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sábado, 21 de diciembre de 2024

El resurgir - Cap.- 25

 

 

"Ver con los ojos cerrados" 25

 

 

       A principios de septiembre ya estaban todos allí, de vuelta de sus cortas y respectivas vacaciones, la actividad cotidiana, estaba instaurada de nuevo en esa cocina, pero aquella mañana les depararía una gran sorpresa.

      Cuando Roberto abrió la puerta, sin saber por qué, tuvo una sensación muy extraña; un escalofrío pareció recorrerle la espina dorsal de arriba abajo.

     Como todas las mañana ya que la temperatura era agradable y en la puerta daba el sol aún sin demasiada fuerza “lo cual se agradecía a esas horas”   allí Roberto esperaba apoyado en la pared a que llegase el resto de malandrines.

      Al rato iban apareciendo uno a uno vociferando desde la esquina.

Tomás.- Roberto, ya estoy aquí, no me pongas falta

Roberto.- a ti, pero si siempre eres el primero

Nerea.- quitarse del medio que no respondo

Tomás.- estás loca

Carolina.- buenos días

Roberto.- hola Carolina, menos mal que hay alguien que saluda

Gervasio.- que sueño, no os parece que venimos muy pronto

   “compañeros inseparables” Julia, como siempre del brazo de Antonio.

Julia.- ¿falta alguien?

--Ellos ni respiraban para que Julia no los localizase-

Antonio.- falta el de siempre, pero ya asoma por la esquina

Paco.- vamos holgazanes ir empezando, que no sabéis hacer nada sin mí

Roberto.- pues ya estamos todos, a preparar, que hoy hay faena

Tomás.- pues como todos los días

Paco.- estoy harto de pelar patatas.   ¿Es que en esta casa no se sabe cocinar otra cosa?

Gervasio.- las patatas van con todo; anda que no estoy yo hasta el gorro de ellas, pero hay sacos hasta final de año, parece que no tienen otra cosa que traer

         Nada más abrir la puerta de la cocina, se quedaron parados, atónitos, ante el dantesco panorama.  Aquello parecía una cacharrería, todo revuelto.

    Alguien había entrado a robar, pero allí poco había que llevarse.

   Era más el destrozo que habían provocado, que el valor de lo que fuesen a buscar.

     Lo primero era llamar a la policía para que dieran constancia de lo sucedido y esperar a que llegasen sin tocar nada.   Julia no podía ver el destrozo pero la ansiedad creada en sus amigos le indicaba la magnitud de lo acontecido.

       Cuando llegó la policía tardaron un rato en coger huellas y esas cosas.

  “Vamos, que no hicieron nada aparte de hacerles perder el tiempo, y manchar todo con unos polvos que no había quien los limpiase”

          Después, a colocar todo de nuevo en su sitio y tirar a un gran cubo, lo que había quedado inservible.  Por suerte, Gervasio guardaba en el almacén unas docenas de platos y vasos que los sacarían del apuro.    El tiempo se les echaba encima y Roberto había ido con los policías hasta la comisaría para formalizar la dichosa denuncia.

Julia.- y ahora como lo hacemos

Paco.- Gervasio ¿tú sabías que había de comida hoy?

Gervasio.- más o menos

Tomás.- pues venga, sacando material y preparando para cuando llegue Roberto

Paco.- yo por si acaso, voy a llamar a mi abuelo y que venga a cocinar

Carolina.- mejor, porque a qué hora llegará este

Nerea.- ¿y si llamamos también a todas las madres?

Carolina.- la mía está trabajando

Gervasio.- vamos a llamar, las que puedan que vengan

Carolina.- yo llamo a Verónica a ver si puede

Tomás.- eso, tu llama a la suegra

Paco.- no te metas donde no te llaman

Tomás.- que era broma

Paco.- pues eso

   --En media hora estaba allí toda la tropa—

Arturo.- vamos, manos a la obra

Paco.- no hemos empezado hasta que vinieses y dijeras que necesitas

Arturo.- voy a ver que tenemos en el almacén

     --Allí le indicó a Gervasio todo lo necesario para esa comida—

Arturo.-  empezamos, Prepara dos ollas grandes con agua

Tomás.- ya llevan un rato al fuego, seguro que ya están casi hirviendo

Arturo.- muy bien, según vayan sacando Nerea y carolina lo repartís; todas las verduras, bien peladas y troceadas en dados medianos.   Las gambas al agua a descongelar, luego dejáis las colas bien limpias y las cabezas las echáis en esta sartén.  Ir picando varias cabezas de ajos y bastante perejil menudito, y  cuando estén descongelados los filetes, junto con un buen chorro de aceite a untarlos por los dos lados antes de dejarlos reposar; pero nada de sal, de eso luego me encargo yo. 

       

         El tiempo corría a pasos agigantados, no se podían permitir el parar ni un momento para tener todo a la hora.   Cuando llegó Roberto, se sintió aliviado al ver que la mesa estaba montada con sus platos, vasos, cubiertos y servilletas.

De la cocina salía un olor a comida casera que le hizo atenuar la taquicardia que le acompañaba en todo el camino.

 

Roberto.- perdonar pero no he podido llegar antes

Tomás.- tranquilo, todo controlado

Roberto.- madre mía, si no llega a ser por vosotras

Hortensia.- nosotras solo hemos echado una mano

Roberto.- muchas gracias señor Arturo por venir, hoy tiene usted el privilegio de servir 

Arturo.- a mí déjame de ostias, que yo ya termine mi trabajo

Verónica.- pero al menos, se quedará a comer con nosotros

Arturo.- me quedo pero con varias condiciones

Hortensia.- a ver con que saltas ahora

Arturo.- nada de halagos en la mesa, que Julia y Antonio me dediquen una canción, y por último y no por eso menos importante, no pienso recoger ni un plato

Julia.- por mi parte no hay problema

Antonio.- por la mía tampoco

     ----en ese momento entraba Manuel por la puerta---

Verónica.- lo siento, te tocó

Manuel.- lo primero buenas tardes, ¿Qué dices?

Verónica.- decidido por unanimidad, te toca hoy recoger la cocina

Manuel.- pero qué he hecho yo ahora

Verónica.- precisamente, eres el único que todavía no has hecho nada

Roberto.- a mí no me mires, yo en cosas de pareja no me meto

Manuel.- ummmm, esto huele que alimenta

Arturo.- aparta de ahí la nariz que te arrimo con el cazo

Roberto.- vamos, carros fuera que ya están casi llenas las mesas

      En la cara de los comensales, se podía adivinar la influencia de la alta cocina en aquel caldo. Hoy llevaba algo más de experiencia, aparte del cariño presente como siempre en aquellos platos.

  Muchos pidieron repetir de primero si era posible y marcharon de allí diciendo a Roberto que por favor felicitase al enigmático cocinero.

Roberto.- Señor Arturo, lo reclaman en el comedor

Arturo.- diles que me he ido, conozco a muchos y no quiero que sepan que los he visto aquí

Hortensia.- mira que eres raro

Arturo.- haz caso, que se de lo que hablo

Verónica.- a ver si te aplicas aprendiz, que ya es hora de que vayas tomando nota y aprendas algo

Arturo.- dale tiempo al tiempo, dentro de cien años, no hay quién lo iguale

Verónica.- nos jodió el agua con venir en mayo

 

  Las nubes en el cielo presagiaban la frescura de una leve tormenta de verano, tarde sin igual, para dar un paseo por el casco histórico de la ciudad y visitar el bar que tanto les gustaba, por el que hacía tiempo que no pisaban debido a los calores de las tardes de verano.

Verónica.- ¿quién se anima a dar un paseo?

Roberto.- vamos que hoy hace bueno

Arturo.- pues mira, no está mal la idea, pero a paso tranquilo

Manuel.- sí, sí, un paseo, no una carrera

        Los cuatro encaminaron la calle adelante hasta llegar a las callejuelas estrechas que tantas historias guardaban de su juventud, cada piedra de las paredes, cada esquina, cada guijarro desgastado, hacían de su silencio en el paseo, un sonar de campanillas en su mente.

Arturo.-  ahí, en ese solar derruido tuve yo mi primer contacto con los pucheros cuando todavía era un imberbe, mucho antes de que me decidiera a emigrar y recorrer esos mundos de Dios.    Ahí había una fonda con cuadra en la parte de atrás para las caballerizas y unos cuantos cuartos en la parte de arriba con unos grandes sacos de paja como colchones, para todos aquellos que se dedicaban a recorrer los pueblos por esos caminos, para comprar y vender de todo tipo de cosas.

        Se llamaba “La Andaluza” porque la mujer del dueño, que era una señora alta y recia, de carácter y hablar simpático para los clientes,  aunque negada para la cocina y como una mula parda para los trabajadores,  decían que había nacido en Andalucía y sí, aún conservaba el acento en su hablar.

    Claro vosotros ni siquiera os acordareis hace ya muchos años.

        Ahí empecé pelando patatas y sobre todo fregando platos y jarras de barro (entonces el cristal era cosa de casas pudientes) y todas las noches al cerrar los portones, zafarrancho a las mesas, banquetas, y el suelo con bien de agua, lejía y estropajo de esparto.      Que época más dura me tocó vivir.

Manuel.- entonces usted, donde aprendió a cocinar

Arturo.- cómo que dónde, pues en esa fonda

Manuel.- pero….

Arturo.- qué pero ni pera, ahora con buenos ingredientes, buen condimento y estos fogones modernos cocina cualquiera.  

       Entonces  aquí contrataron a una cocinera que con agua caliente, patatas, unas hojas de col, cebolla o ajo de vez en cuando y sebo de cordero, o algunos días de fiesta manteca de cerdo era capaz de dejar satisfechas las barrigas de esos clientes;   esos que recorrían muchos sitios y siempre estaban deseando llegar aquí.   Por la noche, ya se sabía, una sí y otra también, sopas de ajo con que entonar el cuerpo para después dormir a pierna suelta hasta que el gallo cantaba.

       Siempre recordaré aquellos tarros en los que guardaba varías hierbas y como los miraba antes de poner una pizca de alguna de ellas en el guiso.

      Nunca se me olvidará, como con el pan duro hacía unos cuadraditos y tras tostarlos y pasarlos un poco por la grasa, los ponía encima del guiso, para que se encontrasen algún tropezón entre tanto caldo.

      Aquellas sí eran cocineras de verdad, las que aprendieron de sus madres y  abuelas a hacer virtud de la necesidad.

 

       Esa tarde tomaron unos vinos, unas tapas y despacito para casa, al final nada, cuatro gotas. 

     --Al pasar por al lado del banco:     

Verónica.- nosotros nos quedamos aquí un rato; nos gusta sentarnos a ver el anochecer

Arturo.- pero desde aquí, no se ve bien la puesta de sol, si fuera mirando al revés

Roberto.- déjelos que están como cencerros, se sientan a ver con los ojos cerrados

Manuel.- menudo cencerro estás hecho tú

Arturo.- a eso me apunto, hacerme un sitio

Roberto.- pues nada, hasta mañana

Verónica.- no sabes lo que te pierdes

Arturo.- con Dios, seguro que hay alguien esperándolo, menudo truhán

 

    Allí quedaron los tres, con los ojos cerrados y sus manos cogidas, escuchando el revolotear de los gorriones en las ramas de los arboles.

 

jueves, 19 de diciembre de 2024

El resurgir - Cap.- 24

 

"Ver con los ojos cerrados" 24

 

 

      Se aproximaban los exámenes finales y tras ellos las vacaciones de verano.

 Las madres que no trabajaban sustituirían esas manos que debían de faltar para dedicar más tiempo a sus estudios y preparar bien el final de curso.

     Lo mismo que se hacía en verano para que cada uno pudiera marchar unos días junco con la familia a hacer algún viaje donde descansar de la rutina.

  Por desgracia aquellos a los que prestaban su ayuda día a día en el comedor, estaban de vacaciones todo el año por obligación y el hambre no entiende de esas cosas, por lo que cerrar quince días o un mes, no les parecía conveniente, aparte  de la posible no coincidencia con las vacaciones de sus padres.

       Unos iban y oros venían. Cada poco había muchas cosas que contar de lo vivido en sus días de descanso y muchas cosas que soñar de lo que sucedería en el viaje de los que estaban a punto de marchar.

          Gracias al buen tiempo y el turismo, el número de parados e indigentes que acudían al comedor había disminuido sustancialmente. El sector servicios había aumentado sus puestos de trabajo, tanto en la ciudad como fuera de ella y en  muchas casas entraba un pequeño sueldo después de tantos meses.

    La rutina seguía sin incidentes reseñables.   El señor Arturo (abuelo de Paco) se acercaba algunos días, además de ayudar, preparaba a Manuel en el arte culinario y le indicaba trucos sencillos para sacar el mayor partido de lo más simple.   Así, para cuando Roberto se fuera a ver a su familia a la otra punta del país, durante esos días, nadie tendría por qué pasar hambre o perder del todo el apetito.

     Las señoras que allí estaban, intentaban poner el oído a todas las palabras de Arturo, pero sus frases y consejos eran como un jeroglífico que solo parecía entender Manuel.

Hortensia.- pero puedes hablar claro, que no me entero de nada coño

Arturo.- son cosas que solo deben de estar al alcance de los grandes chef

Josefa.- oye, que yo soy tú hija

Arturo.- ya, pero Manuel tiene madera y sabe mimar las cazuelas y las sartenes

Josefa.- pues mándalo a planchar a casa que hay un cesto lleno, a ver qué tal te deja la raya de los pantalones, que para eso también eres muy exquisito

Manuel.- a mí, ni me metáis en cosas de familia

Hortensia.- di que sí Josefa, que vayan aprendiendo a planchar

Arturo.- mira que eres rencorosa

Paco.- y tú eres un presumido y un comodón

Josefa.- anda calla, que sois los dos iguales

Paco.- encima que salgo a tu favor

Manuel.- vuelve a por uvas que no está el perro, termina de una vez con las zanahorias que hoy estás dormido

Josefa.- ¡oye! A mi hijo ni media, ¡eh chef!

Manuel.- te das cuenta, si es que madre no hay más que una

       --Entre risas, siguió la mañana---

        A la una y media, Arturo recogió escrupulosamente su juego de cuchillos y tras atar su funda con una lazada los metió bajo el brazo.

Hortensia.- ¿pero ya se va usted? Que aún no hemos terminado

Josefa.- ay maja, este, los sábados no perdona la hora del vermut con los amigos, luego comen de raciones y después unas partidas al tute jugándose el café y las copas

Manuel.- hace bien que la vida son dos días

Hortensia.- ¿Y a mí no me invita?

Arturo.- dejar de marear, que me habéis dado una mañana, ni que hubierais desayunado lengua

Carolina.- no les gusta nada hablar

Josefa.- si lo hacemos porque no estéis aburridos

   En ese momento entraba Verónica por la puerta, que venía a echar una mano a la hora de servir.

Arturo.- la que faltaba para el canto del duro

Verónica.- oiga, que yo acabo de entrar

Arturo.- ahí os dejo, que os sea leve

Samuel.- ¿Y Lourdes no viene?

Verónica.- no;  dice que iba a comer hoy con las amigas

Samuel.- esta, por no echar una mano, que poco le gusta

Julia.- pues bien maja que es

Samuel.- muchooooo

Roberto.- vamos, preparando los carros y poniendo la mesa.

         

       A las tres, una vez el comedor vacio de nuevo, se sentaban ellos a comer.   Como cosa extraña Roberto estaba sentado y a Manuel le tocaba servir.

Verónica.- ¿y este cambio?

Roberto.- yo estoy de invitado, hoy ha hecho el la comida él, así, que la sirva

Verónica.- bueno, que comeremos

Samuel.- pues huele que alimenta

Manuel.- hoy os vais a chupar los dedos (todo orgulloso)

Josefa.- no te pongas tantas medallas que tú, has hecho poco

Verónica.- ummm que rico, se nota que tienes mano para la cocina

Samuel.- mamá, no seas guasona

Manuel.- la mayoría lo ha cocinado Arturo, lo reconozco, pero yo he hecho lo más importante, el toque final que lo hace una delicatesen

   --Las carcajadas podían oírse desde la calle—

Manuel.- pues hoy, todos castigados sin postre

Roberto.- anda déjate de bobadas y saca el segundo

Manuel.- el pescado lo sacas y lo sirves tú, que eres quien lo ha frito

Carolina.- te ha salido rebelde el aprendiz

Roberto.-  a este lo espero yo

             Terminaron, recogieron todo y allí a la sombra alargaron la tertulia de sobremesa.     Esa tarde hacía un sol de justicia y no andaba ni un alma por la calle.     No tenían prisa ninguna.   Raúl si quería algo sabía dónde encontrarlos y Arturo llevaba llaves de casa.

       ¡UH! Entró asustando al personal

Samuel.- mira, apareció

Lourdes.- que tal “coleguis”. Pero si hoy no están en el nidito

Verónica.- pero qué dices

          Se puso a cantar y bailar   ♬♫.-bésame, bésame mucho…♫♬

Samuel.- esta ha vuelto a beber

Lourdes.- un poco, nos ha puesto después de la comida una botella de licor de lagarto en la mesa, y no era cuestión de despreciarla

Manuel.- vamos para casa y te acuestas

Lourdes.- que estoy bien, pero me hace gracia; os cuento

Julia.- yo creo que deberías estar mejor callada

Verónica.- pero qué pasa

Lourdes.- pues que a la parejita la han visto, mua, mua, mua,

Carolina.- y qué, pasa algo

Lourdes.- ah, que lo reconoces

 --Se puso a cantar de nuevo- ♫♬.- como si fuera esta noche la última vez…♬♫

Samuel.- se está rifando un tortazo y llevas todas las papeletas

Verónica.- pero no te enfades.   Cuenta, cuenta, mi niño

Samuel.- me voy a dar una vuelta, que me tenéis harto

Hortensia.- que callado lo tenías Carolina, cuéntaselo tú a mamá

Carolina.- Espera Samuel, que voy contigo

Manuel.- mira que eres boca chancla, un día, te va a atizar en el morro; no te dará vergüenza venir borracha

Julia.- venga, enchufa el teclado y cantas algo para la audiencia, por lo menos así no dices tonterías

  Roberto entró a la cocina y preparó unas brochetas de fruta con que amenizar el resto de la tarde acompañadas con unas botellas de sidra, que llevaban en el almacén desde las anteriores navidades.

      Cantaba canciones de la época de sus madres, incluso anteriores, canciones de las que Lourdes apenas se sabía la letra y Julia las armonizaba de cualquier manera con cuatro acordes básicos.

      Pasado un rato y ya con unas copitas de sidra, Hortensia y Verónica, se decidieron a cantar “a voz en grito”.

      Lo que faltaba de “calidad” en ese concierto, era suplido con creces con las ganas de diversión y complicidad del momento.

    Carolina y Samuel, sentados en el parque, se reían y sentían vergüenza ajena de las voces que salían por la puerta abierta. Madres y sidra, nunca fue una buena combinación.

 

 


 

lunes, 16 de diciembre de 2024

El resurgir - Cap.- 23

 

"Ver con los ojos cerrados" 23

 

 

         En este mundo hay contratos ocultos y sin corazón que solo atienden a cuestiones económicas.     El no avisar a los afectados de sus intenciones es debido a la maraña empresarial donde están implicadas comisiones y mordidas que siempre enriquecen a los mismos.

    A la hora del café de media mañana, siempre hay empleados que comentan curiosidades, chismes, dimes y diretes de lo que se tramita en la oscuridad de los cajones de algún despacho.

    Esa mañana, a Mariano (padre de Antonio) le llamó mucho la atención una conversación de la mesa de al lado.   Él, nunca prestaba el más mínimo interés a los chismorreos del ayuntamiento, donde trabajaba hace muchos años y sabía que nada era verdad o mentira, hasta ser aprobado en pleno, pero ese día le resultó extraño el que hablasen en voz tan baja (todo lo que oían esos dos, se podía considerar un secreto a voces)

      Tras escuchar lo que decían y quedarse con algunos detalles concretos llamó a Roberto para que lo esperase cuando saliese del comedor.  Tenía que hablar con él de algo importante.

 

Mariano.- tengo que hablar contigo, pero en un sitio discreto donde nadie nos pueda oír

Roberto.- pues que mejor sitio que nuestra cocina, los pucheros no cuentan nada a nadie

       --entraron y Roberto cerró con llave por dentro—

Roberto.- muy grave es la cosa

Mariano.- mucho, demasiado gordo como para sacarlo a la luz

Roberto.- ¿pero me afecta a mí? No me asustes

Mariano.- nos afecta a todos nosotros y a mucha más gente

Roberto.- ¡joder! Habla ya

Mariano.- esta mañana he oído una conversación sobre los nuevos planes de urbanismo;  quieren construir el nuevo parking aquí mismo, en el parque de san Cipriano

Roberto.- vaya follón, pero si es muy pequeño

Mariano.- ese es el problema.   La empresa está tramitando la compra de este colegio, que tiene muchísimo terreno más todo el patio trasero con la intención de hacer un gran parking subterráneo de dos o tres plantas, con entrada desde el parque, y encima un gran centro comercial

Roberto.- pero esto es del ministerio de cultura desde que lo dejaron los curas  

Mariano.- me da, que ya está hecha o a punto de hacerse la compra por parte de la empresa que gestiona la zona azul,  por que los planos ya deben de estar en el ayuntamiento, pero lo tienen con un secretismo total

Roberto.- pues es muy gorda, y donde encontramos otro sitio

Mariano.- no lo sé, pero en cuanto lo tengan todo atado, salta la liebre

Roberto.- ¿y si destapamos sus intenciones?

Mariano.- te va a dar igual; hay muchas manos con carne entre las uñas y a la gente de la calle, no le preocupa que muchas personas se queden sin tener donde ir a comer, eso no le importa a nadie.   Yo solo quiero que estés avisado porque no va a tardar mucho y cualquier día te encuentras con la sorpresa.

 

      Roberto no podía dar crédito a lo que le estaba contando.

          Esos años de trabajo se quedaban en nada; con lo que les había costado conseguir el equipamiento de la cocina y convencer a los comerciantes de que donasen los productos que estaban a punto de caducar para que pudieran ser aprovechados con un buen fin.

       No se podía quedar cruzado de brazos, pero tampoco podía cargar con esa pena a nadie.   La mañana siguiente, todos notaron algo demasiado raro en el rostro y comportamiento de Roberto.  No protestaba por nada a la hora de cocinar, con su mano agarraba de vez en cuando el cazo, pero ni daba vueltas a la sopa.

       --A las dos y diez llegó Manuel –

      Nada más entrar se respiraba algo extraño en el ambiente.

       No pudo por menos que fijarse en las caras de los que estaban comiendo.   Comían como sin ganas dando un sorbo que otro a la sopa y esperando a que les retirasen el plato, a ver si con el segundo había un poco más de suerte.

     --Manuel se acercó a un señor sentado en la esquina de la mesa—

Manuel.- qué pasa hoy amigo

Señor.- nada, si nos pudiese traer un poquito de sal

      Manuel cogió una cuchara del carro de los cubiertos y probó aquella sopa.  No solamente estaba sosa, no sabía a nada, era agua caliente con chachos de verdura sin cocer.

 Manuel.- qué ha pasado hoy Roberto ¿estás bien?

       --Roberto ni contestó, siguió dando vueltas a unos filetes que ya estaban medio quemados—

Manuel.- déjame un sitio, que ya me encargo yo de esto

     Ellos y ellas permanecían callados, pálidos, mirándolo sin moverse del sitio, no sabían qué hacer, aquello no había ocurrido nunca.

Manuel.- Vamos chavales, retirando esos platos y tú Gervasio trae unos cartones de huevos

              Los filetes iban saliendo al comedor lo mejor posible, dentro de lo que Manuel daba de sí como aprendiz de cocina. Tomás les iba poniendo el punto de sal Y Paco, apoyado en una muleta y con la espumadera en la otra mano intentaba hacer unos huevos fritos  sin demasiadas expectativas.

Manuel.- un filete, un huevo en cada plato y para fuera.   Oye Gervasio, hoy fruta como para una boda, que al menos coman algo decente

      Roberto se había sentado en un rincón y Julia, a su lado permanecía callada, cogiendo sus manos y acariciándolas con cariño.

     --por fin se termino aquella hora tan desagradable—

Manuel.- perdonar chicos, hoy ni se come, ni se recoge, ni se friega.

Paco.- vamos a ver si quiere hablarnos Roberto

Manuel.- dejarlo solo, ya hablo yo luego con él. S in saber que le pasa puedo comprender como se siente y cualquier cosa que le digamos le va a dar igual.

        Se marcharon a casa sin decir ni adiós, desconsolados por la impotencia de no poder hacer nada.  Entraron en sus casas como almas en pena y contaron lo que había  sucedido a sus familiares.   Al momento, Mariano se levanto de la silla y gritó en el pasillo: ¡ahora vuelvo!

       En cinco minutos a paso rápido se presentó en el comedor; la puerta estaba abierta, entró hasta la cocina; allí encontró a Manuel y Roberto sentados frente a frente, sin decirse ni palabra, esperando nada, uno del otro.

    --Mariano cogió una caja y se sentó junto a ellos—

Mariano.- perdonar pero se lo tenía que contar y ahora veo que te toca saberlo a ti Manuel

      Le dijo absolutamente todo, según se lo había relatado a Roberto la tarde anterior.

Manuel.- tranquilo, hay tiempo, una orden de desahucio podemos hacer que tarde bastante en resolverse ¿tenéis papeles como que esto está cedido para comedor social?

Roberto.- sí, los tengo yo firmados por representantes del ministerio y otros de la caja de ahorros como que nos donaban el equipamiento de la cocina

Manuel.- ¿ponía algún tiempo límite o alguna clausula de alquiler o venta?

Roberto.- sí

Mariano.- me cago en la….

Roberto.- está firmado, creo que por diez años 

Mariano.- menos mal 

Manuel.- pues entonces tranquilo, pero mañana me traes los papeles que quiero yo echarles un vistazo   

         --los tres respiraron por fin—

Roberto.- joder, ni cuenta que me daba, estaba acojonado

Mariano.- vamos a tomar algo para celebrarlo

Roberto.- pues está todo esto, como para dejarlo así

Manuel.- vamos y luego venimos.  Entre los tres lo dejamos organizado en un momento

Mariano.- aunque nos dé la hora de irnos a la cama da igual

      --Dicho y hecho, allá a las siete se acordaban de llamar a sus respectivas mujeres para decir que todo estaba bien, que no se preocupasen por la tardanza—

  Ya de vuelta a las cocinas, manos a la obra.

Mariano.- ¿por dónde empezamos?

Roberto.- lo primero recoger lo del comedor; Manuel, échale un vistazo al almacén a ver como está, que si no mañana Gervasio se me sube a las barbas

Manuel.- no está mal, pero se lo dejo todo colocado que yo se que estas cajas si no están en su sitio lo encienden

   --No habían terminado de ponerse a fregar cuando llegó Verónica—

Verónica.- quitar de ahí, tú Mariano vete secando, y tú que sabes dónde van las cosas, vas colocando en el estante correspondiente

Roberto.- a sus órdenes

Verónica.- y el manazas de mi marido dónde anda

Mariano.- ahí está, colocando el almacén

Verónica.- pues ahí está bien, que nos quedamos sin platos en un momento

Manuel.- oye, que te he oído

--Gracias a la ayuda de Verónica, terminaron en un santiamén sin ninguna avería o desperfecto que reseñar-

Verónica.- bueno, yo creo que me deberíais invitar al menos a un vinito antes de la cena y de paso me contáis que coño ha pasado

Mariano.- bien ganado te lo tienes, pero a mí me tenéis que disculpar, tengo que ir a casa a decirle a Antonio que esté tranquilo, decírselo por teléfono no le va a valer, ha llegado muy tristón

Roberto.- ostias, tiene razón, en cuanto que nos tomemos el vino voy de casa en casa a darles un abrazo

Verónica.- ¿cómo que cuando terminemos el vino? Vamos ahora, y luego ya veremos lo que hacemos, que los míos no se asustan si llegamos tarde.

     Primero fueron a casa de Mariano y a ellos se juntaron su mujer y su hijo para hacer el recorrido.  Lo mismo pasó en cada una de las casas; en tropa iban recorriendo las calles hasta llegar a la casa de Manuel y Verónica donde los esperaban para cenar, pero todos fueron a tomar algo juntos.
       Los chavales respiraban con alivio al ver de nuevo a Roberto tal y como era día a día.   El susto se les iba escapando del cuerpo con cada broma, con cada gesto que les provocaba una sonrisa.

 

     La cena de ese día fueron las tapas que habían sobrado de la tarde y alguna que otra ración en un bar del barrio que ya estaba a punto de cerrar.  Al dueño no le importó cerrar un poco más tarde, el día había estado flojo, y entre pitos y flautas le arreglaron la caja.