Después de unas horas de viaje, desde la carretera vieron un sitio perfecto donde acampar con su caravana. Se desviaron por un camino entre chopos, hasta llegar a aquel idílico paraje. Una vez aparcada y calzada la caravana correctamente, se disponían a pasar un agradable fin de semana junto a la orilla de aquel lago.
El clima mañanero a la solana de finales septiembre,
les permitía disfrutar de una mañana de pesca. Oyeron que algo se movía entre los matorrales,
eran unos niños agazapados que los miraban.
Él, se incorporó con la única intención de saludarlos, pero echaron a
correr despavoridos, como alma que lleva el diablo.
Tras la comida una corta siesta a la sombra
de los chopos, para más tarde deleitarse del paisaje en un largo paseo hasta la
puesta de sol.
Aquel lugar era una ensoñación para disfrutar
del fin de semana. El entorno era
espectacular, el agua clara dejaba ver las piedras del fondo hasta donde ya no
alcanza la vista. Resultaba muy extraño
que en un sitio tan chulo, a un kilometro escaso de un pueblo cercano, junto al
cual pasaba una carretera con bastante tráfico, no hubiese más gente acampada.
Después de una cena fría a base de embutidos
y ensalada, se recostaron en las hamacas plegables observando el cielo,
hablando de sus ilusiones, proyectos y deseos por cumplir.
Allá a las dos, una suave brisa empezaba a
recorrer la orilla del lago, era la hora de irse a dormir y descansar unas
horas para levantarse pronto y aprovechar las horas de sol al máximo.
La brisa poco a poco fue in crescendo,
tanto que tuvieron que salir a recoger el toldo y las tumbonas por temor a que
terminasen en medio del lago. De pronto el aire paro, no se movían ni las
hojas, la tranquilidad era tal vez excesiva.
Ya
acostados, ella se levantó un momento sin un porqué, se asomó brevemente a la ventana y creyó ver
algo o alguien que se movía. Una silueta
parecía salir del agua en dirección a unos arbustos al tiempo que un escalofrío
recorría de arriba abajo toda su espalda. Bueno tampoco es que le diera demasiada importancia, se abrazó a su
marido y quedo de nuevo dormida.
Ya con la luz del alba, él se levanto en
silencio para ver si el airón de la noche había causado algún desperfecto y al
tiempo examinar un poco los alrededores.
A unos cien, o ciento cincuenta metros, entre maleza y
ramas caídas, le pareció ver algo raro, se acerco para ver que podía ser. Allí
se encontraba una destartalada y corroída auto-caravana que parecía abandonada
hacia tiempo, tanto por su estado como por las plantas y maraña que había crecido acumulandose a su alrededor y que casi la cubría por completo.
Prepararon el desayuno y luego se
entretuvieron un rato buscando piedras planas para lanzarlas contra la
superficie del agua a ver quién era capaz de lograr más saltos con ellas.
Debido a la proximidad del pueblo, fueron
andando para comprar algunos alimentos para su estancia. Según llegaron allí estaban los niños
jugando, que nada más percatarse de su presencia se pusieron de nuevo a correr.
Las mujeres que estaban barriendo sus puertas,
se metían en casa a su paso con la cabeza baja, sin mirarlos.
Por fin un cartel: Supermercado.
Al
entrar el recibimiento fue un buenos días frio y distante. Se dirigieron hacia las estanterías a coger
lo que necesitaban.
En
una de ellas había una antigua lata de cola-cao de aquellas rectangulares de
chapa; ella la cogió y la metió en el carrito, (estaría caducada pero lo más
importante era la lata que le traía tantos recuerdos de su niñez).
A la hora de pasar por caja, solo unas
escuetas y necesarias frases por parte de la señora, y tras dejar el ticket sobre
el mostrador:
.-.- La lata se la regalo, ya tenía ganas de
perderla de vista.
Que desagradable era todo el mundo, no les
extrañaba que allí no acampase nadie.
Al salir vieron que al fondo había otro cartel: BAR. Pero decidieron ni
acercarse, ya se harían ellos el café un su infernillo sin tener que ver malas
caras.
Siempre que abandonaban la caravana, tenían
la manía de poner a su alrededor unos cuantos cachos de sedal para saber si
alguien se había aproximado a merodear por allí; era cosa normal que algunos
niños se acercasen a asomarse por las ventanas. Ningún hilo parecía estar descolocado. Entraron a colocar la compra dejando la caja
de cacao en la mesita de la entrada; se
reían esperando ver la sorpresa de lo que dentro encontrarían, seguro un
mazacote duro e indisoluble solo apto para comida que echar en cachitos a los
peces.
Un viento acelerado y ruidoso pasó junto a
la puerta unos segundos. El tiempo
suficiente para desplazar bruscamente la lata al suelo, a unos metros de donde
se encontraba.
Por la ventana pudieron observar que los
niños estaban de nuevo tras los arbustos y sin ninguna explicación aparente de
pronto salieron corriendo, atemorizados, iban gritando:
.-.- ¡Está ahí!
Salieron a ver qué pasaba, una niña de
trenzas rubias había recogido la caja y la estaba posando sobre la mesita, solo
los miró y se alejó orilla adelante caminando y sin mediar palabra.
Ella.- Qué guapa es, que cara más dulce, parece triste
pero su mirada parecía alegrarse con nuestra presencia.
Era temprano para comer, se acercaron a ver
la caravana que él había encontrado a primera hora. Los cristales de metacrilato eran tan
opacaos que no permitían ver nada de su interior, la puerta estaba carrada, era
una pena que alguien hubiese abandonado aquella bonita casita en aquel lugar.
Cuando regresaron, alguien había estado
allí, había cogido un vaso, el cartón de leche y una cuchara para hacerse un cacao
con el contenido de la caja. Allí había dejado el vaso manchado sobre la
mesa junto a la bolsa recién abierta; por su contenido parecían no haber pasado los
años, permanecía en perfecto estado. ¿Quién habría sido? ¿Tal vez la niña de las
trenzas? No les importó lo más mínimo,
sus corazones se llenaron de ternura imaginando a aquella chiquilla con el vaso
entre sus manitas y berretes marrones
cubriendo el labio superior.
Él.- Hagámonos uno nosotros.
Tenía
un sabor excelente, a cada sorbo cerraban los ojos y a su mente venían recuerdos
de la niñez, de su casa, sus hermanos, la mirada de su madre con una sonrisa de
felicidad al ver como los pequeños se relamían los labios al terminar.
Cada uno comentaba sus recuerdos, eran tan
parecidos, la sensación de aquel sabor no se olvidaba fácilmente, aunque ya
hubiesen pasado tantos años.
A media tarde les pareció ver a un
matrimonio paseando cerca de la caravana abandonada.
El
suelo comenzó a temblar. Las copas de
los arboles parecían querer enredarse unas contra otras, pero no había viento. El agua calmada del lago empezó a formar un
bravío oleaje.
Estaban tranquilos, como si no ocurriera
nada. Algo los indujo a volver la mirada
hacia el otro lado y allí estaba la niña mirándolos, sin decir nada. Muy
lentamente ella se levantó, entró dentro y preparó un gran vaso de cacao para
ofrecérselo a aquella preciosidad.
Niña.- ¿no tenéis miedo? (Mientras con la mirada agradecía
aquella deliciosa merienda).
Él.- ¿miedo? ¿De qué?
Niña.- de mí
Ella.- de un ángel no se debe tener miedo
Niña.- ¿y por qué dices que soy un ángel?
Ella.- solo un ángel puede ser tan hermoso como tú
Niña.- gracias señora,
¿y sus niños?
Él.- no tenemos niños, no podemos. Ven siéntate con nosotros.
Niña.- ¿y nunca vais a poder tener niños?
Ella.- nunca; mi marido y yo lo hemos intentado todo, pero
el resultado siempre ha sido negativo
Niña.- pues.... a mí no me importaría ser vuestra hija
Él.- pero tú ya tienes unos padres, y seguro que te
quieren mucho
Niña.- sí, pero me gustaría marcharme de aquí, aquí nadie
nos quiere
Ella.- es que esta gente es muy rara, peor para ellos
Él.- perdona un momento. Yo me llamo Héctor, mi mujer Ángela,
¿y tú?
Niña.- yo soy Clara
Él.- pues bien Clara, te hago un trato, esta noche os
invitamos a cenar a ti y a tus padres, y seguimos hablando, que está
anocheciendo y se van a preocupar si no estás en casa
Niña.- no se
Ella.- díselo, nos apetece conocerlos
Niña.- vale, pero no tengáis miedo
Él.- uuhhhh, que miedo, ja, ja, ja, ¿miedo de qué?
Ella.- hasta luego Clara, os esperamos
Él.- que niña más guapa y educada, ojalá pudiéramos tener
una nosotros
Ella.- ya, pero no podemos
Él.- ¿y si adoptamos de una vez?
Ella.- tranquilo Héctor, disfrutemos de estos momentos de
tranquilidad
Él.- tienes razón, perdona ¿pero?
Ella.- vamos, cobardica el último que se quite la ropa y
se meta al lago
Él.- vale,
pero que sepas que estás loca
Ella.- si
ya lo sé, pero a ti, te gusta
Se quitaron la ropa empujándose entre sí para hacerse caer, corrieron al agua, desnudos y cogidos de la mano.

Buen comienzo. Intrigante. Qué pasa en ese pueblo? Jejejeje
ResponderEliminarAhhhh.
EliminarUn comienzo emocionante,esperar como se va desarrollando la trama. Pendientes.
ResponderEliminarMe atrapó !! también espero el desenlace 👏🏻🤔
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