Encargo para : Grito de
Mujer 2025.
Título.- Generaciones
Que ironía que vaya a ser yo, quien pretenda dar consejo sobre la conveniencia de tener la cabeza bien
amueblada, antes de tomar la gran decisión de contraer matrimonio o irse a
vivir en pareja.
Os contaré que en mi casa
éramos: mi padre “ya con canas” y las cinco hermanas. Digo cinco, porque la diferencia de edad
hacía que eso pareciese.
Cuando yo nací, (por suerte soy
la más pequeña) mi madre tenía solo diecisiete años, y mis tres hermanas:
cinco, cuatro y dos respectivamente.
Mi padre tenía prisa porque
naciese un hijo que nunca llegó; ese que le ayudase en el trabajo y fuera el
sustento de la familia en su madurez.
Mi abuelo; un inculto
destripaterrones, con la única pretensión
en la vida, que el vino y las cartas con los amigotes, decidió entregar
a su hija a los doce años a alguien que parecía algo más prometedor que él y
que resultó ser uno más del montón.
Mi pobre madre, una niña sin
más, enseguida quedó embarazada. En su devota
ignorancia, siempre dando gracias al cielo por tener un techo bajo el que vivir
y comida caliente casi todos los días, aunque fuera a costa de dormir más de
una noche calentita sin encender la chimenea. cosa que ocurría, cada vez que el
vino y padre se aliaban con los astros.
Ahora, aún recuerdo cuando
siendo yo una canija que no levantaba tres palmos del suelo, mi padre pensó que
ya era hora de que mi hermana mayor, dejara de comer de la misma cazuela que
nosotras. Sí, también tenía doce años y tras una boda
amañada con un señor al que ni conocíamos, marcho lejos y jamás la volvimos a
ver.
Por casualidades de la vida o no, desde aquel
día, mi padre dejó de ir al trabajo
andando para ir en una moto que apareció de la nada.
Según iban pasando los años, mis hermanas iban desapareciendo de la casa, tras una celebración algo parecida. La segunda con trece años; luego la tercera ya con quince y yo por suerte seguía allí con mis dieciséis. Como siempre con la incertidumbre de en qué momento me tocaría enfrentarme con la realidad.
La verdad es que en el lugar, nadie le daba importancia a aquella cosa tan habitual en esos tiempos. Las niñas nos conformábamos con soñar que aquél que nos tocase en suerte, al menos no fuera muy mayor, algo apuesto y económicamente acomodado.
(Pues eso, un sueño).
Pretender que no fuera amigo
de las cartas o el vino, que no nos pusiese la mano encima cada cierto tiempo,
o simplemente que nos tratase con un
poco de respeto, ya dejaba de ser un sueño para convertirse en un destino
imposible, que nuestra mente no podía ni imaginar.
Desde bien pequeñas, mi madre nos
enseño a rezar y yo en mi cama, cada noche me retorcía pensando que mis
súplicas al altísimo eran eregías al dogma de vida que nos habían inculcado. Tras
pedir salud para mi madre y mis hermanas (allá donde estuvieran) me volvía a
santiguar para rogar con mucha más fuerza, el nunca poder quedar embarazada y
de ser así que mi retoño fuera varón, y así contentar a mi benefactor, no teniéndome
que separar de él a temprana edad.
No tardó mucho en aparecer por
mi casa un señor que parecía mi abuelo, con la única pretensión que tener una
criada en casa, con el derecho justificado a satisfacer sus repugnantes deseos de alcoba.
Bueno la verdad es que
tampoco me puedo quejar. Tras
algunos años de convivencia quedé embarazada de mi hija y la suerte quiso que
al año siguiente aquel hombre, cogiera una de esas enfermedades provocadas por el vicio y el
desenfreno, llevándoselo para el otro barrio de la noche a la mañana. Dentro de lo que podía haber sido, pude
llorarlo desahogadamente, gracias a que “el buen señor” en casa tenía unos ahorrillos
y las escrituras de tierras en propiedad, que enseguida fueron alquiladas
para su labranza a gentes del lugar.
A lo que íbamos. Mi hija ahora acaba de
cumplir los dieciocho. Los tiempos por suerte, mucho han cambiado. Nos vinimos a vivir a la ciudad y aquí todo se
ve de otra manera.
El otro día me dijo que quería casarse
con un chico de su edad. Pero si
es aún una niña. Si a esta edad, lo que tiene que hacer es
estudiar, y procurarse un futuro que la haga sobre todo, independiente y libre.
Si el día de mañana
quiere casarse o irse a vivir con su pareja, pues que lo haga; eso sí, sabiendo que tiene el poder de ganarse
el sustento por ella misma, sin ninguna necesidad de permanecer bajo el yugo de
nadie.
Que esa libertad, le hará una
mujer sin moratones en el cuerpo, ni en el alma, y que tan solo el amor, deberá
ser el vínculo, que los una el tiempo que la vida les depare como conveniente.
Sé que es mayor de edad y no puedo retenerla, pero sí aconsejarla.
Aún cada noche rezo pidiendo
salud, pero ahora me vuelvo a santiguar para rogar que esa planta a la que un día le di la vida, siga adelante creciendo, formandose, reverdeciendo, esperando unas cuantas primaveras más para que su flor llegue a convertirse en fruto.
N.º de registro: caUNfDAt-2025-02-19T18:21:53.290
Ojos de Gata@2025.






