Pasaron un par
de meses, “Agustín” parecía desaparecido aunque cada primero de mes, seguía
haciendo el ingreso económico en su cuenta.
No recogía ninguna de sus notas, así que
las retiró y dejó otra en la que decía que necesitaba verlo. El no saber de él,
la tenía intranquila y más después de lo ocurrido a Antón.
Esa noche cuando llegó al apartamento, de
nuevo pudo percibir ese perfume.
Había llegado
demasiado pronto y Roberto tardaría un rato, por lo que se entretuvo colocando
los cojines de otra manera. Al dar la
vuelta a uno, vio como una mancha de pintalabios (ella nunca lo solía
utilizar). Estaba clara la presencia de otra mujer; ahora ya tenía claro, que
su juego, no era más que eso, un juego tanto para ella como para él.
Ya estaba cansada de aquello, pero
mira, no le devolvería la moto; alguna noche que otra, saldría a carretera a
que le diese el aire. Así que lo habló claramente con él para cortar con
aquellas citas semanales. La verdad es
que a él no pareció importarle demasiado y no puso ninguna objeción en seguir
pagando el alquiler del garaje; siempre esa puerta estaría abierta para ella el
miércoles que le apeteciese pasar a verlo.
Como muchas tardes después de la
hora del café, Soledad salía a dar una vuelta y que le diese un poco el
fresco. Cuando volvió, a Luisa, un desconocido le
había dejado un recado para ella.
Luisa.- Sole, ha venido un señor muy raro y me ha dicho:
Dígale a Soledad que hoy ceno. Y se ha
marchado sin más. No ha tomado ni un
café el tacaño.
Soledad.- y que más me da que cene, como si no quiere cenar
Luisa.- ¿pero no sabes quién puede ser?
Soledad.- ¿cómo era?
Luisa.- alto, de unos cuarenta y cinco o cincuenta y la
barba muy arreglada
Soledad.- pues no sé, a ver si vuelve luego otra vez
Esa noche se acercó hasta el restaurante
“la muralla” y efectivamente, había una mesa para dos reservada a nombre de
Agustín. Por fin de nuevo cenaban
juntos.
Soledad.- donde te has metido, me tenías preocupada
Señor.- no te preocupes, he estado de vacaciones
Soledad.- podías haber avisado
Señor.- y tú, que tal
Soledad.- después de lo de Antón, nada es igual
Señor.- y de amores, cómo vas
Soledad.- una mierda, no merece la pena
Señor.- y aquel rollete de los miércoles
Soledad.- paso de historias, todo era un juego
Señor.- pues me alegro, mejor sola que mal acompañada
Soledad.- bueno pues ya me quedo tranquila, seguiré dejando
notas y muchas gracias por las fotos, las tienen mis padres guardadas como oro
en paño.
Señor.- intenta enterarte de cuando piensan culminar
algún atentado, de esta vez se pretende que caigan todos; los informadores y el
comando armado.
Soledad.- intentaré que me cuenten algo
Señor.- llevan demasiado tiempo quietos y tanta
inactividad no me gusta nada
Soledad esperaba día tras día, a que llegase
el jueves. Tenía que convencer de alguna
manera a Edurne, de que se alejase. No
quería que la detuviesen y la juzgaran como una terrorista más.
Soledad.- Edurne, tengo que hablar contigo
Edurne.- te veo
preocupada
Soledad.- mira, lo siento, pero no pienso seguir en esto,
estoy cansada de pasar notas y tú deberías de pasar también; al fin y al cabo
esto no va con nosotras
Edurne.- yo no puedo dejarlo
Soledad.- claro; tomarían represalias contra ti
Edurne.- no, es que esta, sí es mi guerra
Soledad.- no digas tonterías
Edurne.- te voy a contar una historia, pero aquí no. Cuando salgas te espero, vamos a ver un sitio
que te va a sorprender
-
Al salir del trabajo, Edurne la esperaba escondida en un portal tras de
la esquina –
Edurne.- estoy aquí soledad
Soledad.- donde quieres que vayamos
Edurne.- tú, camina unos metros detrás de mí
Al pasar por delante del edificio donde
estaba el apartamento, se paró y miró hasta las ventanas del quinto piso,
volvió la cara hacía Soledad y siguió caminando hasta llegar a un parque oscuro, donde
por fin, se sentó en un banco.
Edurne.- ven siéntate
Soledad.- ¿qué tiene de sorprendente este banco?
Edurne.- este banco no, por donde hemos pasado; creo que no vas hace tiempo
Soledad.- ¿me estabas vigilando a mí?
Edurne sacó un frasco del bolso y le dio
a oler.
Edurne.- ¿lo reconoces?
Soledad.- ¿entonces tú?
Edurne.- no soy la única
Soledad.- pues que le aproveche
Edurne.- como te he dicho, te voy a contar una historia:
.- hace años, siendo unas adolescentes
alocadas, mi hermana y yo, íbamos a todas las manifestaciones allí en mi
tierra. Allí nos juntábamos con chicos
más mayores e íbamos con ellos a los locales clandestinos donde se juntaban, y
allí nos salían las copas gratis.
Un día cuando volvíamos a casa, nos
detuvieron y nos llevaron al cuartel.
Allí nos hicieron mil preguntas que no sabíamos contestar.
Al mando estaba el Teniente Gutiérrez, un
sádico hijo de puta que después de torturarnos y violarnos durante varios días,
una noche, nos dejó tiradas en un descampado del extrarradio, sin aliento ni para hablar.
Arrastrándome por el suelo llegué hasta una
casa, pero no me quedaban fuerzas ni para llamar. Cuando me vieron por la mañana el poco
aliento que tenía fue para decir que buscasen a mi hermana. A mí me llevaron al hospital, pero cuando
llegaron al lugar donde nos había tirado, mi hermana ya estaba muerta.
Desde ese día estoy esperando, yo le
pasaba información a los comandos y ellos hacían un seguimiento del teniente
Gutiérrez por los distintos destinos por los que ha pasado y por fin encontraron
su paradero.
Soledad.- entiendo que es a la persona que estáis vigilando
Edurne.- efectivamente, el muy hijo de puta ha llegado a
coronel
Soledad.- ahora entiendo, “tres estrellas”. Y si lo han
encontrado a que estáis esperando
Edurne.-nosotros solo somos unos informadores, y a mí
sabiendo las ganas que tengo de ajustar cuentas, no me permiten tener acceso a
ningún arma
Soledad.- yo no sé si aguantaría
Edurne.- toca esperar un contexto político diferente,
ahora solo sería una víctima más y esas tres estrellas, tienen que servir para
algo más.
Soledad se fue a casa pensando en esa
historia tan cruel; tenía que enterarse
de la fecha del atentado cuando estuviese preparado y convencer a Edurne de que
ella no participase en ese comando y desapareciese días antes.
En la siguiente cena con “Agustín” le
contaría la historia, para ver la forma de que Edurne pudiese escapar de alguna
manera.
Señor.- esta vez te veo muy preocupada
--Soledad le contó aquello que le dijo
Edurne—
Señor.- esa precisamente no la sabía, pero las diferentes
hazañas de Gutiérrez, eran un secreto a voces
Soledad.- frustrar un atentado contra ese tiparraco, no es
algo que me encante; pero encima detener
a Edurne, me parece una injusticia
Señor.- en el trabajo, no hay sentimientos
Soledad.- pues si me echase a la cara a ese tal Gutiérrez,
no me crearía cargo de conciencia el meterle tres tiros
Señor.- el que paga, pone las normas
Soledad.- bueno, entonces deje de contar conmigo, mañana le
dejo en el buzón la cartilla y las llaves
Señor.- ya lo arreglaremos, pero tú tendrás que ayudar y
apartar a Edurne lejos del lugar indicado en la hora y día convenido para la
detención de sus compañeros
Soledad.- de eso me encargo yo, aunque la tenga que llevar
arrastras
Señor.- tú haz tu parte y yo haré la mía
Soledad.- ¿sabes lo más fuerte? Que Edurne también ha
estado liada con Roberto
Señor.- las personas no cambian
Soledad.- que le den por saco. Y por la tarde en el bar con la mujer, parece
un corderito
Señor.- ¿quieres que te cuente un secreto?
Soledad.- cuenta, cuenta
Señor.- la mujer de Roberto, tampoco va al bingo esas
noches
Soledad.- me alegro; de todas formas, tal para cual. Paso
de esa movida

Muy interesante. Me encanta la clave de "las tres estrellas". Un abrazo, maese.
ResponderEliminarSiempre hay un por qué
EliminarQué intriga…
ResponderEliminar...Y seguimos...
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