A partir de ese día, tendría mucho más
cuidado cuando fuera a reunirse con Roberto.
Que
nadie la viese salir con la moto ni entrar en el garaje, seguro que era uno de
los que estaban vigilando, o tal vez solo era una cosa personal que llevaba
Edurne clavada.
Cuando
se veían, Soledad le preguntaba sobre cosas de su trabajo antes de jubilarse a
modo de curiosidad y él le contaba que el trabajo de funcionario, casi siempre
es el mismo y que cuando le dieron la oportunidad de jubilarse, no se lo pensó
dos veces, ya estaba harto de papeles llenos de monotonía.
Había recorrido muchas partes del país en
distintos departamentos y cuando recaló en esa ciudad tranquila, pensó que era
el mejor sitio para quedarse con su mujer.
No habían tenido hijos y su matrimonio se
reducía últimamente a las tardes en el
bar y después de cenar, ella a jugar al bingo con sus amigas y él a tomar copas
en cualquier garito de moda.
Una de aquellas noches de miércoles,
Soledad al entrar en el apartamento notó un olor distinto y no era el
ambientador; pero bueno, eso era un problema de él, en lo que ella no quería
meterse. Lo suyo era un juego y esa era
la mejor manera de tener claro el sitio de cada uno y las pretensiones de cada
cual.
La vida le había dado la oportunidad de ser
libre, de volar sobre dos ruedas, de tener un amante sin ningún compromiso y
una amiga de la que dejarse masajear y querer sin expectativas de futuro en
común; un trabajo al que tener que
dedicar muchas horas para no tener tiempo de pensar y una misión prohibida para
estar pendiente de todo por lo que pudiera pasar.
No sabía cuando acabaría todo aquello,
cuando podría volver a su casa para abrazar a sus padres y hacer una vida
normal. En parte, si no fuera por la cuestión
familiar, no le importaría seguir trabajando en ese bar y viviendo con esas dos
extraordinarias compañeras de piso; Tampoco le extrañaría el terminar siendo amiga
de verdad de Edurne, le daría lo mismo el verse a escondidas con Roberto y
porqué no, cenar alguna vez de cuando en cuando con Agustín.
Tenía que hablar con él para decirle que
iba a bajar a ver a sus padres quisiese o no, y que de no ser así, no contase
más con ella. Esa noche acudía con gesto
tristón a la cena, por lo que creía iba a ser su respuesta de Agustín, por lo que
cuando le dijo que no había problema, se levantó de la silla y le plantó dos
besos acompañados de un abrazo sincero.
Señor.- pero ten
en cuenta que no puedes desvelar nada de lo que haces a nadie
Soledad.- no se preocupe, el problema es que no sé cómo voy
a justificar ante mis padres la mentira de mi lugar de residencia
Señor.- eso déjalo de mi mano
--Sacó el móvil y le hizo unas fotografías de
frente y en sus distintos perfiles.
Señor.- en unos días te dejaré un sobre en el apartado de
correos y verás que sorpresa más bonita
Soledad.- pero que vas a hacer
Señor.- te acabo de decir que es una sorpresa
Soledad.- por cierto se sabe algo de Antón. Es por saber
cuál puede ser mi destino
Señor.- por desgracia dentro de poco saldrá la noticia;
un suicidio
Soledad.- ¿está muerto?
Señor.- esto no puede salir de aquí, mis fuentes aún no
tienen confirmación pero todo apunta a una venganza interna
Soledad.- ¿pero el comando?
Señor.- no, sus propios compañeros
Soledad.- que hijos de p…..
Señor.- tú y yo, al menos no tenemos enemigos en el
cuerpo, muchas veces me alegro de no existir
Soledad.- pero… y
por qué
Señor.- no hay un
porqué, simplemente no se dejó corromper como otros
Soledad.- me perecía un tipo majo
Señor.- descubrió demasiada mierda. Pero le confió el producto de sus
investigaciones a la persona equivocada
Soledad.- ¿y por eso?...
Señor.- es mejor dejar esta conversación aquí. Nuca confíes en nadie, ni si quiera en mí, y
menos cosas que no se deben saber
Que complicadas eran las cosas; pensar que
la vida no vale nada porque te la puede arrebatar tu propia gente.
Esa noche camino a casa, las
emociones se le solapaban pensando en que pronto vería a sus padres y en que se
tenía que dar prisa en vivir, antes de seguir el camino de Antón.
Cada tarde, se acercaba hasta correos a mirar
en el buzón, esperando ver esa sorpresa prometida, pero nada había; hasta que
una tarde por fin abrió la puertezuela y estaba allí, un sobre que pesaba
bastante. Nada más cogerlo, no pudo
esperar a abrirlo.
Eran muchas, muchas fotografías y en todas
salía ella en distintos sitios, con muchos compañeros, vestida de uniforme y
junto a vehículos militares y barracones de la ONU y Cruz Roja. Un montaje perfecto en el que era
imposible percatarse de su falsedad.
Junto a ellas, una lista con los lugares en donde estaban tomadas las
fotos originales, para que ella pudiese hacer una ruta de los sitios donde
había estado.
El viaje en autobús le dio tiempo para ir
pensando; en realidad en el tiempo que estuvo estudiando fuera de casa nunca
había hecho nada diferente. Fue la hija modelo que sus padres querían, estudiando
toda la semana y los fines de semana en casa sin salir apenas. Ni siquiera fue al viaje de final de
curso. Miraba a su pasado y se daba cuenta de todo
lo que había dejado de hacer. En estos
meses había aprendido a salir, vulnerar ciertas normas, y luchar por aquello
que le faltaba y que algún día encontraría cuando acabase aquello: La propia
libertad ante ella misma.
Que sensación, que emoción el volver a
abrazar a sus padres, el dormir en aquella habitación con la ventana al este
por donde entraba el sol a primera hora en cada amanecer, saborear la comida
que su madre hacía con paciencia a fuego lento,
y luego mientras el lavaplatos hacía su función, mirar como su padre y
su madre se sentaban en los cómodos sillones frente al televisor a ver la
novela, esa que nunca acababan de ver, pues se quedaban dormidos.
Sus padres estaban orgullosos de ella y
tras esos quince días, volvería a dejar de ser ella y seguiría siendo nadie. Aunque en realidad siempre seguiría siendo
ella misma en distintas circunstancias.
Cuando volvió de vacaciones su rutina ya
no sería la misma, Andrea se había ido del piso, se había vuelto a casa de sus
padres. El cuerpo de Antón había
aparecido en un pantano, bajo el agua; no parecía haber signos de violencia y
todo parecía tratarse de un suicidio. Nada peor que no encontrar respuestas para
ciertas preguntas que se resumen en un porqué.
A Chus la invadía la tristeza de perder a
su compañera de tantos años y aunque le resultase costoso, prefería que por el
momento nadie ocupase aquel cuarto; ya se apañarían para pagar el alquiler a
fin de mes, aunque fuera recortando las salidas de los sábados noche.
El bar, Luisa, y los clientes seguían
bien, por lo menos algo parecía seguir tal y como quedó a su partida. Pero cuando llegó el miércoles noche y volvió
a entrar en aquel apartamento, volvió a percibir aquel perfume extraño, estaba
muy disipado, como si solo fuera un resto de hacía ya varios días. Nadie tenía
que darle explicaciones, pero de todas formas se las pidió a Roberto.
Soledad.- no te quiero poner en un aprieto, pero ¿Quién usa
este perfume tan raro?
Roberto.- ¿Qué perfume?
Soledad.- ¿no lo hueles?
Roberto.- pues no, pero puede ser de la mujer que viene a
limpiar, que yo sepa, no entra aquí nadie más
--El jueves volvió a parecer la
pelirroja por el bar—
Edurne.- menos mal, estas dos semanas nos ha costado
quedar en un lugar con discreción
Soledad.- necesitaba estar dos semanas lejos de aquí
Edurne.- yo también lo necesito
Soledad.- y que tal lleváis el espionaje, ja, ja, ja,
Edurne.- bien, la
operación tres estrellas sigue adelante
Soledad.- ya me enteré de lo de Antón
Edurne.- hijos de puta, la verdad es que se lo merecía,
pero los nuestros no han sido; eso es cosa de ellos mismos, son capaces de
apuñalarse por la espalda
Soledad.- pero por qué dices que se lo merecía
Edurne.- resulta que ahora sabemos que era un policía
infiltrado en nuestro grupo, su misión era desbaratar cualquier cosa antes de
que se produjera, pero también sé, que nunca nos habría traicionado, ni hubiese
dejado que nos pasase nada
Soledad.- dicen que
se suicidó
Edurne.- y una mierda, no dejaron que vieran el cuerpo ni
sus padres
Soledad.- eso es lo que han dicho
Edurne.- entre las moscas, se reparten la mierda. No es justo
Soledad.- ¿lo apreciabas mucho?
Edurne.- para mí era como un hermano mayor
Soledad.- siento lo que ha pasado
Edurne.- algún día te contaré algo, pero no te va a gustar

Muy interesante. Gracias por estas lecturas matutinas. Besos, maese.
ResponderEliminarGraciñas por leer
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