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viernes, 15 de noviembre de 2024

El Resurgir - Cap.- 10

 

"Ver con los ojos cerrados" 10

 

      El domingo, después de comer y recoger, le propuso a Roberto el ir a tomar algo, a lo cual accedió gustosamente.

       Llamó a su esposa y le dijo que la esperaban en la puerta del comedor y así ya iban los tres hasta el bar.

     Uno por uno, los jovenzuelos fueron despidiéndose entre abrazos, y una vez los dos solos, Roberto cerró los portones con llave.   Por la esquina aparecía Verónica toda elegante, como un pincel que se dice;    ellos, bueno, para un café y poco más.

 

Roberto.- perdona esta indumentaria, pero salimos de donde salimos

Verónica.- vaya dos, hoy de segundo habéis tenido croquetas o algo parecido

Manuel.- mira, mi mujer es adivina

Verónica.- ¿adivina? Oléis a fritanga que tira “pa’tras”

Roberto.- no se qué querrá que se ha empeñado en que vayamos a tomar algo
verónica.- ¿pero no os ha dicho nada?

Manuel.- aún no hay nada fijo

Roberto.- a ver qué estás preparando, que te temo

 

  Se dirigieron hasta un lugar cercano donde tomar algo y comentar a Roberto aquello que pudiera ser o no, y que hasta el lunes estaba en el aire.

          Roberto permanecía callado, mirando como en sus gestos de complicidad iban entrelazando frases, que explicaban lo anteriormente hablado entre ellos y guardado en secreto al resto del mundo.  

 Cuando terminaron de soltar la perorata, los dos callaron esperando la opinión de Roberto.

Roberto.- qué me miráis a mí

Verónica.- que qué te parece

     Roberto permanecía callado y quieto, esperando no se sabe bien qué.

Manuel.- ¿Pero no nos has oído? ¿No tienes nada que decir?

Roberto.- y qué queréis que diga, si ya lo habéis dicho vosotros todo

Verónica.- que tú qué opinas

Roberto.- pues opino que no estáis bien de la cabeza

Manuel.- y eso por qué

Roberto.- si vas a ganar más, me parece bien; si vas a atender mejor a la gente y con ello les vas a facilitar su deambular por la burocracia, estupendo;   si uno, dos, tres días, o toda la semana, tienes la opción de salir un poco antes, mejor, pero...

Verónica.- cuidado que ahora viene el pero

Roberto.- pues sí; tu atención va a ser un beneficio para los clientes, está claro, pero la subida de sueldo y el tiempo que el trabajo te deje libre, debe ser para los tuyos, dedicado a tu familia.    Piensa que así todos los días, podéis comer más tranquilamente con los chicos, y esos pocos momentos compartidos, tratar cuestiones de las que se van dejando pasar y al final nunca se habla de ellas; esas a las que no damos ninguna importancia, pero que son las que más nos ayudan a conocer a nuestro entorno y a veces incluso a nosotros mismos.

Verónica.-  Mira que me esperaba yo esta reflexión

Manuel.- entonces ¿no te alegra que pueda ir un par de días a echar una mano  a servir y a recoger?

Roberto.-  pero vamos a ver ceporro ¿cuántas horas hablas con tus hijos a la semana?  Entre las horas que están fuera de casa por estudios, esas tardes que pasan con sus amistades y los ratos que les quitan las redes sociales ¿qué os queda para que hablen con vosotros?

Manuel.- pues te has colado; desde un tiempo a esta parte y espero que dure,  cuando nos sentamos a cenar, los móviles están boca abajo y en silencio.

Roberto.- no me lo creo

Verónica.- que sí, que es verdad, y la otra noche después de acostados, nos levantamos los cuatro y estuvimos de parleta hasta las tantas

Roberto.- pues me dais una gran alegría, eso no es lo normal

Manuel.- pues eso, es gracias a vosotros y a lo que me enseñáis cada día

Verónica.- no Manuel; es gracias a que tú te has decidido a hablar con nosotros y nos has dejado dudas, de las que queremos saber la respuesta

Manuel.- ¿pero si no los hubiese encontrado?

Verónica.- pues seguirías tomando pastillas que te tenían todo el día atontado y yendo cada poco a la consulta de quien te intentaba ayudar

Roberto.- y que te quede claro, que los que más te han intentado ayudar a sido tu familia

Verónica.- tal vez todo radica en que no hemos sabido

Roberto.- tal vez todo radica en que tampoco se ha dejado, es difícil hablar con una pared, porque las piedras no hablan.  Y yo sé de lo que estoy hablando

Manuel.- sabes qué, eso me es igual; yo solo sé que gracias a vosotros y sobre todo en especial a Julia, me he dado cuenta de que se puede ver con los ojos cerrados y algún día lo conseguiré

Verónica.- y yo, y yo, que también estoy practicando

Roberto.- estáis locos de atar

Manuel.- eso dice mi hijo. Que al final nos encierran a todos

Roberto.- Pues cuidado, no vaya a tener razón

Manuel.- entonces ¿te parece bien que vaya un par de días de diario a echar una mano?

Roberto.- a mí no me parece mal ¿pero a ella?

Verónica.- hacía tanto tiempo que no lo veía así, que me parece bien todo lo que quiera hacer

Roberto.- vamos a hacer una cosa: Cuando hables con el jefe y si este te permite salir varios días a las dos, nos los repartimos; la mitad comes con nosotros y la otra mitad con ella y tus hijos

Verónica.- mira me gusta esa idea
Manuel.- me parece bien

Roberto.- pues ya me contarás, y me voy que se me hace tarde

Verónica.- con quién habrás quedado

Roberto.- con nadie en especial

Verónica.- esa sonrisa… Anda tira

Manuel.- nosotros iremos a dar una vuelta

Verónica.- donde vamos a ir, es a casa a cambiarte ¿no pensarás estar toda la tarde con esta ropa y ese olor?

Roberto.- la que manda, manda

Manuel.- como lo sabes
Verónica.- tira, que te está esperando la ducha

Roberto.- bueno pareja, otro día nos vemos con un olor más agradable

 

          Llegando a casa estaba empezando a llover.    Manuel fue directo a la ducha y Verónica se quitó los tacones y se acomodó en el sofá.

 

 Manuel.- qué me pongo, el jersey de cuadros o la chaqueta gris

Verónica.- ponte lo que quieras, yo me voy a poner el pijama

Manuel.- ¿no quieres salir?

Verónica.- estoy viendo por la ventana que se ha puesto a llover y además se está levantado aire

Manuel.- pues me planto el pijama yo también y mientras te cambias, preparo algo para merendar

Verónica.- haz unas “tostas” con lo que encuentres por el frigorífico

 

               Sobre la mesa baja del comedor (despojada de los cojines en los que normalmente les gustaba poner los gemelos de sus piernas) dos copas de vino esperaban para brindar por el hoy y el mañana;   las rebanadas de pan recién tostadas, untadas con queso de cabra cubierto con salmón ahumado invitaban a ser mordisqueadas con tranquilidad, mientras el televisor encendido con el sonido al mínimo, proporcionaba una iluminación romántica a falta de velas.
        Según el estómago iba haciendo su función digestiva, sus cabezas se iban inclinando hacía el brazo del sofá más cercano, llevándose por propia inercia sus cuerpos hasta quedar recostados.   Un placentero sueño los envolvió y en él permanecieron hasta la llegada de los niños, que como no podía ser de otra manera, entraban voceando y discutiendo por cualquier tontería en la que no terminaban de ponerse de acuerdo.

    A ellos ya no les apetecía cenar, la merienda les había quitado el hambre, pero haciendo un esfuerzo hicieron unas totillas francesas acompañadas con unas rodajas de tomate y se sentaron a la mesa con esos dos cafres que en la absurda discusión, ninguno daba su brazo a torcer.  

      En realidad tampoco terminaron de saber quién tenía la razón, pues ni ellos sabían por qué estaban discutiendo, la cuestión era reñir por algo, aunque solo fuera por costumbre.

 

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