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viernes, 31 de enero de 2025

Excéntricos


 

         En un manicomio ingresaron a tres artistas a causa de su chifladura.

 Les aplicaron un tratamiento para borrarles todo lo que antes habían conocido y los indujeron a expresar toda la verdad de lo que pensaban durante las 24 horas.

       En su cuarto le dejaron a cada uno algo con lo que expresarse a forma de diario;  objetos que nada tenían que ver con lo vivido anteriormente, para poder evitar así cualquier resquicio o neurona distraída del exterior:   Un cuaderno junto a un bolígrafo, un blog de dibujo con una caja de pinturas de colores y un papel pautado sobre las teclas de un organillo.

   Todos días a media mañana y después a  la noche antes de que se acostasen, el director pasaba a visitarlos y así apreciar el progreso de expresión en cada descripción de sus actos, pensamientos y sueños.

Al principio tan solo encontraba: cuatro letras, dos trazos descolocados y unas notas sin armonía alguna. 

         Poco a poco su habilidad en la escritura, dibujo y musicalidad, fue dando forma a sus pensamientos cada vez más explícitos.  La lokura se iba plasmando día a día con claridad, mostrando no solo lo que pensaban, sino también sus inquietudes más enrevesadas, añoranzas y sueños irrefrenables de vuelos por el infinito.

La irrefrenable inducción a decir la verdad era más fuerte que su deseo de ocultar los sentimientos que albergaba su mente, y así es como fueron pasando de ser lokos a convertirse en genios.

      El escritor un día, comenzó a escribir con metáforas que irónicamente describían un cuadro o una melodía, formando un arco iris con sus lágrimas y fríos unicornios hundidos en el fango emulando su sonrisa.

    El dibujante, giró hacia las representaciones abstractas donde los colores y líneas reflejaban puertas de acceso imposibles de abrir a cualquier mortal que no tuviera la cordura iluminada por la ignorancia que abraza la falta de años o el desvarío de la ancianidad.

     Pero el músico, seguía expresando con claridad cada sentimiento, cada matiz de sus sueños.  Fue cambiando de compas, de clave, introduciendo alteraciones propias e impropias, incluso disonancias;  no lograba disimular su “yo”  profundo.     Hasta que un día, cuando su digitación alcanzaba el virtuosismo, comenzó por fin a interpretar una partitura con fusas y semifusas en puntos concretos.
      Sin ocultar su verdad, todos verían mover sus dedos como pasos en la carrera, pero nadie en su sano juicio sería capar de apreciar las huellas superficiales que en cada pulsación dejaba por el camino.

 

Cada cual que piense lo que quiera.

No tenía otra cosa que hacer.

C.a.r.l. (España)

 


jueves, 30 de enero de 2025

Canción callada

 


Como pretender pensar en voz alta, sin distraer el sueño de quien duerme a mi lado.   Como dibujar letras y notas en la oscuridad para recordarlas al despertar.   Como no dejar escapar por la rendija de la ventana la hipotética belleza de unas rimas surgidas de inquietudes del momento.

El lápiz mudo, se apoya en un cuaderno de papel pautado esperando a plasmar la suave melodía silenciosa,  el discurrir de los primeros compases de esa metáfora suspirada que habla de amor.

Boceto como tantos otros,  irremediablemente quedará suspendido en la brisa, para deleite de pies descalzos, manos de cera y labios que lanzan mariposas a las mejillas sonrosadas y dormidas.

Blanco el  papel quedará dormido junto al lápiz de ojos cerrados, y otra noche mágica se perderá  junto a las blancas alas que vinieron desde allí, la estrella que más brilla, la estrella donde están aquellos a los que canto.

 

C.a.r.l. (España)






martes, 28 de enero de 2025

Tres estrellas - Cap.-07


      Cuando llegó a casa, dejó el paquete en la habitación antes de ir a la cocina a ver que estaban haciendo de cena.   Olía muy rico, seguro que estaba cocinando Andrea, que tenía una mano especial.  Cuando cocinaban Chus o ella, era noche de tortilla francesa o embutido; sus conocimientos culinarios no daban para más.

  Estaba nerviosa; algo le decía que en aquella caja encontraría una sorpresa agradable, por lo que nada más cenar dijo que estaba muy cansada y se iba a dormir.

 

Chus.- donde andarías anoche de pingo, que estás cansada

Andrea.- mira que es mala, sale todos los miércoles y nunca cuenta nada

Chus.- tendrá algún amor escondido

Soledad.- sí, sí, qué más quisiera yo

Andrea.- oye y no suelta prenda la tía

Soledad.- ya os he dicho mil veces que me voy a pasear yo sola y que ese momento es solo mío

Andrea.- anda, mala amiga, que esta noche dejas también sola a Chus viendo la tele

Soledad.- pues quédate tú con ella

Andrea.- ya me quedé anoche y no se puede ver nada con ella; entre los llantos y que no calla, ver una película con esta es un suplicio

Chus.- tranquilas, que al pan vendréis

Soledad.- vale, me voy un rato a mi cuarto mientras recoges y salgo a ver una peli contigo

Andrea.- que maja es la Sole.  Esta noche masaje

Chus.- cállate envidiosa

Andrea.- yo me voy a dormir, a mí no me pilláis entre vuestras manos, que parecéis pulpos

   

      Andrea se fue a su cuarto a dormir, era la que más madrugaba y Chus se puso a recoger la cocina y fregar todo.  Desde luego que Andrea cocinaba muy bien, pero manchaba un montón de cacharros para cuatro mangadas que hacía, por lo que estaba el fregadero lleno.

     Soledad ya en su habitación, abrió el paquete que le tenía intrigada.   Dentro una nota y varias prendas de cuero.   Abajo había unas cajas más pequeñas.  Dentro de ellas un casco y unas botas.     Sobre la cama, una cazadora, unos pantalones y unos guantes, por lo que se dispuso a leer la nota.

      Que sorpresa, era un regalo de Roberto; pegada con celofán, iba una llave con la que arrancar la moto que estaba en una plaza de garaje cerrada cerca de su casa, para que en sus encuentros, nadie la pudiese reconocer.

     En un momento, ella en su mente se imaginó como hacerlo.  Bajaría a la plaza de garaje, allí se cambiaría de ropa y saldría con la moto, llegaría luego al garaje del apartamento y subiría en el ascensor.  Luego a las tres horas el camino inverso.

 

Chus.- vas a salir de una vez o te has dormido

Soledad.- ya voy, estaba colocando unas cosas

Chus.- vamos tardona, que como me hagas entrar a buscarte…

Soledad.-  que ya voy, vete escogiendo la peli

      Una noche como tantas otras de masaje, película y al final quedarse dormidas en el sofá.

 

       Por la mañana, aprovechó que Andrea y Chus ya se habían ido al trabajo, para bajar al garaje que estaba justo a dos portales y dejar allí el traje, las botas y el casco.

   La plaza era amplia (como para un coche grande) allí pondría en la pared un perchero y un armario pequeño.  La moto era preciosa, tal vez demasiado grande para ella, pero en un par de noches ya la tendría dominada.     Ahora tenía que irse a trabajar; iba más contenta que unas castañuelas canturreando acera adelante.     Con aquella moto y la vestimenta, solo le faltaba pedirle un arma al tal “Agustín” y ser una agente secreta de esas que salen en las películas.

 

         Ese viernes el primero que llegó por sorpresa fue el “barbas”.  Ya lo consideraban un cliente más y Luisa siempre le vacilaba con ponerle un café con tres estrellas; Él se reía y le seguía el juego, además se encontraba allí muy a gusto y siempre pedía un par de consumiciones antes de marchar.

        A media tarde llegaba el “gafitas”.  Luisa aprovechaba ese momento para meterse a la cocina para dejarlos solos a los dos.  Este era más sosainas, tomaba lo que pidiera ese día, hablaban un rato y se marchaba.

 

 Luisa.- ¿ya marchó?

Soledad.- sí, hace un momento

Luisa.- mira que es soso, con lo majo que es

Soledad.- cada uno es como es

Luisa.- pues dile tú algo

Soledad.- bueno sí, pues solo faltaría eso

Luisa.- que es muy majo y te mira con ojitos

Soledad.- que tenga cuidado no le ponga uno morado

Luisa.- con ese genio, no te casamos

Soledad.- ni con el genio, ni con la lámpara
Luisa.- si me pilla a mí con tu edad, ya te lo iba a contar yo

Soledad.- ja, ja, ja, ahora es tarde señora

Luisa.- pues sí, una pena

 

          Llegaban los de todos los días a ocupar la barra, el par de matrimonios en sus respectivas mesas de cada tarde, los jóvenes que se les notaba que hasta el lunes, no volvían al trabajo, preparando para el fin de semana algún viaje a cualquier sitio donde hubiera fiesta.

 

Luisa.- que envidia, yo me pasé tantos años sin cerrar ni un día, que nunca fui a ningún sitio

Joven.- pues vente este fin de semana, que vamos a un concierto

Luisa.- bueno sí, mira a ver si te quieres llevar a esta, que yo ya estoy para conciertos

Joven.- esta pasa de nosotros, anímate y te vienes tú, que te cuidamos

Luisa.- hay que limpiar

Soledad.- vamos valiente, que yo me encargo de hacer todo

Luisa.- anda, anda, por qué no vas tú

Soledad.- a mí no me han invitado

Joven.- date por invitada ahora mismo

Soledad.- sí, ahora que te ha dado calabazas la jefa, me invitas a mí

Joven.- mira que eres arisca Sole

Soledad.- yo no soy segundo plato de nadie

Luisa.- es arisca y tonta, ya ves, segundo plato

Joven.- nada que ya se ve, que ni la una, ni la otra

          El grupo de los vinos marchó y al rato los matrimonios, pero los jóvenes no parecían tener prisa ese día.

Luisa.- vamos que hay que cenar

Joven.- pon otras cañas

Luisa.- que no, que tengo que ir a cenar

Soledad.- una ronda de cubatas y me quedo yo a cerrar un poco más tarde

Joven.- ¿cubatas antes de cenar?

Luisa.- pues desfilando, que me esperan para salir

Joven.- para otro día, te cojo la palabra Sole

Soledad.- de acuerdo, cuando queráis, pero ahora, cada mochuelo a su olivo

       Cuando cerraron, Soledad llamó a las compañeras para decirles que iba a cenar con Luisa y que cuando acabasen la cena se iba para casa, que Luisa luego, se iba al bingo con las amigas y a ella no le gustaba eso.

     No podía contener las ansias de enfundarse en aquel traje y sentir la moto entre sus piernas.   En el garaje se enfundó el pantalón, las botas, la cazadora y los guantes; arrancó la moto y antes de salir por la puerta se puso el casco.

    Allí dentro, se sentía una mujer nueva, dio un par de acelerones y se sintió poderosa al tiempo que le vibraba todo el cuerpo.   Solo un par de vueltas a la manzana para dominar el embrague y encaminarse a la carretera, para sentir la velocidad en su cara con la visera del casco levantada.

   Cuando llegó a casa estaban las dos en el sofá esperando.

Chus.- que tal la cena

Soledad.- bien, un poco aburrida

Andrea.- ven que acabamos de poner la peli

Soledad.- voy a prepararme un vaso de leche con galletas  

Chus.- ¿pero no has cenado?

Soledad.- sí pero poco, eso del  tartar  y esas cosas no me gustan mucho

Andrea.- a mí las cosas crudas, tampoco me hacen mucho tilín

Chus.- han quedado un par de montaditos de jamón y queso y seguro que aún no están muy fríos

Andrea.- pues están buenísimos

Soledad.- pues mira, sí que me apetecen

Andrea.- tráetelos aquí y trae de paso algo de picotear, unas copas y coges la botella de diamante que hay en la nevera

Chus.- buena idea

 

 


sábado, 25 de enero de 2025

Tres estrellas - Cap.-06


        Soledad se levanto y metió los pies en sus zapatillas; algo le molestaba y miró a ver que era.   

.- ¿Quién me habrá metido este papel aquí?

     --- (bajo el tiesto, a la derecha de la puerta del bar, antes de las cinco) —

    Soledad no entendía nada, cogió el papel y lo dejó encima de la mesita;  cuando entró al servicio miro el reloj (era demasiado pronto) la mejor manera de aprovechar la mañana del domingo, era dejarse abrazar un rato más, por las sábanas calentitas.

     --Al rato en el pasillo retumbaba la voz de Chus.

Chus.- vamos, a desayunar, que están a punto de tocar a misa

Andrea.- que pesada, todos los domingos la misma canción

Soledad.- pero podéis dejar de dar voces

Chus.- al infierno que vais a ir las dos

Andrea.- deja de dar la tabarra

Chus.- si lo digo por si queréis venir vosotras

Soledad.- prepara una tostada para mí, que ya me despertaste

Chus.- Andrea levanta que desayunamos juntas

Andrea.- venga, prepara para las tres, que ya voy

      En la mesa de la cocina, caras de sueño, ojos legañosos, bostezos contagiosos y estirar de brazos al techo.

Soledad.- buen día de caza, se estiran los galgos

Andrea.- que sueño, la noche del sábado al domingo, tenía que durar unas horas más de lo normal

Soledad.- pero si para ti, no amanece

Andrea.- lo peor es que si amanece y acostumbrada a levantarme pronto, cuando entra la luz, ya no se duerme igual, no es lo mismo

Chus.- eso se arregla rezando por la noche y yendo a misa la mañana del domingo

Andrea.- te estás poniendo pesada

Soledad.- mira que siempre la misma canción

Chus.- mujeres de poca fe; me voy a vestir, que se me hace tarde

Andrea.- a ver si es verdad y te callas de una vez

Soledad.-  yo, porque tengo que hacer la cama y recoger esta leonera, que si no…

Chus.- venga, anímate

Soledad.- tira tú, que yo tardo mucho y luego llegas tarde

Chus.- madre mía, tranquilas, ya rezo yo por vosotras

 

          Cada una se fue a recoger su habitación, pero lo primero ya de costumbre, era hacer la cama de Chus y dejarle la ropa doblada, así le pagaban esas peticiones de salud para las tres, que ella hacía siempre ante el altar, antes de salir de la iglesia.

    Soledad, volvió a ver ese papel sobre la mesita, y lo volvió a leer. Entonces por fin se dio cuenta; allí recogería el recado Antón cuando llegase el sábado, sin tener que llegar el día anterior.

 

    Los jueves por la tarde, pasaba siempre por el bar la pelirroja (ahora era ella la encargada de indicar nuevo sitio).    El viernes, se acercaban el gafitas y el barbas a recoger el recado y luego ella el sábado por la mañana después de limpiar, dejaba una nota en el tiesto para Antón.

     El que no aparecía desde hacía tiempo era el señor misterioso.  Cada semana cogía la llave de la taquilla, metía una nueva nota fechada y la volvía a poner en el lugar acordado, por si algún día le daba por venir a enterarse de algo.


   A primeros de mes, por fin apareció.  Cogió la llave, pero no volvió a dejar otra.

     Era una noche de miércoles.  Cuando soledad salió de trabajar, iría a cenar a casa antes de ir a reunirse con Roberto, pero...    Cuando dio la vuelta a la esquina, allí estaba el señor esperándola.

Señor.- buenas noches

Soledad.- joder que susto, pues te has librado de un puñetazo

Señor.- ¿tienes prisa?

Soledad.- pues mira, hoy precisamente sí

Señor.- solo será un momento. 

Soledad.- siempre tan inoportuno; por cierto aún no sé, tú o su graduación

Señor.- no te la podría decir, pues al igual que tú, no consto en ningún archivo, solo puedo decirte que ya llevo treinta años en la lucha “digamos antiterrorista”

Soledad.- entonces, estos cuatro son un comando

Señor.- creemos que sí y están coordinando una nueva operación

Soledad.- ¿otro atentado?

Señor.- eso aún no lo sabemos, por eso te escogí a ti y no me he equivocado, has batido un récord en contactar y conseguir su confianza.

Soledad.- todo ha sido fruto de la casualidad

Señor.- mira Soledad, la casualidad no existe ¿te importa si cenamos juntos en algún sitio que sea discreto?

Soledad.- es que hoy…

Señor.- por un día que no vayas a tu cita, no va a pasar nada

Soledad.- pero…

Señor.- yo también hago mi trabajo, pero tranquila, eso espero no sea relevante.

Soledad.- y dónde le parece que cenemos

Señor.- ve al restaurante “La Muralla”, allí hay una mesa reservada para dos a nombre de Agustín; yo llegaré al poco de llegar tú

     Soledad llamó a sus compañeras para que no la esperaran a cenar y se fue andando hasta el restaurante, que quedaba un poco alejado. (Aunque en esa ciudad, no había distancias demasiado largas)

 

    Se sentó en la mesa reservada mirando hacia la puerta para ver cuando entraba.

       De pronto algo le tocó en el hombro.  Su rostro era irreconocible con una perfecta caracterización.  Se sentó en la silla de enfrente y comenzó a mirar la carta.

Soledad.- ¿es que nada puede ser normal?

Señor.- mejor que nadie te pueda relacionar conmigo

Soledad.- pero al menos se llamará Agustín

Señor.- para ti sí

Soledad.- ya, me da igual como se llame

  La cena tampoco es que durase demasiado, ella tenía poco que explicar y él no estaba dispuesto a contestar demasiadas preguntas.  Le dio una copia de la llave que abría un apartado de correos, y él se quedó con otra, como nuevo sitio donde dejar y recibir los mensajes.

Señor.- si te das prisa, aún llegas a tu cita, pero hazme caso; acostúmbrate a variar los sitios donde quedas, aquel que quiera saber de tus costumbres, que al menos le cueste un trabajo, nunca se lo pongas sencillo a nadie, no seré yo el único que se interesa por tu paradero fuera del trabajo.

Soledad.- ¿nos veremos pronto?

Señor.- puede ser, pero no admito preguntas, es por tu seguridad

     Cada uno siguió su camino. 


         Esa noche seguía cargada de sorpresas.

   Al llegar a la discoteca, Roberto la esperaba sentado en una mesa con una botella de champán esperando a ser abierta.

Roberto.- siéntate y brindemos

Soledad.- vaya sorpresa

Roberto.- ¿ha pasado algo? Me pensaba que hoy ya no venías y me tocaba beberme la botella a mí solo

Soledad.- nada, una visita inesperada de un conocido

Roberto.- ¿y por qué no lo has traído?    

Soledad.- la noche del miércoles, solo es nuestra

Roberto.- y yo que me alegro

      Abrió la botella que aún estaba fresquita gracias al hielo de la cubitera, llenaron sus copas y se dispusieron a brindar.

Roberto.- por nosotros

Soledad.- Pero esto… ¿a qué se debe?

Roberto.- a que a partir de ahora, ya no hay ni chofer ni guardaespaldas, me he jubilado

Soledad.- y ahora qué

Roberto.- pues mi mujer, seguirá yendo al bingo con sus amigas y yo donde me dé la gana, sin quien me lleve y me traiga a todos lados

Soledad.- qué casualidad;  venía yo pensando en vernos en sitios diferentes, que aquí ya nos tienen muy vistos

Roberto.- hemos pensado lo mismo, estas son las llaves del apartamento que he alquilado; tiene garaje, para que nadie nos vea entrar ni salir

      Se sirvieron otra copa y volvieron a brindar.  En un llavero con la llave de la puerta del apartamento y el mando del garaje, estaba escrita la dirección, pero esa noche ya era muy tarde para ir a verlo.  Tenía que ser un momento especial y no eran suficientes unos minutos, por lo que esperarían el siguiente miércoles.

      

       El jueves por la tarde, llegaba un paquete al bar, a nombre se Soledad; era grande y pesaba bastante, al no tener remitente, prefirió no abrirlo hasta llegar a casa por si era algo demasiado privado.   Solo podía ser del señor enigmático que se hacía llamar  Agustín.

 

    Al rato, la pelirroja abría su ordenador, pedía el refresco de siempre y le indicaba un nuevo lugar de encuentro; ya no hacía falta ningún tipo de contraseña entre ellas.

  Se le veía una chica muy simpática, pero ya ves, las apariencias engañan. 

Soledad.- oye, y yo puedo ir algún día a la reunión

Pelirroja.- para qué, vives muy feliz así

Soledad.- eres muy maja, no te metas en jaleos

Pelirroja.- eso te digo, no te metas tú y cuidado con quien te juntas últimamente

Soledad.- a quien te refieres

Pelirroja.- a nadie, pero no es trigo limpio, algún día hablaremos; ahora me tengo que ir, antes de que lleguen otros clientes

 

     Desde luego, en esta ciudad todo era un enigma tras otro.  Bueno, poco a poco los iría descifrando y sería ella, quién tuviese guardados los ases en la manga a la hora de repartir los naipes en la partida.

 

 

 


 

 

 

 

 

 

jueves, 23 de enero de 2025

Batallas

 

    A lo largo de la vida, he librado muchas batallas.

 Muchas las perdí, alguna gané y varias sigo librándolas día a día.

 

      Nací desnudo, sin dientes, como cada hijo de vecino.

   Mi primera lección, lo primero que me enseñaron fue ponerme a llorar.

     La primera batalla fue aprender a sonreír y sobrevivir intentando borrar de la inexperta mente aquella primera y traumática lección.    Pero lo bien aprendido jamás se olvida y el llanto, me ha acompañado toda la vida.

     Las partidas del lenguaje que comenzaron con unos simples balbuceos fueron siendo ganadas para dar inicio a los primeros pasos.     Otra partida que lograr superar con las cartas a favor, camino de la independencia poco entendida.

     El juego para ganar a la ignorancia, en aquel colegio, frente aquellos libros de los que me aburrí demasiado pronto, batalla primordial perdida, y desde entonces ella me acompaña allá donde voy, recordándome a diario que solo yo tengo la culpa de llevarla en mi mochila.

 

     Batallas varias contra los miedos, las cuales se decía que debía afrontar con valentía;   era mentira, la única manera de vencerlos es conociéndolos e incluso llegar a admirarlos por sus virtudes, solo sabiendo su fortaleza se pueden averiguar sus puntos débiles; no para saber donde atacarlos en caso de necesidad, si no para adormecerlos un poco en momentos críticos después de estudiar el cuándo, por qué y cómo surgieron.

     

     Las batallas más largas, esas que por muchas veces que las pierdas o las creas ganadas, se revelan y siempre se repiten.    Las incesantes envestidas de los complejos que se siguen retroalimentando de ese temor a ti mismo, incomprensible, pero al que nunca llegas a dominar.

 

 Guerrillas en el amor, tantas jugadas y tantas perdidas, unas con coraza y otras a pecho descubierto, apuestas bajo la luna donde se juegan amores, que se deshacen como escarcha con los primeros rayos del sol.

(Incauto es el sentimiento del que sueña con un beso).

 

      En el momento más álgido y eufórico se lucha contra la hipocresía, la vanidad y el egocentrismo de los demás, sin mirarnos a nosotros mismos.

    Pidiendo solidaridad y empatía en cada frase, en cada verso, sin ni siquiera haber acudido al diccionario para analizar su significado.

 

   A cierta edad, solo nos queda el luchar por  imposibles, dar consejos para que los que vienen detrás no cometan los errores cometidos, pero que tontería, cada ser debe seguir su curso.

    Seguiremos viendo pasar el tiempo intentando ahora tropezar en alguna cosa para evitar la monotonía y así seguir pensando que mientras queden piedras en el camino, es que seguimos dando pasos aunque sean pocos, cortos y torpes.

 

    De nuestra última batalla, no merece mucho la pena preocuparse.  Esa está perdida de antemano.  Un rival demasiado desconocido por el miedo a conocerlo; ya ves como para hacerle frente.   Batalla en la que al final, por muchas que hayamos ganado, solo discurriremos sobre los hombros de la amistad y el amor, mientras el resto se entretendrán recogiendo las monedas, logros y miserias que hayamos guardado por el camino.


     Mientras tanto seguiremos batallando, pensando que esto que hacemos dejará al menos una simple reflexión, tal vez un pequeño recuerdo en aquel que un día llegue a encontrar casualmente nuestros papelorios y se digne a leerlos.


 

C.a.r.l. (España)




miércoles, 22 de enero de 2025

Tres estrellas - Cap.-05

 


  El martes por la tarde, una chica con el pelo corto y rojizo, se sentaba en una mesa a estudiar en el ordenador, mientras se tomaba un refresco.

Pelirroja.- ¿podrías venir un momento?

Soledad.- dime, que te apetece

Pelirroja.- ¿me podías dar la contraseña del wifi?

Soledad.- es sencilla: “LuisaBar”,  la ele y la be, en mayúsculas

Pelirroja.- la nuestra también es sencilla: “tres estrellas”

Soledad.- ¿perdona?

Pelirroja.- me envía Antón, ya sabes “tres, estrellas”

      --La chica se acabó el refresco, recogió el portátil y se fue.

         Las tardes siguientes, soledad estaba pendiente de todo aquel que entraba y no era habitual, pero nada.    El viernes al medio día entro uno con pinta de borrachín, un chaval jovencito y gafitas.

Soledad.- qué, vienes ya contento antes de ir a comer

Gafitas.- mañana en la catedral

Soledad.- ¿como dices?

Gafitas.- ponme un vino con tres, tres estrellas

         Soledad, ni cuenta que se daba de la contraseña

Gafitas.- tres estrellas y pon el vino que tú quieras

Soledad.- vale, perdona,   ya entiendo

      --Él se tomó el vino, pagó y se fue, mientras Soledad, seguía atendiendo al resto de clientes

Luisa.- anda que el chaval ese venía bueno

Soledad.- ese no se ha acostado todavía desde anoche

Luisa.- si alguno vieras que se te pone pesado, me lo pasas a mí, que yo lo enderezo en un momento

Soledad.- no, si no ha sido grosero, ni nada

     --A la tarde otra vez, la pelirroja se presentaba allí con el ordenador.

Soledad.- ¿por aquí otra vez a estudiar?

Pelirroja.- ponme un refresco

       Soledad le acercó el refresco hasta la mesa.

Pelirroja.- ¿y donde debo ir?

Soledad.- no, si aquí se está muy bien

Pelirroja.- tres estrellas (moviendo los labios sin sonido)

Soledad.- ah, eso, en la catedral.

      --A las dos horas, la misma canción.  Un hombre de mediana edad y barba se acercaba a la barra.

Luisa.- buenas tardes, ¿que desea?

Barbas.- un café de tres estrellas

Luisa.- pues me parece que de ese no tengo, pero le puedo poner un descafeinado

Barbas.- está bien, ponga un descafeinado

   --Luisa entro a la cocina riéndose

Luisa.- desde luego Sole, cada día la gente está más tonta; viene el tío ese que hay en la barra y me pide un café de tres estrellas.  Mira al final le puse un descafeinado

Soledad.- ¿quién dices que es?

Luisa.- ese de las barbas

    --Soledad, salió un momento a la barra.

Soledad.- buenas tardes, mañana en la catedral, ¿desea algo más?

Barbas.- ¿Cómo dice?

Soledad.- que no tenemos café “tres estrellas” mira a ver en la catedral

Barbas.- póngame una copa de coñac y me cobra

   --Soledad volvió a la cocina

Luisa.- a que te ha pedido un coñac de tres estrellas

Soledad.- solución, le he puesto el que me ha dado la gana

Luisa.- para otra vez le pones el más caro

    Si estaban quedando para mañana, ya no podía faltar mucha gente por venir, de todos modos estaría atenta, si alguien más le pedía algo con tres estrellas a Luisa, lo mismo se pensaba que era vacile  y se armaba gorda.

    Ya estaban a punto de cerrar cuando entró por la puerta Antón.

Luisa.- nos tocó el tardón

Soledad.- pues tiene toda la pinta

Luisa.- le voy a servir, pero como tarde más de un cuarto de hora, lo pongo de patitas en la calle

Soledad.- deja, deja, que voy yo

Antón.- me pone un café

Soledad.- ya estamos cerrando pero se lo pondré, lo quiere de tres estrellas o descafeinado

     --Luisa, se echó a reír desde la puerta de la cocina

Antón.- el que tenga más a mano

Soledad.- mañana cerramos, pero puede ir a ver la catedral

Antón.- pues es buena idea

Soledad.- le pido que no tarde mucho, que estábamos ya cerrando

Antón.- cóbrese y perdone, Ya sé de un sitio agradable donde volver

      Rápidamente se tomó el café y se despidió con gesto afable.

Luisa.- eso está bien, le vacilas y encima haces un nuevo cliente

Soledad.- cada día la gente es más rara

Luisa.- pues vamos, que hoy es viernes y es el día de salir a dar una vuelta con las amigas

Soledad.- ¿os juntáis muchas?

Luisa.- cuatro solteronas, una cena, unos cartones de bingo, una copa y a la cama, que estos cuerpos ya no están para muchos trotes

Soledad.- pero si estás echa una moza

Luisa.- ya, ya, y por muchos años

 

          Mientras cenaban las tres como cada noche, alguien abrió la puerta de casa.

Chus.- quién anda ahí

Antón.- soy yo

Andrea.- cómo tú por aquí

Antón.- nada, que he pensado en pasar la noche del viernes con mi chica

Chus.- que romántico

Andrea.- Qué ¿tienes reunión?

Antón.- no, es mañana, pero parece que te molesta que venga un día antes

Soledad.- que no le molesta, es que no te esperaba

Chus.- pero si queréis salir, salís vosotros solos que dos días a la semana va a ser mucho gasto

Antón.- si no os pensábamos llevar de carabinas

Soledad.- anda qué, ten amigos para esto

Andrea.- ¿quieres cenar algo?

Chus.- no, si encima habrá que darle de cenar y todo

Antón.- ya voy yo a la cocina y me hago algo

Chus.- vaya chollo, cocina y todo, y luego te quejas

 

        El sábado por la mañana Soledad fue hasta la terminal a dejar la primera nota, en ella le ponía que ese día se juntarían en la catedral, pero claro ella dejaría la llave ya el lunes y de que viniese a recogerla y luego viese la nota, a buenas horas.

     Por la noche lo de cualquier sábado y ya en casa, se volvió a quedar en el sofá esperando hasta que llegó Antón.

Soledad.- calla, habla bajito que se acaban de acostar

Antón.- muchas gracias por lo de hoy

Soledad.- entonces que sois los cuatro

Antón.- normalmente sí, ya los conoces para siempre

Soledad.- pero en que andas metido, para tanto secretismo

Antón.- es mejor que no sepas nada, ahora me tocará venir los viernes, que vosotras cerráis el sábado

Soledad.- o sea, que cada vez quedáis en un sitio

Antón.- cada semana lo vamos cambiando

Soledad.- pues dime un sitio y yo te lo dejo apuntado y lo recoges el sábado cuando llegues

Antón.- ¿no quieres que venga los viernes?

Soledad.- a mí me da lo mismo.  Como si quieres quedarte toda la semana

Antón.- pues sí, es buena idea, ya pensaremos un sitio

Soledad.- ¿y antes como lo hacíais?

Antón.- mejor que no preguntes, contra más sepas, más te puedes complicar la vida y no es mi intención.

  

      Se fueron a dormir y a descansar.  A primera hora de la mañana del domingo como era lo más habitual, Antón salía dirección a la estación del tren para volverse a su casa.

      Antes de salir de casa, entró con cuidado en la habitación de Soledad y le dejó una nota metida en una zapatilla, para que la viera nada más levantarse, al ponérselas para no andar descalza.