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domingo, 17 de mayo de 2015

Flavio 5/8


    Como siempre, mismo sitio, misma hora.

Manuel.-hoy te voy a llevar a conocer a una persona muy interesante.

Javier.-ya se, al cura

Manuel.- ves, ya te has equivocado.   Pensar en voz alta, siempre es muy arriesgado

Javier.- ¿entonces? Ya sé, al camarero ese

Manuel.- nunca más pronuncies con desidia una palabra que se refiera a alguien.     Muchas veces la grandeza, reside en aquello que parece lo más insignificante.

Javier.- no era mi intención

Manuel.-todos erramos y así,  corrigiéndote a ti,  me estoy corrigiendo a mí mismo.

Javier.-bueno, ¿vamos a ver a ese señor?

Manuel.-vamos, el bar está aquí al lado.

Javier.- ¿pero sigue de camarero?

Manuel.- no.   Hace años que se jubiló, pero todos los días vuelve a tomar café y se está allí un buen rato.    Aunque no esté detrás de la barra, para los clientes habituales sin él, el bar no es el mismo.

 

         Todas las mesas estaban ocupadas, en cada una de ellas, cuatro hombres de avanzada edad jugando a las cartas y algún que otro mirando.

     Allá al fondo, en la mesa del rincón, un señor, solo, callado, daba golpecitos en una taza con la cucharilla.

       Una voz le hizo levantar la cabeza con asombro.

Manuel.- ¿Qué tal le va la vida Nicolás?

Nicolás.- que alegría verlo inspector.  Pero siéntense por favor.

    ¡Chaval!  Unos cafés de los especiales para estos señores.

 Manuel.-venimos a que nos hable de un buen amigo, el entrañable poeta Flavio.

Nicolás.-hay Flavio, que gran persona, de esas que por desgracia ya no quedan.

Javier.- perdona, el mío con leche

Nicolás.-con leche ¿has dicho con leche? vaya forma de joder un café.     Estos jóvenes

Manuel.- no saben lo que es bueno

Camarero.-sus cafés

Nicolás.-juventud, a ver, mira este café.  Tú crees que esto es un café digno de un inspector.   Anda, tíralo a la fregadera que ahora voy a hacérselo yo.   Para este da igual el que le pongas, al fin y al cavo no lo va a apreciar.

       Nicolás, entró tras la barra y preparo lentamente un café con su punto exacto de crema. 

                       Entre tanto…

Javier.-vaya genio tiene

Manuel.-Todo lo que aparenta de lobo lo tiene de cordero, es muy buena gente y atento, si no hubiese sido por su templanza diaria a la hora de atender a los clientes, este bar habría cerrado hace muchos años.

Nicolás.-señor Manuel, este sí es un café digno de un exquisito paladar como el suyo.

Manuel.-gracias, lo tomaré como usted me enseñó, con medio azucarillo y poquitas vueltas

Nicolás.-aún se acuerda; así, como lo tomaba a diario Flavio.

        Todavía recuerdo cuando entre aquí a trabajar con dieciséis años.

          Él tendría veinte y algunos.  Venía todas las tardes y no me empezó a pagar el café hasta que aprendí a hacérselo como él deseaba.   Años más tarde, mi jefe me confesó que todos los días se lo pagaba a él, y yo pendiente de que no se diera cuenta de que a diario se iba un cliente sin pagar.

     A lo largo de los años, todas las tardes, se sentaba aquí en esta mesa y pedía un café de los suyos.

    Luego de tomárselo lentamente como si fuera un manjar y dejando cada sorbo reposar un segundo en el paladar, siempre decía:

         ¡Caballerete! (así me llamo siempre, hasta el día anterior a su muerte)   uno chatarrero con leche.  Sacaba una libreta y el lápiz y se ponía a escribir.     Cada dos o tres palabras, con su mano izquierda metía la cucharilla en la taza y le daba vueltas.  La sacaba de nuevo y escurría las gotas que en ella quedaban dando golpecitos en el borde de la taza acompañándose rítmicamente, con la parte de atrás del lapicero contra la mesa. Con tranquilidad, la dejaba de nuevo en el plato y escribía otro par de palabras.   Así una y otra vez.

        Ese campanilleo era una dulce melodía entre las voces de los que estaban echando la partida, las que a él, parecían no enturbiarle aquel estado de inspiración.  Cuando murió, lo echaba tanto de menos, que empecé a hacerlo yo acompañando el sonido de la cucharilla con el golpeo con la uña del dedo corazón de la mano, y aún hoy sigo haciéndolo, era así: 

       … Ti, tata, ti, tata, ti, tata...

    Siempre recordaré un día, que por más que pensaba, no daba con la palabra que estaba buscando.    Me miró fijamente.  

          .- a ver caballerete ¿Cómo anda usted, de léxico?

   Yo me quedé pensando, sin saber que me preguntaba

          .-bueno, ya veo que no demasiado bien, pero no importa.

   Necesito que me digas una palabra llana, que termine en “ada” y que con la que se pueda representar a unas crías jugando junto a su madre.

     Yo le pregunté: ¿unas niñas? ¿Niñada?

           .-no zoquete, unas crías de animales

     Me empecé a reír y me miro indignado 

 .- ahora me dirás criada

        Me sentí orgulloso al decirle  

 .- de animalitos puede ser una camada.   Puso cara de imbécil y mordiéndose el labio inferior, movió la cabeza hacia los lados.   Al momento me contestó.

            .-gracias, me debo estar haciendo mayor.

             Fue la única vez que necesitó mi ayuda, pero a partir de entonces, cuando algún verso llevaba alguna palabra algo escogida, lo recitaba en voz alta y me preguntaba si se entendía lo que quería decir.  

     No hacía falta que contestase, dependiendo de la cara que ponía.  Él, lo dejaba tal cual o rectificaba la expresión en su mente antes de llegar a escribirla.

       En las tardes cortas y gélidas de invierno, cuando no andaba ni un alma miserable por la calle, le encantaba sentarse y leerme poemas de otros autores en voz alta.

     Eran libros que le dejaba prestados el señor Germán; siempre decía que hay poemas que se deben leer, pero todos deberían ser escuchados.   La intensidad y el tono de su voz hacía que a veces se me erizase todo el vello del antebrazo, incluso alguna vez me hizo llorar.  

    Eso a él, lo llenaba de orgullo.    Su oratoria había sido buena.

      Le gustaba siempre ir bien aseado.     No le importaba llevar la ropa arrugada, pero sin una mancha y ni en sus últimos años, incluso en los días más calurosos, jamás olió a sudor.

    Venía a primera hora con su neceser de la mano, entraba al servicio y se aseaba.   Cuando salía parecía un pincel, listo para plasmar ya de mañana en su libreta todo lo que desde la noche en su cabeza guardaba.

     Luego se iba a su rincón a recitar, por la calle siempre había alguna gente desagradable, personas insolentes y sin luces que intentaban interrumpir mientras él recitaba a los transeúntes.

   Jamás le vi una mala cara hacía nadie, ni un reproche.

        Hacía como oídos sordos y seguía deleitando a los afortunados que se paraban a escuchar.

               Parece mentira, así día tras día, fueron más de cincuenta años.

   Cuando se fue, algo de mí se fue con él.     Esta mesa quedó vacía con la silla boca abajo sobre ella para que nadie la usase hasta que me  jubilé.  Entonces vi, que era la hora de ocupar su sitio.  

            Yo no estribo, pero hago sonar su tintineo para acompañar mi aburrimiento.

 Javier.-y por casualidad, no guardará usted alguna de sus poesías.

Nicolás.-las guardo todas

Javier.- ¿todas? ¿Dónde?

Nicolás.-aquí, (poniendo su mano derecha sobre el lado izquierdo pecho)

 Manuel.- bueno, espero que el día que vuelva a visitarlo, me haga usted de nuevo el café

Nicolás.-seguro que sí, estos jóvenes no aprenden ni a tiros.   Se ve que no les aprieta la necesidad como nos ocurría a nosotros

Manuel.-de todo hay, no toda la juventud es igual

Nicolás.-pues me deben de haber tocado a mí, todos esos aprendices poco espabilados

Manuel.- hasta otro día y no se disguste, que ninguno hemos nacido enseñados.

Nicolás.- me da que algunos, se van a morir sin aprender

 


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