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martes, 19 de mayo de 2015

Flavio 6/8


  El tiempo corre y las semanas vuelan.

Javier.-bueno señor Manuel, hoy ya nos toca ir a hablar con el cura

 Manuel.- que pesado estás con el cura.  El señor cura ya murió, tenía la manía de cuidar mucho el alma, pero poco el cuerpo.

     El ayuno, no era una de sus prioridades y la dieta que le puso su médico de cabecera se la saltaba a diario, el desenlace se veía venir y como es natural llegó.

Javier.- entonces ¿dónde vamos hoy?

Manuel.-a ver a una anciana entre comillas, que rondará los noventa, pero seguro sigue como una rosa. 

  Había pasado inadvertida para mí,  hasta que un día por casualidad me fijé en ella.

      El día del entierro estaba allí, alejada, mirando sin hacerse notar.

    Yo creí que sería alguien que estaba visitando a algún familiar. 

     Transcurrido un tiempo, un día que fui a depositar un nuevo poema sobre la arena, allí estaba junto al olivo.

  Al verme se apartó como si estuviese dando un paseo.

  Esto me ocurrió varias veces y entonces, fue cuando me decidí a preguntarle quien era.

  Pero mejor que te lo cuente ella. Su nombre es Amelia, pero de siempre (ni ella se acuerda porqué) la han llamado Conchita.

 

 En aquel viejo portal flanqueado por una verja de hierro como puerta, unos escalones de madera con barandilla de forja les invitaban a subir al tercer piso.

     A Javier le hizo gracia el llamador que se alojaba en el centro de la puerta a la altura de los ojos.

   Una pequeña mano con una bola hecha en hierro, con articulación en la parte superior para golpear sobre un clavo de cabeza ancha.

 Manuel.- ¿nunca lo habías visto antes?

Javier.- no

Manuel.-esto aquí, lo llamamos picaporte

          Toc, toc.  -Una voz gruñona respondió--:

Conchita.- ¿Quién es?

 Manuel.- Conchita, soy yo, Manuel, el inspector de la policía nacional

Conchita.- ¿qué coño querrá ahora la autoridad?

  ¡Ya voy!   Siempre molestando

 Manuel.-hola, que soy yo

Conchita.-pues haberlo dicho; que leche tanto inspector de policía, ni tanta ostia

Javier.-vaya genio

Manuel.- Esta usted echa una moza

Conchita.-sí, y usted un chaval, pero los dos sabemos que es un cumplido.   ¿Y este mozo tan apuesto?

Javier.-yo me llamo Javi y vengo a acompañar al señor Manuel

Manuel.-en realidad es al revés.   Quiere escribir algo sobre un gran poeta y quería conocer la historia real de primera mano.

Conchita.-me está hablando usted de mi Flavio

Manuel.-de quién si no

Conchita.-sentaros aquí, ¿apetece una palomita, para endulzar la boca?

 Manuel.-por supuesto, no faltaría más

Conchita.-ahora preparo tres y le cuento

Javier.- ¿qué es eso de una palomita?

Manuel.-un vaso de agua fresca

Javier.-vale, vale

Manuel.-pero con un buen chorro de anís.

Conchita.-bueno, pues brindemos por tan gran poeta

Javier.-entonces, ¿usted también conoció a Flavio?

Manuel.-tranquilo, primero el brindis y un traguito de esta maravilla que nos ha preparado Conchita

Conchita.-pues claro que lo conocí.

      Era un ser de luz, siempre dispuesto para todo. 

   Tenía cameladas a todas las mujeres del barrio con su palabrería siempre galante y como no, a mí, la que más.  Piropeaba a toda señora mayor de treinta con una gracia especial, aderezada con un peculiar acento andaluz.    Era tan delicado, que hasta los maridos agradecían sus palabras.

Javier.- ¿entonces era andaluz?

Conchita.- sí, según me dijo una vez, nació en un pueblo de la provincia de Jaén,  pero muy jovencito se puso a recorrer los caminos de sitio en sitio, hasta llegar aquí.

      Curiosamente, solo se le notaba el deje, cuando él quería que sus palabras sonasen como alago hacia alguien.

        Trabajaba de lo primero que le salía para sacar unos cuartos con los que ir tirando.

    Las noches de los martes de punta en blanco, se acercaba a una taberna de renombre, allí donde se reunían escritores y poetas de la época y participaba en sus tertulias.    Al final se dio cuenta de que su inteligencia no podía competir con aquellos que tenían padrinos.    

        Pronto se olvidó de su sueño de altas esferas.  

   Después, alguna que otra noche paseaba por las zonas del artisteo y la farándula.

  Pasó del taburete alto de cafetería elegante, a apoyarse en la barra cutre de bar sombrío y trasnochado, entre letristas, músicos, guionistas y actores, esperando abrirse camino en el difícil y bohemio circulo del mundo del espectáculo.

        Tras ver fallido aquel intento, donde también los padrinos contaban, se hizo dueño de ese rincón donde su libertad solo era presa de su poesía.   Tras unos pocos meses, cambio la pensión donde dormía por la compañía de sus cartones.

  No pocas veces, le ofrecí mi techo y mi cama, pero mi mirada enamorada le hacía decir que no.     Su único amor eran las letras y por deferencia a mi amor, dormía bajo cartones, por no dar pie a ilusiones infundadas.

    Ahora a mi edad, ya no me importa confesar que alguna que otra tarde-noche, aliviamos nuestras penas y necesidades en mi alcoba.    Eso sí, nunca mostró la intención de cruzar esa línea.

       Todos conocían mi profesión, él cuidaba mi esquina de intrusas mientras recitaba sus poemas, y yo mirándolo con dulzura en la noche, vigilaba que nada turbase su sueño esperando a que apareciese algún cliente.

 Javier.- ¿entonces usted era….?

 Conchita.-sí, dilo, puta, los dos éramos iguales, libres a pesar de la marginación.

        Pero eso sí, no te confundas majo.    Tuve muchos pretendientes con buenas intenciones, pero lo que sentía por él, jamás lo sentí por ningún otro.

       Yo tenía muy clara la diferencia entre la pasión y el dinero. 

      Él y solo él, llenó de amor mi cama, aunque muchos otros pasasen por ella.

   Bueno, a lo que íbamos que estábamos hablando de él y no de mí.

     La verdad es que por aquel entonces, la gente era más desprendida se aceraba a echarle monedas y  paraba a oír sus poemas más que en sus últimos tiempos, en los que ya las personas parecían ir con prisa a todos lados.

         Yo ponía de mi parte el que siempre fuera hecho un figurín.

    Le lavaba la ropa  y se la colgaba en mi armario bien planchada.

     Subía a cambiarse, no sé, cada tres o cuatro días.     Siempre estábamos discutiendo, porque al día siguiente, de haber dormido con ella puesta estaba toda arrugada, siempre lo amenazaba con lo mismo:   Me haría la tonta y no volvería a lavar ni planchar su ropa.    Que así, cuando vistiera hecho un adefesio se daría cuenta.

       Él se sonreía, me miraba con ojos picaros pero llenos de ternura mientras se le afilaba la punta de la nariz,  se acercaba, me daba sutilmente un beso en la frente y cogiéndome por la cintura, me recitaba cerca del oído en voz baja, con ese acentillo tan gracioso que ya tan solo para mí guardaba:

 

Manos que cuidan mi ropa

poniéndole la pasión,

que quisiera para el alma

cualquier roto corazón.

Cómo  mi niña bonita

podría dejarme a un lado,

si sabe, que ella me quiere

y yo siempre la he amado.

 

          Luego al llegar a la puerta, se daba la vuelta y con sus suaves manos secaba mis lágrimas y me besaba los labios (porque yo siempre fui muy llorona)

       Y ya ves, fuimos envejeciendo juntos el uno al otro.

    Yo tenía suerte, el piso lo heredé de mi madre y cuando llego la hora de dejar la calle, tenía un dinerillo ahorrado, para seguir mal viviendo y aquí sigo.

   Me apoyaba en la barandilla del balcón y lo oía con la boca abierta lo bien que recitaba sus versos.    Algunos parecían dedicados a mí, pero nunca me lo dijo.   Nunca me quiso romper el corazón y yo jamás me sentí celosa de aquella rival invencible, su gran amor: 

    La poesía.

Javier.-es una historia preciosa, a su manera, fueron los dos felices

Conchita.-muy felices, pero cuando partió, se me escapó la vida y aún muchas tardes abro el balcón y lo escucho mientras plancho su ropa ya desgastada por el roce de la plancha esperando para que suba a cambiarse.

Manuel.-no se preocupe Conchita, si lo oye, es porque él está ahí, nunca se marchó de ese rincón, ni de su lado

Conchita.-pues eso mismo pienso yo

Javier.-gracias, muchas gracias por habernos atendido y que siga usted tan guapa

Conchita.- mira el jovenzuelo, tan zalamero como él, solo le falta el acento.

Manuel.-hasta otro día Conchita y cuando el mozuelo termine el curso, tranquila, yo me encargo de que venga personalmente a leerle lo que haya escrito

Javier.-le doy mi palabra

Conchita.-pues escríbelo pronto, que no quiero que vayas a leérselo a una lápida

Javier.-de usted depende el esperarme y sé que lo hará

Conchita.-vamos coño, fuera de aquí, que ya me estoy poniendo tierna y no quiero que nadie vea lo fea que me pongo

Manuel.-vale, vale nos vamos.

                  Bajando las escaleras:

Manuel.-el próximo día será el colofón de esta historia y a partir de ahí, te las tendrás que arreglar tu solito

Javier.-sí señor Manuel, después de lo escuchado hoy, ya sé que enfoque quiero darle a mi artículo.

 

    


2 comentarios:

  1. Poeta es el Sr. Carlos Torrijos que tiene el poder de atraparme desde la primera letra, sinceramente gracias 😘

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