Manuel.-hoy te voy
a llevar a conocer a una persona muy interesante.
Javier.-ya se, al cura
Manuel.- ves, ya
te has equivocado. Pensar en voz alta,
siempre es muy arriesgado
Javier.- ¿entonces? Ya sé, al camarero ese
Manuel.- nunca más pronuncies con desidia una palabra que se refiera a alguien. Muchas veces la grandeza, reside en aquello que parece lo más insignificante.
Javier.- no era mi
intención
Manuel.-todos
erramos y así, corrigiéndote a ti, me estoy corrigiendo a mí mismo.
Javier.-bueno,
¿vamos a ver a ese señor?
Manuel.-vamos, el
bar está aquí al lado.
Javier.- ¿pero
sigue de camarero?
Manuel.- no. Hace años que se jubiló, pero todos los días
vuelve a tomar café y se está allí un buen rato. Aunque no esté detrás de la barra, para los
clientes habituales sin él, el bar no es el mismo.
Todas las mesas estaban ocupadas, en cada una de ellas, cuatro
hombres de avanzada edad jugando a las cartas y algún que otro mirando.
Allá al fondo, en la mesa del rincón, un señor, solo, callado, daba golpecitos en una
taza con la cucharilla.
Una voz le hizo levantar la cabeza con
asombro.
Manuel.- ¿Qué tal
le va la vida Nicolás?
Nicolás.- que
alegría verlo inspector. Pero siéntense por favor.
¡Chaval!
Unos cafés de los especiales para estos
señores.
Manuel.-venimos
a que nos hable de un buen amigo, el entrañable poeta Flavio.
Nicolás.-hay Flavio, que gran persona, de esas que por desgracia ya no quedan.
Javier.- perdona, el mío con leche
Nicolás.-con leche ¿has dicho con leche? vaya forma de joder un café. Estos
jóvenes
Manuel.- no saben
lo que es bueno
Camarero.-sus cafés
Nicolás.-juventud,
a ver, mira este café. Tú crees que esto
es un café digno de un inspector. Anda,
tíralo a la fregadera que ahora voy a hacérselo yo. Para este da igual el que le pongas, al fin y
al cavo no lo va a apreciar.
Nicolás, entró tras la barra y preparo
lentamente un café con su punto exacto de crema.
Entre tanto…
Javier.-vaya genio
tiene
Manuel.-Todo lo
que aparenta de lobo lo tiene de cordero, es muy buena gente y atento, si no
hubiese sido por su templanza diaria a la hora de atender a los clientes, este
bar habría cerrado hace muchos años.
Nicolás.-señor
Manuel, este sí es un café digno de un exquisito paladar como el suyo.
Manuel.-gracias, lo tomaré como usted me enseñó, con medio azucarillo y poquitas vueltas
Nicolás.-aún se
acuerda; así, como lo tomaba a diario Flavio.
Todavía recuerdo cuando entre aquí a trabajar
con dieciséis años.
Él tendría veinte y algunos. Venía todas las tardes y no me empezó a pagar
el café hasta que aprendí a hacérselo como él deseaba. Años más tarde, mi jefe me confesó que todos
los días se lo pagaba a él, y yo pendiente de que no se diera cuenta de que a
diario se iba un cliente sin pagar.
A lo largo de los años, todas las tardes, se sentaba aquí en esta mesa y pedía un
café de los suyos.
Luego de tomárselo lentamente como si fuera
un manjar y dejando cada sorbo reposar un segundo en el paladar, siempre decía:
¡Caballerete! (así me llamo siempre,
hasta el día anterior a su muerte) uno
chatarrero con leche. Sacaba una libreta
y el lápiz y se ponía a escribir.
Cada dos o tres palabras, con su mano izquierda metía la cucharilla en
la taza y le daba vueltas. La sacaba de
nuevo y escurría las gotas que en ella quedaban dando golpecitos en el borde de
la taza acompañándose rítmicamente, con la parte de atrás del lapicero contra la mesa. Con
tranquilidad, la dejaba de nuevo en el plato y escribía otro par de
palabras. Así una y otra vez.
Ese campanilleo era una dulce melodía entre las voces de los que estaban echando la partida, las que a él, parecían no enturbiarle aquel estado de inspiración. Cuando murió, lo echaba tanto de menos, que empecé a hacerlo yo acompañando el sonido de la cucharilla con el golpeo con la uña del dedo corazón de la mano, y aún hoy sigo haciéndolo, era así:
… Ti, tata, ti, tata, ti, tata...
Siempre recordaré un día, que por más que
pensaba, no daba con la palabra que estaba buscando. Me miró fijamente.
.- a ver caballerete ¿Cómo anda usted, de
léxico?
Yo me quedé pensando, sin saber que me
preguntaba
.-bueno, ya veo que no demasiado
bien, pero no importa.
Necesito que me digas una palabra llana, que
termine en “ada” y que con la que se pueda representar a unas crías jugando
junto a su madre.
Yo le pregunté: ¿unas niñas? ¿Niñada?
.-no zoquete, unas crías de animales
Me empecé a reír y me miro indignado
.- ahora me dirás criada
Me sentí orgulloso al decirle
.- de animalitos puede ser una camada. Puso cara de imbécil y mordiéndose el labio
inferior, movió la cabeza hacia los lados.
Al momento me contestó.
.-gracias, me debo estar haciendo
mayor.
Fue la única vez que necesitó mi ayuda,
pero a partir de entonces, cuando algún verso llevaba alguna palabra algo escogida, lo recitaba en voz alta y me preguntaba si se entendía lo que quería
decir.
No hacía falta que contestase, dependiendo
de la cara que ponía. Él, lo dejaba tal
cual o rectificaba la expresión en su mente antes de llegar a escribirla.
En las tardes cortas y gélidas de
invierno, cuando no andaba ni un alma miserable por la calle, le encantaba
sentarse y leerme poemas de otros autores en voz alta.
Eran libros que le dejaba prestados el
señor Germán; siempre decía que hay poemas que se deben leer, pero todos
deberían ser escuchados. La intensidad y el tono de su voz hacía que a
veces se me erizase todo el vello del antebrazo, incluso alguna vez me hizo
llorar.
Eso a él, lo llenaba de orgullo. Su oratoria había sido buena.
Le gustaba siempre ir bien aseado. No le importaba llevar la ropa arrugada,
pero sin una mancha y ni en sus últimos años, incluso en los días más calurosos,
jamás olió a sudor.
Venía
a primera hora con su neceser de la mano, entraba al servicio y se aseaba. Cuando salía parecía un pincel, listo para
plasmar ya de mañana en su libreta todo lo que desde la noche en su cabeza guardaba.
Luego se iba a su rincón a recitar, por la calle siempre había alguna gente desagradable,
personas insolentes y sin luces que intentaban interrumpir mientras él recitaba
a los transeúntes.
Jamás le vi una mala cara hacía nadie, ni un
reproche.
Hacía como oídos sordos y seguía deleitando
a los afortunados que se paraban a escuchar.
Parece mentira, así día tras día, fueron más
de cincuenta años.
Cuando se fue, algo de mí se fue con
él. Esta mesa quedó vacía con la
silla boca abajo sobre ella para que nadie la usase hasta que me jubilé. Entonces vi, que era la hora de ocupar su sitio.
Yo no estribo, pero hago sonar su
tintineo para acompañar mi aburrimiento.
Javier.-y
por casualidad, no guardará usted alguna de sus poesías.
Nicolás.-las guardo
todas
Javier.- ¿todas?
¿Dónde?
Nicolás.-aquí,
(poniendo su mano derecha sobre el lado izquierdo pecho)
Manuel.-
bueno, espero que el día que vuelva a visitarlo, me haga usted de nuevo el café
Nicolás.-seguro que
sí, estos jóvenes no aprenden ni a tiros.
Se ve que no les aprieta la necesidad como nos ocurría a nosotros
Manuel.-de todo
hay, no toda la juventud es igual
Nicolás.-pues me
deben de haber tocado a mí, todos esos aprendices poco espabilados
Manuel.- hasta
otro día y no se disguste, que ninguno hemos nacido enseñados.
Nicolás.- me da que algunos, se van a morir sin aprender


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