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jueves, 7 de mayo de 2015

Flavio 2/8


   Transcurridos los días de espera y tras una breve llamada.  Esa misma tarde/noche, los dos acudieron puntualmente al lugar de la cita.

 Javier.-Buenas tardes, ¿es usted don Manuel?

 Manuel.-claro y tú eres Javi. No sé porqué te había imaginado así, tu voz me recordó a cuando yo era joven.    Aquel estudiante lleno de inquietudes y falto de inteligencia.   La cual había que suplir con ingenio para estar a la altura, y no digo que tú no seas listo, no, nada de eso.

Javier.-sus palabras no me ofenden, al contrario, me alaga que me vea así tras tantos años de experiencia de vida

Manuel.- a lo que venimos.     Me vas a perdonar pero no tengo ni idea a quien te refieres.    He estado mirando el expediente y no pone nada que me haga recordar. Bueno en realidad es que no pone nada

Javier.- usted me parece una persona culta y seguro que lo recuerda. 

    Le estoy hablando de alguien que está enterrado a los pies de un olivo de piedra y cubierto por poemas firmados por un tal Flavio.

Manuel.-Flavio, que gran poeta.   Y…   ¿Cómo ha sido el interesarte por él?

Javier.- cuando vi su tumba me impresionó por su belleza y austeridad.    Pero al leer sus poemas no sé, tanto la robustez de sus versos, algunas palabras utilizadas para describir un concepto y sobre todo su firma parecieron trasportarme a otro lugar, a otro tiempo pasado, olvidado, o tal vez nunca vivido.

--- se dirigieron a un bar cercano ----

 Manuel.-Antes de nada siéntate, creo que debo contarte el porqué de esa tumba.  Luego retomaremos la investigación donde se abandonó para que puedas redactar tu trabajo de final de curso con un conocimiento de quien era esa persona.

---Tras pedir una par de cafés ---

Javier.-Un segundo, que saco el cuaderno

Manuel.- Nada de cuaderno, lo hermoso es aprender lo que la historia te cuenta  para luego poderla transmitir

Javier.- ¿y los detalles?

Manuel.- ¿los detalles? Esos no importan si estos carecen de importancia, los que son trascendentales no se olvidan

Javier.-como usted diga

Manuel.- pues empecemos:

          Hacía poco tiempo que me había incorporado a este mi nuevo destino y aún me estaba adaptando al entorno.

       Poco a poco, aquí iba conociendo a mis nuevos compañeros, las calles de la ciudad, sus gentes y a los delincuentes habituales de poca monta, los que me tocaba interrogar un día sí y otro también por delitos menores.  

             Una fría mañana del mes de febrero;  yo acababa de entrar en la comisaría cuando se recibió una llamada avisando de que un mendigo dormitaba en un rincón bajo unos cartones.

      Su rostro asomaba amarillento  y por más que le insistían su cuerpo inmóvil no daba señales de vida,  pero nadie se atrevía a tocarlo.

       Me dirigí hasta allí con otros dos agentes.     Cuando llegamos, los sanitarios ya lo habían tapado con una manta tras certificar su muerte.

      Se trasladó su cadáver al anatómico forense.   No portaba ningún tipo de documentación, se comprobó que sus huellas no estaban en la base de datos, debido quizás a que en tiempos pasados había gente que se hacía el carnet de identidad casi a la hora de ir al servicio militar y eso el que no se libraba por alguna causa.

      Calculo que a su muerte debía de tener entre setenta u ochenta años, más o menos.      En estos casos la verdad es que tampoco se hacen muchas indagaciones y solo habría sido un indigente más, si no hubiera sido por mi curiosidad.

        Hice aquello que nunca hubiera imaginado.

    El único objeto personal era una libreta a la que solo le quedaban unas pocas hojas sin arrancar.    La metí en mi bolso de mano y me la llevé a casa para leer lo que en ella tenía escrito.  Allí se hallaban una serie de poemas cortos,  todos con palabras esperanzadoras.

          En la cubierta anterior al igual que en cada hoja en su parte superior, tenía dibujado un escueto olivo y en la parte inferior derecha su firma con una rúbrica preciosa acompañada de su nombre:   Flavio.

          Me impactaron tanto aquellos versos, que me interesé por su autor, quien era y el porqué de su destino.

         Primero pregunté a mis compañeros.    Todos lo conocían, era una persona nada conflictiva, jamás lo habían visto beber ni fumar, solo escribir y regalar sus poemas a los transeúntes sin pedir nada a cambio.     Siempre solitario, aunque en todo el barrio lo apreciaban solo unos pocos hablaban con él.

        Los agentes jamás se habían preocupado ni de quien era, ni de donde procedía.    Nunca, ni tan siquiera le preguntaron su nombre.

            Allí en aquel rincón era como un trasto viejo, que aunque no tenga utilidad tapa la mancha de humedad.    No había nadie en la comisaria que no lo recordara ya de mayor.

          Los encargados del albergue cercano habían desistido de ir cada noche para ofrecerle un techo que él, siempre se negó a aceptar.  Sí agradecía su generosidad cuando le acercaban una taza de caldo calentito en las noches de invierno para entonar el cuerpo.

     Después me acerqué al único par de sitios que solía frecuentar, a los que volveremos juntos para que sus historias las oigas de primera mano.    Por suerte aún estamos a tiempo, ya que las dos personas siguen aún con vida.

     Pasados varios días se me pasó una idea por la cabeza y procuré llevarla a cabo.

 

 



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