Utilizando mis contactos, gracias a ser
inspector, solicité que en vez de permanecer en el depósito y después
trasladarlo quien sabe dónde, me permitiesen darle sepultura.
En una esquina del cementerio había un cadrado lleno de maleza, que hace años se utilizaba para enterrar a los que se suicidaban; una
zona no bendecida por la mano de Dios.
Yo mismo iba por las tardes con un pico y una pala para darle la
suficiente profundidad.
Después de introducir su cuerpo en una
caja que encontré vacía y que estaba en buen estado (cerca del osario) lo
trasladé a escondidas en un furgón policial.
Tan solo asistimos al entierro: Un cura
conocido, el dueño de una librería, el camarero de un bar y yo. Allí, entre los cuatro, con unas sogas lo
bajamos, cubrimos de tierra con la pala y rezamos una breve oración por su
alma.
Pero mi trabajo no acabaría en ese momento.
Cerca del cementerio hay una fábrica
donde hacen losas de granito y mármol para las lapidas. Me acerqué a hablar con el dueño. Un tipo sano, algo bruto pero de buen
corazón. Le pedí que me dejase
utilizar todo aquello que eran desechos para el vertedero.
Primero, con el pie de una cruz rota como
tronco, tiras de granito sobrantes simulando las ramas y cachitos en forma de
hojas que fui pegando con paciencia, hice el olivo y pedí que si me podían
grabar una inscripción sin nombre; tan solo el número de expediente.
Un oficial de la fábrica poco a poco me
enseñó a usar un pequeño cincel y como hacer las letras. En todos los ratos libres de que podía
disponer, con paciencia y después de no pocos intentos fallidos, por fin
conseguí terminar el primer poema.
Las firmas he de decir que las hizo ese
oficial y maestro mío, con un diminuto buril y mucho tacto para que saliese
perfecta.
Así fue como poco a poco fui trascribiendo
a piedra lo que había en aquellas hojas escrito y depositándolas sobre su
tumba.
Él siempre había regalado sus poemas. ¿Quién
era yo para no compartirlos con quien se quisiese acercar a leerlos?
Y ese es el final de la historia.
Javier.-y ese
cuaderno ¿lo conserva todavía?
Manuel.-claro, aún
lo leo, aunque solo sea una vez al año, e incluso a veces, de memoria, les
recito algún que otro poema a mis nietos con el fin de que aprendan tan bellas
palabras.
Javier.- ¿y me lo
enseñaría?
Manuel.-todo a su
tiempo estimado Javier. Las cosas no
tienen prisa, somos nosotros los que nos empeñamos en acelerar o detener el
tiempo
Javier.- me
pregunto: ¿Ese hombre sería feliz?
Manuel.-asegura
que sí, amaba tanto la poesía, que nunca la quiso ver enjaulada, sino libre,
para que fuera oída o leída, por todos aquellos que él percibía que necesitaban una
palabra de aliento.
Javier.- ¿entonces
vivía de las limosnas, de las monedas que le daban?
Manuel.- ¡NO! Vivía
de escribir y regalar sus poemas, el que alguien dejase caer una moneda a su
lado no le hacía merecedor de una hoja de su libreta, aunque nunca le negó a
nadie lo escrito. Siempre las recitaba
en voz alta para que pudieran ser escuchadas por quien quisiera.
Javier.- me
gustaría ser como él, me gustaría ser como usted
Manuel.-nunca
pretendas imitar a nadie, se tú mismo
Javier.-pero yo no
soy nada, solo un pobre estudiante
Manuel.-estás
comenzando tu camino, Flavio ya está muerto y yo a punto de mi ocaso. Recuerda este día como un amanecer… ¿puede haber algo más hermoso que ver
salir el sol?
Javier.-sus
palabras también son de poeta
Manuel.-más
quisiera yo, mis palabras solo son las de viejo rezongón, que ve en ti la
oportunidad de saber que aún a su avanzada edad puede servir para algo.
Javier.-lo ve, es
usted como un libro
Manuel.-sí, un
libro que nadie me enseñó a leer, que nunca aprendí a escribir y eso lo tienes
que hacer tú. Escribir un precioso
artículo de final de curso que deje a todos boquiabiertos.
Hazlo
por Flavio, por mí y sobre todo por ti.
Javier.- y
entonces… ¿cuándo podré conocer al
resto de personas que antes a mencionado?
Esas con las que hablaba ese gran poeta
Manuel.-la
juventud es impaciente por naturaleza, pero los mayores ya no tenemos prisa,
tendrás que esperar
Javier.- ¿pero
cuanto?
Manuel.-
al próximo capítulo. Estos días vete
haciendo un boceto de lo que te he contado y guárdalo como oro en paño.


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