Y dejé pasar el viernes, sábado,
domingo. Buscando una explicación
razonada de lo inexplicable.
Y la busqué el lunes y todo el día martes. Pero
no la encontré.
Y ya,
en la noche, rebusco en los cajones, entre los papeles amarillentos. En los bolsillos de la ropa vieja, que hace
tiempo permanece inmóvil en el armario.
Entre
todos los recuerdos que en mi mente habitan.
Pero nada; no encuentro a aquel, de quien creía tener constancia de su
existencia.
Podría esperar todo el tiempo del mundo,
pero me he hartado de esta mi ficción.
A ti; mi tan querido y admirado.
Al más cercano y a la vez
distante.
El de mayores aptitudes para ser un
genio, genial y genuino.
Genialidades envueltas en papel de
brillos con lazos dorados, preciosos regalos llenos de belleza y a mí, me han
tocado los mal envueltos, vacios en su interior
y carentes de alma.
Me reconforta pensar que solo yo soy
el culpable, que el poder considerar tus defectos, no son más, que la
penitencia que cumplir, para enmendar los míos. Disculparte, queriendo creer
que recojo lo que sembré.
Te he querido adorar tal vez demasiado, para cargar sobre tu persona, ninguna culpa.
Quizás, nunca llegues a leer esto; ¿para qué? Ojalá, la dicha te premie con no
conocer estos sentimientos.
Tampoco es que lo escriba para ti; no lo sé. Quizás lo hago solo para mí.
Me mortificaré, viendo en mi interior un
ser, que si estuvo dentro, nunca se manifestó con esta crudeza; lo escrito se
lee y hoy no tengo ganas de olvidar.
La experiencia no deja de ser un
grado, que al final parece no servir para nada, excepto para intentar evitar
que otros… o uno mismo vuelva a
introducir los pies en el charco en que ya se cayó, el que inexorablemente no vemos
hasta que estamos de nuevo empapados.
Cada vez que pasan sesenta minutos, la manecilla alargada del reloj, se vuelve a encontrar en la parte de arriba,
para que un clic, impulse el martillo que golpea la campana para
anunciar la nueva hora. La rueda que
desde tiempos tan lejanos, en que ningún sujeto existía para dejar testimonio
de ello, cada mañana por el vasto horizonte se asoma el sol y con la opacidad
de la tarde, tras retirarse a descansar, sigue dejando constancia de su existencia,
representado por su candela, impactando sobre la inlúcida luna. Que lamentablemente, la vida sigue dando
vueltas y cada año, en el umbral del otoño, allá por el once de noviembre a
cada marrano al final le llega su San Martín.
Pues bien, tal vez este sea el mío.
Y ahora, ya no, no, de nada me vale
cerrar los ojos o intentar mirar para otro lado, para no ver lo evidente.
No
más cargar con la culpa, de haber puesto la cara, para recibir los sinsabores,
que no me correspondían.
Harto, de seguir disfrazando mi rostro,
lleno de llanto y desolación, con una
contorsión fingida y cierta mirada inexpresiva perdida en el abismo.
No, ya no. El dolor de mi alma, sobrepasó el umbral de
mi perdón y tu ausencia indiferente esquilmó el casi ya, extinto cauce de mi
esperanza.
Qué pena……..
Que el pasar de los años, tan solo nos haya
hecho……
…………….. Más viejos.
C.A.R.L.

Pufff, impresionante, poeta.
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