Varios inviernos ya han pasado
desde que Gorgonio cambiase su vida de nuevo y cediese el honor de cuidar de
los sótanos llenos de vapores condensados, líquidos embriagadores y quesos en
curación a Diógenes demasiado viejo para sudar el campo y aún joven para no
hacer nada.
Genaro está orgulloso de sus pequeños; los que ya están empezando a gastar tizas
demuestran buen pulso en sus trazos sobre la negrura de la piedra y los más
avanzados, hábiles en la lectura, forman frases bien estructuradas y están
empezando a dividir con fluidez. Todos
menos Primavera, esa niña revoltosa de culillo de mal asiento, deseosa siempre
de que acabe la clase para irse a la orilla del arroyo.
A primavera, no demasiado preocupada por las
letras y perezosa con los números, le
encanta el dibujo como forma de expresión.
Le gusta aplanar la arena hasta dejarla como un lienzo terso y
suave. Luego traza varias líneas a
modo libre de diferentes longitudes, formas y direcciones.
Se pasa un rato dando vueltas alrededor mirando el recuadro del suelo
desde distintos ángulos.
De pie, con su barita larga, con delicadeza, va dando forma a aquello
que esas burdas rayas le han sugerido hasta que tras agregar una serie de
minuciosos detalles hechos rodilla en tierra, da por terminada su obra.
Como siempre son cosas extrañas; combinaciones de estructuras ficticias que forman imágenes irracionales.
Casas con alas que salen por
ventanas, puertas llenas de estrellas, tejados de agua y chimeneas que en vez
de humo desprenden flores y pájaros. Siluetas de seres con dos cabezas, extremidades
alargadas y deformadas, en posiciones imposibles con miradas nunca situadas en
su rostro y bocas torcidas con labios grandes y abiertos. Arboles con ramas secas y enroscadas que se
precipitan hacia el suelo, raíces que emergen
de la tierra como vermes intestinales intentando alcanzar el cielo.
Matías, desde una distancia prudencial, la observa pacientemente, luego se acerca, mira el dibujo e intenta entender su significado. Entonces ella, se lo explica con palabras tan abstractas como esas propias líneas y él, lo vuelve a mirar con cara de “no entiendo nada”.
Bueno. Al rato Matías se dirige a la colina por el
camino como cada día. En lo alto intenta una y otra vez depositar su
imaginación en la arena, pero nunca avanza más allá de las primeras Rayas en
las que no ve jamás nada.
Genaro, aprovechando la soledad del lugar se acerca, mira el dibujo, analiza sus trazos, no es nada parecido a lo visto por él en los viejos lienzos enrrollados que en casa guarda. ¿Cómo ayudar a potenciar eso que ella hace? No tiene referencias en las que fijarse. ¿Está bien? ¿Está mal?...
Donde encontrar referente con el
que poder corregir y así intentar perfeccionar eso tan raro. Permanece concentrado mirando el
suelo. Sin saberlo la sorpresa acecha
a sus espaldas.
Primavera.-
¿Cómo usted por aquí?
Genaro.-
ya ves mirando esto tan raro
Primavera.- lo he hecho yo
Genaro.-
ya lo sé ¿y qué es?
Primavera.-
mire; esto
de aquí, es el día que empieza a nacer y se ve retenido por la noche que no
quiere irse.
Genaro.-
pero ¿el sol? ¿Y la luna?
Primavera.-
el nuevo sol está tras el ombligo y el ojo que está en su mano es la
luna que se resiste con fuerza a esconderse aunque los dedos la aprieten.
Genaro.- sí, sí, (la imaginación de Primavera
escapa a su alcance)
Primavera.- no me mienta. No lo ve, igual que Matías
Genaro.- serias capaz de reproducir unas
laminas que tengo en casa
Primavera.- ¿para qué?
Genaro.-
¿la verdad? No lo tengo claro… pero por intentarlo
Primavera.- vale
Genaro.-
pues mañana te llevo una
Toda la noche, la pasó elaborando una tabla
de tres por cinco palmos.
La pulió y lijó con esmero hasta
que consiguió una superficie blanca, lisa, incluso resbaladiza. Seleccionó los carboncillos de mayor dureza y de
entre los papiros del arcón cogió uno que en especial, siempre le había emocionado ver.
Una
madre acostada con su niño.
La mañana siguiente, todos dedicarían sus
sentidos a lo que Primavera hiciera.
Trazo a trazo iba dando forma a la
mujer y el niño. Con el rostro sin gesticular el resto miraban no sabían
bien qué.
De pronto con el dedo expandió el negro polvillo dando forma al contorno
de los cuerpos.
Pasmados todos, vieron asombrosamente como su dedo corazón iba creando sombras
y la imagen con dulzura parecía salir de la tablilla hacia fuera como intentando
hablar.
Primavera.-
ya está, ¿Qué le parece?
Genaro.- me has dejado impresionado, casi mejor
que el original
Primavera.- espere, espere, ya verá
Cogió un paño y limpió la tablilla; la aclaró en agua varias veces hasta dejarla blanca de nuevo.
Se unto las manos con los carboncillos y las movió convirtiendo lo claro en una oscuridad absoluta.
Quedó quieta, parada, mirando con detenimiento.
Enrolló
la punta un trapo haciendo un nudo, para con él ir limpiando y limpiando cachitos
para luego unirlos entre sí.
Primavera.-
ahora sí, ya está, la madre y el hijo felices, las nubes la miran con
envidia y los arboles se postran ante ella reverenciando su maternidad.
Todos miraban incrédulos. Nadie veía nada de lo que Primavera decía. Los niños marcharon a jugar. Ella,
se dio media vuelta ante la falta de
atención y marcho a la orilla del arroyo. Genaro con la tabla en sus manos se sentó
pasando varías horas dándole vueltas, a ver si en alguna posición podía ver
aquello que decía la pequeña había dibujado.

Maravillosa descripción de la escena😘
ResponderEliminarTenemos a una pequeña Picasso en Valdeluna. 🤗🤗🤗🤗Bella narración, maese.
ResponderEliminarOtra incomprendida. ja. ja. ja.
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