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jueves, 6 de febrero de 2025

Tres estrellas - Cap.-10

 


 

   A partir de ese día, tendría mucho más cuidado cuando fuera a reunirse con Roberto.

     Que nadie la viese salir con la moto ni entrar en el garaje, seguro que era uno de los que estaban vigilando, o tal vez solo era una cosa personal que llevaba Edurne clavada.

    Cuando se veían, Soledad le preguntaba sobre cosas de su trabajo antes de jubilarse a modo de curiosidad y él le contaba que el trabajo de funcionario, casi siempre es el mismo y que cuando le dieron la oportunidad de jubilarse, no se lo pensó dos veces, ya estaba harto de papeles llenos de monotonía.

     Había recorrido muchas partes del país en distintos departamentos y cuando recaló en esa ciudad tranquila, pensó que era el mejor sitio para quedarse con su mujer. 

    No habían tenido hijos y su matrimonio se reducía últimamente  a las tardes en el bar y después de cenar, ella a jugar al bingo con sus amigas y él a tomar copas en cualquier garito de moda.

    

     Una de aquellas noches de miércoles, Soledad al entrar en el apartamento notó un olor distinto y no era el ambientador; pero bueno, eso era un problema de él, en lo que ella no quería meterse.  Lo suyo era un juego y esa era la mejor manera de tener claro el sitio de cada uno y las pretensiones de cada cual.

    La vida le había dado la oportunidad de ser libre, de volar sobre dos ruedas, de tener un amante sin ningún compromiso y una amiga de la que dejarse masajear y querer sin expectativas de futuro en común;   un trabajo al que tener que dedicar muchas horas para no tener tiempo de pensar y una misión prohibida para estar pendiente de todo por lo que pudiera pasar.

          

      No sabía cuando acabaría todo aquello, cuando podría volver a su casa para abrazar a sus padres y hacer una vida normal.    En parte, si no fuera por la cuestión familiar, no le importaría seguir trabajando en ese bar y viviendo con esas dos extraordinarias compañeras de piso;   Tampoco le extrañaría el terminar siendo amiga de verdad de Edurne, le daría lo mismo el verse a escondidas con Roberto y porqué no, cenar alguna vez de cuando en cuando con Agustín.

    Tenía que hablar con él para decirle que iba a bajar a ver a sus padres quisiese o no, y que de no ser así, no contase más con ella.  Esa noche acudía con gesto tristón a la cena, por lo que creía iba a ser su respuesta de Agustín, por lo que cuando le dijo que no había problema, se levantó de la silla y le plantó dos besos acompañados de un abrazo sincero. 

Señor.-  pero ten en cuenta que no puedes desvelar nada de lo que haces a nadie

Soledad.- no se preocupe, el problema es que no sé cómo voy a justificar ante mis padres la mentira de mi lugar de residencia

Señor.- eso déjalo de mi mano

  --Sacó el móvil y le hizo unas fotografías de frente y en sus distintos perfiles.

Señor.- en unos días te dejaré un sobre en el apartado de correos y verás que sorpresa más bonita

Soledad.- pero que vas a hacer

Señor.- te acabo de decir que es una sorpresa

Soledad.- por cierto se sabe algo de Antón. Es por saber cuál puede ser mi destino

Señor.- por desgracia dentro de poco saldrá la noticia; un suicidio

Soledad.- ¿está muerto?

Señor.- esto no puede salir de aquí, mis fuentes aún no tienen confirmación pero todo apunta a una venganza interna

Soledad.- ¿pero el comando?

Señor.- no, sus propios compañeros

Soledad.- que hijos de p…..

Señor.- tú y yo, al menos no tenemos enemigos en el cuerpo, muchas veces me alegro de no existir

Soledad.- pero…  y por qué

Señor.-  no hay un porqué, simplemente no se dejó corromper como otros

Soledad.- me perecía un tipo majo

Señor.- descubrió demasiada mierda.  Pero le confió el producto de sus investigaciones a la persona equivocada

Soledad.- ¿y por eso?...

Señor.- es mejor dejar esta conversación aquí.  Nuca confíes en nadie, ni si quiera en mí, y menos cosas que no se deben saber

     Que complicadas eran las cosas; pensar que la vida no vale nada porque te la puede arrebatar tu propia gente.

          Esa noche camino a casa, las emociones se le solapaban pensando en que pronto vería a sus padres y en que se tenía que dar prisa en vivir, antes de seguir el camino de Antón.

 

 Cada tarde, se acercaba hasta correos a mirar en el buzón, esperando ver esa sorpresa prometida, pero nada había; hasta que una tarde por fin abrió la puertezuela y estaba allí, un sobre que pesaba bastante.  Nada más cogerlo, no pudo esperar a abrirlo.

    Eran muchas, muchas fotografías y en todas salía ella en distintos sitios, con muchos compañeros, vestida de uniforme y junto a vehículos militares y barracones de la ONU y Cruz Roja.     Un montaje perfecto en el que era imposible percatarse de su falsedad.   Junto a ellas, una lista con los lugares en donde estaban tomadas las fotos originales, para que ella pudiese hacer una ruta de los sitios donde había estado.

 

          El viaje en autobús le dio tiempo para ir pensando; en realidad en el tiempo que estuvo estudiando fuera de casa nunca había hecho nada diferente. Fue la hija modelo que sus padres querían, estudiando toda la semana y los fines de semana en casa sin salir apenas.  Ni siquiera fue al viaje de final de curso.    Miraba a su pasado y se daba cuenta de todo lo que había dejado de hacer.   En estos meses había aprendido a salir, vulnerar ciertas normas, y luchar por aquello que le faltaba y que algún día encontraría cuando acabase aquello:   La propia libertad ante ella misma.

      Que sensación, que emoción el volver a abrazar a sus padres, el dormir en aquella habitación con la ventana al este por donde entraba el sol a primera hora en cada amanecer, saborear la comida que su madre hacía con paciencia a fuego lento,  y luego mientras el lavaplatos hacía su función, mirar como su padre y su madre se sentaban en los cómodos sillones frente al televisor a ver la novela, esa que nunca acababan de ver, pues se quedaban dormidos.

    Sus padres estaban orgullosos de ella y tras esos quince días, volvería a dejar de ser ella y seguiría siendo nadie.  Aunque en realidad siempre seguiría siendo ella misma en distintas circunstancias.

      Cuando volvió de vacaciones su rutina ya no sería la misma, Andrea se había ido del piso, se había vuelto a casa de sus padres.  El cuerpo de Antón había aparecido en un pantano, bajo el agua; no parecía haber signos de violencia y todo parecía tratarse de un suicidio.    Nada peor que no encontrar respuestas para ciertas preguntas que se resumen en un porqué.

    A Chus la invadía la tristeza de perder a su compañera de tantos años y aunque le resultase costoso, prefería que por el momento nadie ocupase aquel cuarto; ya se apañarían para pagar el alquiler a fin de mes, aunque fuera recortando las salidas de los sábados noche.

      El bar, Luisa, y los clientes seguían bien, por lo menos algo parecía seguir tal y como quedó a su partida.  Pero cuando llegó el miércoles noche y volvió a entrar en aquel apartamento, volvió a percibir aquel perfume extraño, estaba muy disipado, como si solo fuera un resto de hacía ya varios días. Nadie tenía que darle explicaciones, pero de todas formas se las pidió a Roberto.

Soledad.- no te quiero poner en un aprieto, pero ¿Quién usa este perfume tan raro?

Roberto.- ¿Qué perfume?

Soledad.- ¿no lo hueles?

Roberto.- pues no, pero puede ser de la mujer que viene a limpiar, que yo sepa, no entra aquí nadie más

 

             --El jueves volvió a parecer la pelirroja por el bar—

Edurne.- menos mal, estas dos semanas nos ha costado quedar en un lugar con discreción

Soledad.- necesitaba estar dos semanas lejos de aquí

Edurne.- yo también lo necesito

Soledad.- y que tal lleváis el espionaje, ja, ja, ja,

Edurne.- bien, la  operación tres estrellas sigue adelante

Soledad.- ya me enteré de lo de Antón

Edurne.- hijos de puta, la verdad es que se lo merecía, pero los nuestros no han sido; eso es cosa de ellos mismos, son capaces de apuñalarse por la espalda

Soledad.- pero por qué dices que se lo merecía

Edurne.- resulta que ahora sabemos que era un policía infiltrado en nuestro grupo, su misión era desbaratar cualquier cosa antes de que se produjera, pero también sé, que nunca nos habría traicionado, ni hubiese dejado que nos pasase nada

Soledad.-  dicen que se suicidó

Edurne.- y una mierda, no dejaron que vieran el cuerpo ni sus padres

Soledad.- eso es lo que han dicho

Edurne.- entre las moscas, se reparten la mierda.  No es justo

Soledad.- ¿lo apreciabas mucho?

Edurne.- para mí era como un hermano mayor

Soledad.- siento lo que ha pasado

Edurne.- algún día te contaré algo, pero no te va a gustar

 



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