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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Silueta

     Y dejé pasar el viernes, sábado, domingo.  Buscando una explicación razonada de lo inexplicable.
   Y la busqué el lunes y todo el día martes.    Pero no la encontré.
       Y ya, en la noche, rebusco en los cajones, entre los papeles amarillentos.    En los bolsillos de la ropa vieja, que hace tiempo permanece inmóvil en el armario. 
   Entre todos los recuerdos que en mi mente habitan.   Pero nada; no encuentro a aquel, de quien creía tener constancia de su existencia.
      Podría esperar todo el tiempo del mundo, pero me he hartado de esta mi ficción.

                       A ti;  mi tan querido y admirado.
              Al más cercano y a la vez distante.
       El de mayores aptitudes para ser un genio, genial y genuino.
       Genialidades envueltas en papel de brillos con lazos dorados, preciosos regalos llenos de belleza y a mí, me han tocado los mal envueltos, vacios en su interior  y carentes de alma.

           Me reconforta pensar que solo yo soy el culpable, que el poder considerar tus defectos, no son más, que la penitencia que cumplir, para enmendar los míos. Disculparte, queriendo creer que recojo lo que sembré. 
     Te he querido adorar tal vez demasiado,  para cargar sobre tu persona, ninguna culpa.

   Quizás, nunca llegues a leer esto;  ¿para qué? Ojalá, la dicha te premie con no conocer estos  sentimientos.
    Tampoco es que lo escriba para ti;  no lo sé.  Quizás lo hago solo para mí.
       Me mortificaré, viendo en mi interior un ser, que si estuvo dentro, nunca se manifestó con esta crudeza; lo escrito se lee y hoy no tengo ganas de olvidar.
         La experiencia no deja de ser un grado, que al final parece no servir para nada, excepto para intentar evitar que otros…  o uno mismo vuelva a introducir los pies en el charco en que ya se cayó, el que inexorablemente no vemos hasta que estamos de nuevo empapados.
           Cada vez que pasan sesenta minutos, la manecilla alargada del reloj,   se vuelve a encontrar en la parte de arriba, para que un clic,   impulse el martillo que golpea la campana para anunciar la nueva hora.  La rueda que desde tiempos tan lejanos, en que ningún sujeto existía para dejar testimonio de ello, cada mañana por el vasto horizonte se asoma el sol y con la opacidad de la tarde, tras retirarse a descansar, sigue dejando constancia de su existencia, representado por su candela, impactando sobre la inlúcida luna.       Que lamentablemente, la vida sigue dando vueltas y cada año, en el umbral del otoño, allá por el once de noviembre a cada marrano al final le llega su San Martín.

      Pues bien, tal vez este sea el mío.

       Y ahora, ya no, no, de nada me vale cerrar los ojos o intentar mirar para otro lado, para no ver lo evidente.
       No más cargar con la culpa, de haber puesto la cara, para recibir los sinsabores, que no me correspondían.
    Harto, de seguir disfrazando mi rostro, lleno de llanto  y desolación, con una contorsión fingida y cierta mirada inexpresiva perdida en el abismo.
     No, ya no.    El dolor de mi alma, sobrepasó el umbral de mi perdón y tu ausencia indiferente esquilmó el casi ya, extinto cauce de mi esperanza.

Qué pena……..
   Que el pasar de los años, tan solo nos haya hecho…… 
           …………….. Más viejos.

C.A.R.L.






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