----Pasaron dos
semanas-----
Manuel.- Bueno
Javier ¿Cómo va ese boceto?
Javier.-ahí ando,
mareando la perdiz y dándole vueltas a las palabras para que expresen con
sencillez las cosas, para que todo el mundo entienda lo que realmente quiero.
Manuel.-eso está
muy bien, no solo las mentes cultivadas tienen derecho al acceso a la lectura
Javier.-bueno,
pues a eso me refería
Manuel.-pero el
que sea legible no te exime de utilizar algunas palabras poco coloquiales. Así no solo regalaras un relato, además
impartirás algo de cultura lingüística entre los más necesitados
Javier.-de acuerdo
¿pero vamos a ver eso que tiene guardado en su casa?
Manuel.-paciencia
amigo. Antes iremos a otro sitio muy interesante.
Comenzaron a caminar. Manuel en silencio iba mirando todos los
balcones y ventanales como si buscara algo.
Javier, intentaba averiguar que miraba con
tanta atención sin darse cuenta que era la única manera de que permaneciese
callado en el paseo.
Se pararon frente a una vieja tienda con
un portalón de madera que daba entrada a un reservado y corto pasillo que
terminaba en una especie de rastrillo de libros.
Estaba en penumbra, con una lucecita colgando de un cable, sobre aquella especie de mostrador.
Javier.-que sitio
más siniestro
Manuel.-no digas
eso, entre estas paredes hay mucha más cultura que en la mayoría de las
universidades. ¡Ah! Y cuando entremos, por favor dedícate a escuchar las
palabras de su dueño; un gran hombre
del que seguro aprenderás mucho.
Allí sentado, con un libro
ennegrecido por su edad entre las manos, se hallaba un hombre abstraído en la
lectura con el rostro lleno de arrugas, no menos viejo que las paginas, que
humedeciéndose con la punta de la lengua el dedo corazón pasaba lentamente.
Librero.-por favor
don Manuel, ¿Qué le trae por este lugar?
Manuel.-ya ve,
recordando viejos tiempos
Librero.- ¿y este
zagal?
Manuel.-viene a
acompañarme y sobre todo a oír una historia que usted y yo recordaremos juntos
Librero.-pues
siendo así, cerremos la puerta y vamos a sentarnos a la trastienda que
estaremos más cómodos.
Las estanterías llenas de libros, parecían
querer unirse en la parte de arriba.
Del techo colgaban dos pequeñas bombillas llenas de polvo que provocaban
sombras con raras formas (porque lo que
se dice dar luz, daban poca).
Ya sentados al fondo en unos asientos de
madera en los que Javier no se podía ni acomodar por el chirrido que provocaban
sus traviesas desencoladas, el dueño de aquel
enlutado lugar se volvió hacia atrás y saco unos libros de un estante. Tras ellos, a buen recaudo, una botella de
coñac y un par de grandes copas, relucientes al estar envueltas en una bayeta
para que ni tan si quiera se rozasen, y evitar cogieran polvo en ese tiempo de espera.
Sirvió un poquito de licor en cada una de ellas y tras brindar por la amistad, se
pusieron a hablar entre los dos. Javier parecía no existir para ninguno de ellos.
Manuel.-
¿se acuerda usted de Flavio?
Librero.-
¿cómo podría olvidarme de él? Aún conservo dos libretillas de esas que le daba
cuando terminaba de arrancar las hojas de la que anteriormente había venido a
buscar
Manuel.- ¿y nunca
le regaló ningún poema?
Libreo.-no bueno,
ya sabe usted que él, solo se los regalaba a quienes los necesitaban y en la cola
había mucha gente antes que yo.
Nunca le pregunté su nombre, es más, se que
firmaba como Flavio porque usted me lo dijo, pero eso sí, me encantaba
acercarme después de cerrar a aquel
rincón donde con voz ya temblorosa, pero enérgica, con garra, recitaba
una vez tras otra los últimos versos escritos.
Recuerdo que una de esas tardes
silenció de golpe su voz, (algo poco habitual en él) miró fijamente a un señor
haciéndole un gesto con la mano para que se acercase, tras unos segundos, su voz
envuelta por la oquedad reverberante de aquellas viejas paredes que casi
susurraban:
Y llegará ese día
en que la niebla te
envuelva
calándote hasta los
huesos
fría, húmeda y espesa.
Deja de deambular,
no temas por lo que has
hecho.
Vuelve a tu casa mal
hombre
allí tu mujer te espera
para compartir su lecho.
Arrancó una hoja de la libreta y la puso
en su mano cerrándole el puño con fuerza.
Ese hombre, tras alejarse unos metros estiró de nuevo el arrugado papel,
leyó el poema entero en voz baja, con su mirada perdida y lágrimas en los ojos semiderruidos echó mano al bolsillo para darle unas
monedas. Según se aproximaba, Flavio lo volvió a mirar.
.- Tu esposa e hijos, necesitan mucho más el
segundo que estás perdiendo que yo tu limosna.
Se volvió a sentar sobre un cartón, y en
silencio, sin más, empezó a escribir un nuevo poema que recitar al instante
siguiente.
Más de una vez le intente ayudar
económicamente, pero siempre se negó a aceptar dinero; una de esas veces, me
dio a entender con su mirada que tenía bastante más valor aquella libretilla y
el lápiz que no le cobraba, que un billete de papel en el que no poder escribir.
Otra vez, le propuse que me copiase
sus poemas y así juntarlos en un pequeño libreto, que yo haría se publicasen.
No dijo nada, me miró sonriendo, fijo sus
ojos en estas estanterías y puso cara de tener envidia de tan grandes
literatos, en tanto libro olvidado.
El único ofrecimiento que me aceptó,
fue que le prestase algún libro de poemas para leer en el bar y el ultimo enero
de su vida, el venir a sentarse un rato por la tarde aquí, donde ahora estamos
y así burlarse un poco del frio durante
una hora o dos.
Se las pasaba leyendo a
Fulcanelli. Primero, leyó “Las Moradas Filosofales” y cuando estaba a punto de
terminar “El Misterio de las Catedrales” llegó su hora y ahí, sobre la mesa, hasta el
día de su entierro quedó con su marca páginas puesto donde él lo dejó esperando
su regreso.
Cuando volví del cementerio, donde cuatro
gatos (usted entre ellos) nos despedimos de él, volví a ponerlo en su
estantería y en ella quedó. Al tiempo vino un joven con barbas preguntando
por esas joyas y se llevó los dos por un módico precio.
Y yo, pues a seguir leyendo todo lo que
cae en mis manos y luego a ponerlo a la venta.
Javier.-perdonen
que me entrometa. ¿Usted lo conoció de joven?
Librero.-cuando yo
cogí esta tienda, hace ya muchos años, el debía tener sobre cuarenta y tantos,
un poco mayor que yo y hacía tiempo que era el morador de ese rincón. Quien sí lo conocía de antes, era…
Manuel.-silencio,
dejemos que el tiempo marque sus tiempos
Librero.-pues nada
señor inspector, vuelva usted cuando le apetezca o quiera.
Pero no tarde mucho, este cuerpo empieza a
pedir ya tierra.
Manuel.- hasta
pronto
Los dos se fundieron en un abrazo,
dando palmadas en sus espaldas.
---Una vez en la calle de nuevo--:
Javier.- ¿pero no
es muy mayor para estar trabajando?
Manuel.-se jubiló
hace años, pero sigue viniendo todos los días, más que a trabajar a leer y
ayudar a quien no encuentra algún libro por estar ya fuera del mercado o
resultarle gravoso para su economía y quererlo de segunda mano.
Javier.-que
persona más humilde y sabia
Manuel.-las
personas realmente cultas, casi siempre son prudentes hasta en sus palabras y
contra más saben, más cuenta se dan de todo lo que les queda por aprender. Sin
embargo, por el contrario, la ignorancia es demasiado atrevida.
Javier.- lo dice
por mí ¿verdad?
Manuel.-no,
quizás por mí, pero te puedes aplicar el cuento y ahora a seguir estudiando. Ya nos
vemos el próximo lunes.
Javier.- ¿pero?
Manuel.- no hay
peros que valgan, a estudiar.
Javier.-bueno,
pues hasta el lunes que viene


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