto de carácter recio
Bolita de alma bravía
Por cuatro costados genio.

Cuando el rojo la domine
Irá perdiendo el agrior
Y se volverá más dulce
Esplendorosa y sabrosa
Y esas manos que aquel día
Sembraron esa semilla
La querrán ver madurar.

Algún ladrón desalmado
Atraído por su belleza
Al huerto se acercará.

Tanto como la han cuidado
Al fin solo servirá,
Para que llegue un extraño
Que con juventud imberbe
Sus delicias robará.

Ya no se podrá hacer nada,
 Será la resignación,
Tan solo darle el apoyo
En esa su decisión,
En la cara una sonrisa
Y el llanto en el corazón.


Así es la vida, así es
La vida del labrador,
Que aunque cuide con esmero,
Las plantas que hay en su huerto
Las verá morir de amor
Por otro que no es su dueño.

 para mi hija LUCÍA
Imagen robada del jardín de :  Almudena Mestre  
con su cansentimiento

viernes, 22 de mayo de 2015

Flavio 7/8


 

            Llegaba la hora que tanto había esperado.    Ver la libreta manuscrita que el señor Manuel guardaba con celo en el cajón de su armario, cubierta por camisetas blancas de felpa.

     Era tal y como se la había imaginado.      Sentado en la cama de aquel cuarto, en voz alta, leyó los poemas uno por uno, con pausa, con la entonación requerida para ser sentidos.    Manuel, de pie los escuchaba atento cerrando los ojos intentando imaginar aquella estampa, aquello que nunca vivió.

   Iba visionando en su mente a Flavio en aquel cutre rincón y sintiendo la voz de Javier como la del autor.

           Nada que ver con las tantas veces antes leídas.

     Oír esos poemas interpretados por Javier, que se esforzaba por enfatizar las frases, respetar todos los signos de puntuación y dar graves a su tierna garganta para darle consistencia, era un viaje en el tiempo hacia años atrás.

          --- todo quedó en silencio por un momento---

 Manuel.-es la hora de que esta vieja libreta cambie de manos, cuídala como lo que es, algo especial, una obra de arte sin réplica.

Javier.-pero señor Manuel

Manuel.-cógela y calla, nadie como tú para conservarla.

     Hoy, por fin he podido ver, escuchar y sentir a Flavio recitar en su rincón

Javier.-le prometo que se la devolveré sana y salva a final de curso

Manuel.- te la puedes quedar, solo te pido que vuelvas tú para poder leer lo que escribas.

--------------------

       No tardó mucho en dar forma aquella bella historia, no podía dejarla empobrecida resumiéndola a un simple artículo de periódico.   Lo adornó poéticamente y utilizó la firma de su verdadero autor y protagonista.

    A mediados de junio, con todo aprobado, fue hasta casa del señor Manuel y juntos volvieron a visitar a todos esos amigos con los que en  invierno habían estado para pedirles un tiempo.

         Un verano en que realizar un trabajo más extenso digno de tal persona y poeta.

---------------

           En un pueblo grande de trabajadores, en el extraradio de una gran ciudad, vivía Javi junto a sus padres en un pequeño piso.  Él nunca había sido de salir demasiado.   Siempre, había sido desde niño una persona digamos introvertida, dedicada tal vez en exceso a los estudios y la lectura.

      Aquel verano como de costumbre se metía en su habitación y allí pasaba horas y horas leyendo y preparando las asignaturas del siguiente curso.

     Su padre, una persona curtida por el sol y el viento que apenas sabía las cuatro reglas; aprendiz de todas las profesiones y maestro en  ninguna, un simple emigrante de aquellos años, en que muchos marcharon obligados de su tierra originaria por falta de recursos. 

        Otro vecino más del pueblo por consecuencias del azar, las vueltas y tumbos que da la vida.   Al casarse con alguien nacida allí y encontrarse aquel lugar a poca distancia de la capital de provincia, donde alternaba trabajos inciertos según la época del año, con los que ganar la soldada para alimentar a su familia.

   Poco a poco pudieron acceder a la compra del pequeño piso donde descansar sus noches.

               Era un señor ya mayor de pasado muy reservado y de familiares nunca nombrados, al igual que aquellos lugares llenos de miseria y malos recuerdos que era mejor olvidar.

               Hombre de pocas palabras, decidor de refranes para dar consejos, obsesionado con que Javier, su único hijo, tuviese un futuro mejor que el suyo.  Sin vicios, sin aficiones, sin caprichos superfluos que ocasionasen un gasto extra, con el único fin de que nunca faltase comida sobre la mesa.

            Jesús, sí Jesús, (el susodicho) aquel día, entró en la habitación para ver que hacía el muchacho y de paso, avisarlo de que ya estaba la cena a punto.

 Jesús.- ¿Qué andas haciendo con tantos papeles sobre la cama? con lo ordenado que tú eres

Javier.-son fotos y apuntes, que estoy escaneando para no extraviarlos.   Sí, este verano he prometido escribir una bonita historia

Jesús.- ¿algún trabajo de la universidad?

Javier.-no esto es algo muy personal

Jesús.- cuenta, cuenta, de que va la cosa

            Javier, lo miró perplejo, era algo inaudito que se interesase por algo que no tuviese que ver con su trabajo.

 Sentados sobre aquella misma cama comenzó a contarle lo sucedido.    Comenzó por enseñarle esas fotos de esa humilde pero bella  tumba donde estaba enterrado.     Siguió con esas historias que sobre Flavio había recogido y por fin…     La libreta que el señor Manuel había dejado bajo su custodia.

             Cuando  acabaron, se dirigieron a la cocina.

           La cena ya estaba casi fría y la madre, enfadada, bostezando del aburrimiento de tanto esperar.

       Jesús, callado como siempre.

               Esa noche se le había cerrado el estomago. 

   Con los ojos vidriosos miraba de vez en cuando al techo y hacía un esfuerzo para tragar el cacho de pan mojado en el caldo.

               Al día siguiente era domingo.    

    Jesús, se levantó muy temprano;  sigilosamente salió de la habitación  y se acercó hasta el cuarto de Javier.

 


Una cima que alcanzar


     Hoy ando serenamente,
sin prisas, sin eufemismos,
con ilusiones perdidas,
y la mirada en el alma
de personas entrañables,
las que considero amigas.

    Soñando cosas hermosas
que hacer en su compañía.
un paseo por el Huecar,
cruzar el puente San Pablo,
un buen apretón de manos
al llegar la despedida,
y despertar con la imagen
de un atardecer sublime
entre pinachos y rocas
de esa mi Cuenca querida.

     Por esta, la piel de toro
que muchos llaman España
personas desperdigadas.
Norte, sur, este y oeste,
el que no estén junto a mí,
no me impide ser querido,
ni quererlas y ayudarlas.

     Y gentes nacidas lejos,
al otro lado del mar,
que me regalan sus versos
para poder deleitar
las noches tristes y opacas
cubiertas de soledad.

       Mi meta es el más allá.
¿Cima que alcanzar?... La muerte.
  Mi único premio el olvido.
    O tal vez… sea el recuerdo,
de aquel que por un error,
un despiste en un descuido
se encuentre con mi legado
y lea lo que yo escribo.
   Una historia, un poema
de este irónico diario,
que esconde tras bambalinas
  todo lo que yo he vivido,
    todo lo que ya he llorado,
      todo lo que hemos reido.







jueves, 21 de mayo de 2015

Sin rimas, pero dímelo



      Deposita suavemente
sobre tu húmeda lengua
uno, tan solo uno,
 de estos pétalos rosados
que  sobre mi tumba flotan,
 su hiel,  amargo  sabor,
te dejará en la garganta
el gusto del desamor,
solo para que repares
 en lo que he sentido yo.

    Aquí yace mi sonrisa
labios de rojo carmín
que tantas veces chocaron
con colmillos de marfil.

Mis pupilas ya no fluyen
mi llanto se ha evaporado,
 las nubes son ahora dueñas
 de las lagrimas vertidas
por desengaños pasados,

    Mi alma ya no quiere rimas
inciertas y embaucadoras,
solo pide sentimientos
sinceros,  una oración,
un susurro de tus labios
que salga del corazón.

     Si me has de decir.. Adiós,
dilo, que te escuche yo,
y me adentraré en la nada,
desojando aquella rosa
que un día me cautivó.

   Y si has de decir.. Te quiero,
dímelo en prosa sincera,
que palabras enlazadas
con los nudos del amor.
por muy frágil que sea el hilo
jamás ni el diablo rompió.

.
Una idea de Isabel San José.






martes, 19 de mayo de 2015

Flavio 6/8


  El tiempo corre y las semanas vuelan.

Javier.-bueno señor Manuel, hoy ya nos toca ir a hablar con el cura

 Manuel.- que pesado estás con el cura.  El señor cura ya murió, tenía la manía de cuidar mucho el alma, pero poco el cuerpo.

     El ayuno, no era una de sus prioridades y la dieta que le puso su médico de cabecera se la saltaba a diario, el desenlace se veía venir y como es natural llegó.

Javier.- entonces ¿dónde vamos hoy?

Manuel.-a ver a una anciana entre comillas, que rondará los noventa, pero seguro sigue como una rosa. 

  Había pasado inadvertida para mí,  hasta que un día por casualidad me fijé en ella.

      El día del entierro estaba allí, alejada, mirando sin hacerse notar.

    Yo creí que sería alguien que estaba visitando a algún familiar. 

     Transcurrido un tiempo, un día que fui a depositar un nuevo poema sobre la arena, allí estaba junto al olivo.

  Al verme se apartó como si estuviese dando un paseo.

  Esto me ocurrió varias veces y entonces, fue cuando me decidí a preguntarle quien era.

  Pero mejor que te lo cuente ella. Su nombre es Amelia, pero de siempre (ni ella se acuerda porqué) la han llamado Conchita.

 

 En aquel viejo portal flanqueado por una verja de hierro como puerta, unos escalones de madera con barandilla de forja les invitaban a subir al tercer piso.

     A Javier le hizo gracia el llamador que se alojaba en el centro de la puerta a la altura de los ojos.

   Una pequeña mano con una bola hecha en hierro, con articulación en la parte superior para golpear sobre un clavo de cabeza ancha.

 Manuel.- ¿nunca lo habías visto antes?

Javier.- no

Manuel.-esto aquí, lo llamamos picaporte

          Toc, toc.  -Una voz gruñona respondió--:

Conchita.- ¿Quién es?

 Manuel.- Conchita, soy yo, Manuel, el inspector de la policía nacional

Conchita.- ¿qué coño querrá ahora la autoridad?

  ¡Ya voy!   Siempre molestando

 Manuel.-hola, que soy yo

Conchita.-pues haberlo dicho; que leche tanto inspector de policía, ni tanta ostia

Javier.-vaya genio

Manuel.- Esta usted echa una moza

Conchita.-sí, y usted un chaval, pero los dos sabemos que es un cumplido.   ¿Y este mozo tan apuesto?

Javier.-yo me llamo Javi y vengo a acompañar al señor Manuel

Manuel.-en realidad es al revés.   Quiere escribir algo sobre un gran poeta y quería conocer la historia real de primera mano.

Conchita.-me está hablando usted de mi Flavio

Manuel.-de quién si no

Conchita.-sentaros aquí, ¿apetece una palomita, para endulzar la boca?

 Manuel.-por supuesto, no faltaría más

Conchita.-ahora preparo tres y le cuento

Javier.- ¿qué es eso de una palomita?

Manuel.-un vaso de agua fresca

Javier.-vale, vale

Manuel.-pero con un buen chorro de anís.

Conchita.-bueno, pues brindemos por tan gran poeta

Javier.-entonces, ¿usted también conoció a Flavio?

Manuel.-tranquilo, primero el brindis y un traguito de esta maravilla que nos ha preparado Conchita

Conchita.-pues claro que lo conocí.

      Era un ser de luz, siempre dispuesto para todo. 

   Tenía cameladas a todas las mujeres del barrio con su palabrería siempre galante y como no, a mí, la que más.  Piropeaba a toda señora mayor de treinta con una gracia especial, aderezada con un peculiar acento andaluz.    Era tan delicado, que hasta los maridos agradecían sus palabras.

Javier.- ¿entonces era andaluz?

Conchita.- sí, según me dijo una vez, nació en un pueblo de la provincia de Jaén,  pero muy jovencito se puso a recorrer los caminos de sitio en sitio, hasta llegar aquí.

      Curiosamente, solo se le notaba el deje, cuando él quería que sus palabras sonasen como alago hacia alguien.

        Trabajaba de lo primero que le salía para sacar unos cuartos con los que ir tirando.

    Las noches de los martes de punta en blanco, se acercaba a una taberna de renombre, allí donde se reunían escritores y poetas de la época y participaba en sus tertulias.    Al final se dio cuenta de que su inteligencia no podía competir con aquellos que tenían padrinos.    

        Pronto se olvidó de su sueño de altas esferas.  

   Después, alguna que otra noche paseaba por las zonas del artisteo y la farándula.

  Pasó del taburete alto de cafetería elegante, a apoyarse en la barra cutre de bar sombrío y trasnochado, entre letristas, músicos, guionistas y actores, esperando abrirse camino en el difícil y bohemio circulo del mundo del espectáculo.

        Tras ver fallido aquel intento, donde también los padrinos contaban, se hizo dueño de ese rincón donde su libertad solo era presa de su poesía.   Tras unos pocos meses, cambio la pensión donde dormía por la compañía de sus cartones.

  No pocas veces, le ofrecí mi techo y mi cama, pero mi mirada enamorada le hacía decir que no.     Su único amor eran las letras y por deferencia a mi amor, dormía bajo cartones, por no dar pie a ilusiones infundadas.

    Ahora a mi edad, ya no me importa confesar que alguna que otra tarde-noche, aliviamos nuestras penas y necesidades en mi alcoba.    Eso sí, nunca mostró la intención de cruzar esa línea.

       Todos conocían mi profesión, él cuidaba mi esquina de intrusas mientras recitaba sus poemas, y yo mirándolo con dulzura en la noche, vigilaba que nada turbase su sueño esperando a que apareciese algún cliente.

 Javier.- ¿entonces usted era….?

 Conchita.-sí, dilo, puta, los dos éramos iguales, libres a pesar de la marginación.

        Pero eso sí, no te confundas majo.    Tuve muchos pretendientes con buenas intenciones, pero lo que sentía por él, jamás lo sentí por ningún otro.

       Yo tenía muy clara la diferencia entre la pasión y el dinero. 

      Él y solo él, llenó de amor mi cama, aunque muchos otros pasasen por ella.

   Bueno, a lo que íbamos que estábamos hablando de él y no de mí.

     La verdad es que por aquel entonces, la gente era más desprendida se aceraba a echarle monedas y  paraba a oír sus poemas más que en sus últimos tiempos, en los que ya las personas parecían ir con prisa a todos lados.

         Yo ponía de mi parte el que siempre fuera hecho un figurín.

    Le lavaba la ropa  y se la colgaba en mi armario bien planchada.

     Subía a cambiarse, no sé, cada tres o cuatro días.     Siempre estábamos discutiendo, porque al día siguiente, de haber dormido con ella puesta estaba toda arrugada, siempre lo amenazaba con lo mismo:   Me haría la tonta y no volvería a lavar ni planchar su ropa.    Que así, cuando vistiera hecho un adefesio se daría cuenta.

       Él se sonreía, me miraba con ojos picaros pero llenos de ternura mientras se le afilaba la punta de la nariz,  se acercaba, me daba sutilmente un beso en la frente y cogiéndome por la cintura, me recitaba cerca del oído en voz baja, con ese acentillo tan gracioso que ya tan solo para mí guardaba:

 

Manos que cuidan mi ropa

poniéndole la pasión,

que quisiera para el alma

cualquier roto corazón.

Cómo  mi niña bonita

podría dejarme a un lado,

si sabe, que ella me quiere

y yo siempre la he amado.

 

          Luego al llegar a la puerta, se daba la vuelta y con sus suaves manos secaba mis lágrimas y me besaba los labios (porque yo siempre fui muy llorona)

       Y ya ves, fuimos envejeciendo juntos el uno al otro.

    Yo tenía suerte, el piso lo heredé de mi madre y cuando llego la hora de dejar la calle, tenía un dinerillo ahorrado, para seguir mal viviendo y aquí sigo.

   Me apoyaba en la barandilla del balcón y lo oía con la boca abierta lo bien que recitaba sus versos.    Algunos parecían dedicados a mí, pero nunca me lo dijo.   Nunca me quiso romper el corazón y yo jamás me sentí celosa de aquella rival invencible, su gran amor: 

    La poesía.

Javier.-es una historia preciosa, a su manera, fueron los dos felices

Conchita.-muy felices, pero cuando partió, se me escapó la vida y aún muchas tardes abro el balcón y lo escucho mientras plancho su ropa ya desgastada por el roce de la plancha esperando para que suba a cambiarse.

Manuel.-no se preocupe Conchita, si lo oye, es porque él está ahí, nunca se marchó de ese rincón, ni de su lado

Conchita.-pues eso mismo pienso yo

Javier.-gracias, muchas gracias por habernos atendido y que siga usted tan guapa

Conchita.- mira el jovenzuelo, tan zalamero como él, solo le falta el acento.

Manuel.-hasta otro día Conchita y cuando el mozuelo termine el curso, tranquila, yo me encargo de que venga personalmente a leerle lo que haya escrito

Javier.-le doy mi palabra

Conchita.-pues escríbelo pronto, que no quiero que vayas a leérselo a una lápida

Javier.-de usted depende el esperarme y sé que lo hará

Conchita.-vamos coño, fuera de aquí, que ya me estoy poniendo tierna y no quiero que nadie vea lo fea que me pongo

Manuel.-vale, vale nos vamos.

                  Bajando las escaleras:

Manuel.-el próximo día será el colofón de esta historia y a partir de ahí, te las tendrás que arreglar tu solito

Javier.-sí señor Manuel, después de lo escuchado hoy, ya sé que enfoque quiero darle a mi artículo.