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viernes, 30 de junio de 2017

Camaradas "08"


         Se despertó con el cuerpo entumecido.     Tumbado en el suelo con la espalda y las piernas estiradas, volvió a cerrar los ojos para recordar su sueño.    Alzó sus brazos para sentir en sus manos la brisa de la mañana. 

     Entonces, en su sueño, se vio en un pequeño barco tirando las redes al mar y posteriormente recogiéndolas con cuidado, para sacarlas llenas de peces.

Samuel.- Abbud, Tayyeb

Tayyeb.- ¿Qué querer ahora?

Abbud.- musaso, dejar dormir

-Se incorporó y acercó a sus hamacas -

Samuel.- esto es importante, ¿hay redes en este barco?

Abbud.- resucitado loco  

Tayyeb.- ja, ja, español no puede dormir bajo la luna, no acostumbrado

Samuel.- va en serio,  necesito saber si hay redes

Abbud.-vale, vale ya despierto y llevo donde redes.

       En la bodega había redes grandes que se utilizaban para subir el cargamento a bordo cuando eran cajones grandes o pesados.

Samuel.- pero de estas redes no, de las de pesca

Abbud.- tú pedir redes, yo enseñarte redes, ya está

Samuel.- no me entiendes

Abbud.- sí, sí entiendo. Tú loco y yo sueño. Arregla con esto

 

       Samuel buscó por toda la bodega hasta que encontró algo parecido a lo que necesitaba;    una red enmarañada hecha de hilo fino de cáñamo  y un diámetro  mediano.

      En un cajón había bolas de hierro y en un rincón un montón de cachos de corcho viejo.

  Limpió el centro de la bodega y allí extendió la pequeña red.

    Tenía que hacerse una lista de lo que necesitaba para repararla y acondicionarla para uso.       Sentado en su camastro, organizaba paso a paso lo que hacer.   De vez en cuando recordaba el sueño.   ¿Qué tendría que ver ese pequeño barco y esas redes con su pasado?

 

     Se fue al encuentro de Weza, tenía que contárselo.

Samuel.- hola, ¿estás ocupado?

Weza.- sí, pero tampoco estoy haciendo nada que no pueda esperar.

Samuel.- es que hoy he soñado

Weza.- ¿de nuevo las gaviotas?

Samuel.- pero hoy eso no tiene importancia, lo bueno es lo que he soñado después.

    -le contó lo ocurrido y lo que había encontrado en la bodega-

Samuel.- ¿tú crees que estoy comenzando a lembrar?

Weza.- puede ser  ¿a ti te gusta el pescado fresco?

Samuel.- pues no mucho

Weza.- da igual, si crees que lo puedes hacer, hazlo. Seguro que todos agradecerán comer algún día algo que no sea en salazón.     La pena es que no puedes pescar una vaca para hacerla filetes

Samuel.- pero que buchero eres.

Weza.- tú pesca, pero algo que tenga buen lustre, no de esos pececillos que solo tienen espinas.

Samuel.- decidido, gracias, en unos días comerás peces recién pescados y el más grande será para ti.

   

      


martes, 27 de junio de 2017

Camaradas "07"


         Aquellos hombres pasaban los días perreando.   Su principal ocupación era la botella y los juegos de naipes. Cada uno tenía cogida su medida y en un momento dado ponía la botella bajo la mesa y no volvía a cogerla.  Sobre el tapete de fieltro verde, simplemente garbanzos, que al final de la partida volvían al tarro de la cocina.      Que gente tan extraña, por sus pintas, cualquiera pensaría que el Bahamas era un nido de serpientes donde el brillo de los cuchillos imperaría sobre todas las cosas.  Todo lo contrario cada uno hacía lo que quería, pero siempre por el beneficio común.

   Samuel se veía con fuerzas para empezar a ayudar en cualquier tarea que no requiriese mucho esfuerzo.

Samuel.- ¿a qué puedo ayudar?

Berto.- ¿Qué te apetece hacer?

Samuel.- no sé

Weza.- pues cuando sepas lo que quieres hacer, hazlo

Samuel.- ¿así de sencillo?

Berto.- claro mira, a mí ahora me apetece estar sentado,  y sin embargo Patrik ha decidido ponerse a limpiar los camarotes.  No tiene por qué esperar a que a mí me apetezca, ni se va a preocupar de quien ocupa ese camastro, solo echa un vistazo, si está sucio lo limpia y si está limpio, pasa al siguiente, hasta que decida que le apetece parar y para.

Samuel.- entonces ¿nadie organiza el trabajo?

Berto.- cada uno sabe en qué sitio y labor es más necesario y ya somos lo suficiente mayorcitos como para dejarnos mandar.   Piensa cuáles son tus cualidades y ponlas al servicio de todos, en caso de que necesites ayuda o tengas alguna sugerencia, dilo abiertamente, nunca faltará alguien que esté dispuesto.

       Al atardecer como siempre, los motores dejaban de sonar.   Abbud y Tayyeb, siempre metidos en la sala de maquinas, subían a cubierta y se echaban uno al otro agua por encima con un cubo de cinc.   Ellos dos nunca bajaban a los camarotes.  En un rincón, dentro de un macuto tenían guardadas unas telas  que sujetaban a unos postes  a modo de hamaca y allí pasaban la noche bajo las estrellas.  Tenían una particularidad curiosa, dormían con los ojos semi-abiertos, incluso si les podía ver sus pupilas moviéndose, observando todo lo que se movía a su alrededor.

   Esa noche, en sueños a Samuel volvieron a asaltarlo las dichosas gaviotas.    Se despertó temblando, su cuerpo empapado en un sudor frío.   El terror a cerrar de nuevo los ojos, le hizo salir a tomar el aire.    Apoyado en la barandilla clavó su mirada en el agua, disfrutando de sus reflejos.  Formas ondulantes le hacían imaginar que escuchaba melodías suaves, el tenue sonar de caracolas acompañadas de cantos de sirenas y el romper de las gotas de lluvia sobre la mar.

   Pero no estaba lloviendo.  Ese murmullo era producido por cantidad de peces que se acercaban al casco oxidado para alimentarse de las plantas que habitaban pegadas en la mugre del Bahamas.

  Embelesado con aquel espectáculo, sus parpados fueron cayendo y de rodillas, apoyado en sus antebrazos, olvidó el miedo a las gaviotas y fue atrapado por el sueño hasta cerca de la salida del sol.

 


domingo, 25 de junio de 2017

Resurrección "06"


       A los pies del camastro, enmadejados en un cajón, unos trapos hechos girones.

Weza.- esto es lo que queda de la ropa que llevabas puesta.  Guárdala bien.  En momentos de incertidumbre, en soledad, es bueno tener algo a lo que abrazarse, algo en lo que creer y con lo que fabricarse un sueño.

Samuel.- ¿Tú tienes algo?

Weza.- estos aros que llevo en las orejas, están hechos de los eslabones que unían la cadena a los grilletes, pero…  Son cosas de las que es mejor no hablar.

Samuel.- a mi me gustaría recordar

Weza.- espero que el día que recobres la memoria, no te arrepientas de haberlo hecho.       Aquí, nunca hables ni preguntes por el pasado.       Para nosotros el olvido es el mejor cicatrizante de unas heridas que nunca se cierran.

       El tiempo carecía de importancia, el Bahamas había echado las anclas a cierta distancia de unos islotes aparentemente deshabitados.  La radio, que era su único contacto con el mundo fuera de aquel amasijo de hierro, avisaba de un nuevo cargamento.   Unos cuantos, en un par de botes, se acercarían a tierra para aprovisionarse de vivieres, antes de partir a su nuevo destino.

 Pensaron en llevar a Samuel y dejarlo en el poblado del otro lado de la isla.       Allí  le dejarían el alojamiento pagado para un par de meses y una vez recuperado podría volver a su casa.

Weza.- ¿y a que casa va a volver?

Berto.- a la suya

Weza.- pero si no se acuerda de nada

Patrik.- ¿y qué se va a quedar, aquí?

Weza.- en esa isla no hay más que mafiosos, ladrones y asesinos

Casio.- mira el otro ¿y aquí que hay?

Weza.- aquí al menos somos personas, fuera de la ley, sí. ¿Pero cuando nos hemos robado entre nosotros? ¿Cuándo en este barco se ha derramado una gota de sangre?  Él será quien decida cuando quiere abandonar, entre tanto será uno más.   ¿Algún problema?

  Todos agacharon la cabeza. Weza había hablado y nadie estaba dispuesto a llevarle la contraria.

    En unos días, Samuel ya daba cortos paseos él solo por el pasillo.      Se habían propuesto engordarlo y cada vez que alguien pasaba por la cocina, apañaba algo, aunque fuese un simple trozo de torta de maíz para llevárselo al camarote.

   Rebuscando en sus sacos, habían hecho acopio de ropa que le pudiese servir de momento y no se encontrase tan desangelado, con aquel taparrabos, que era lo único que cubría su cuerpo.

  En las largas horas de soledad (aunque todo aquel que pasaba por delante de la puerta siempre abierta de par en par, le saludaba) fue haciéndose una especie de cinturón trenzado con los restos de sus ropas, así las llevaría siempre consigo.

   Los alimentos proporcionados, no tardaron en hacer reacción. Unos estofados de carne bien consistentes, le dieron fuerzas y ánimos para encaminarse con ganas a su nueva vida.

   Subió las escaleras muy lentamente.  Todos estaban esperando en cubierta (alguien había hecho correr la voz).    

     Todo eran caras sonrientes, de que por fin hubiese ganado esa batalla.

Desde entonces llevaría como apodo el sobrenombre:

   --Resucitado –



viernes, 23 de junio de 2017

Resurrección. "05"



      Como por arte de magia,  a la llamada de un fuerte silbido, toda la tripulación se agolpaba en el pasillo, esperando a ver despierto a aquel amasijo de huesos.

   Por suerte, todos aquellos variopintos maleantes de diferentes nacionalidades  y  con el común denominador de ser proscritos cada uno en su origen, chapurreaban a su manera cualquier idioma.

  Weza se acercó lentamente con un tazón en sus manos, tras sentarse en el camastro, estiró sus fuertes brazos ofreciéndole de beber.  Samuel acerco sus débiles manos al tazón, pero todo quedó en el intento, sus dedos no eran capaces de sujetarlo y llevárselo a la boca sin ayuda.

      Weza enseñó de nuevo su dentadura esbozando una sonrisa – tranquilo, yo te ayudo – un punto de inflexión entre ambos, que a Samuel le hizo dejar de temer a aquella mole de piel azabache brillante.

    Descorriendo la cortinilla, la luz entró en el camarote.

Samuel.- ¿Dónde estoy?

Weza.- en el Bahamas, un barco sacado de un desguace, y dedicado a negocios turbios, tripulado por intrépidos deshechos y al servicio de las personas honorables de traje caro y corbata.

Samuel.- no entiendo

Weza.- ya lo entenderás.  ¿Y tú? ¿Tú quien eres?

--Samuel se quedó pensando--.

Samuel.- no lo sé.  Soy a quién atacan las gaviotas, una y otra vez

 Weza.- lo que tú digas ¿y cómo quieres que aquí te llamemos? ¿Tal vez Gaviota?

Samuel.- no sé por qué,  pero me gustaría que me llamaseis Samuel

Weza.- yo me llamo Weza y ahora descansa

Samuel.- ¿y esos?

Weza.- son los compañeros, pero no te preocupes por ellos, ahí donde los ves, son buena gente.

 

      A los pocos días, por fin empezó a ingerir alimentos sólidos.  (Weza, se preocupaba de partírselo en cachitos pequeños y luego tritúralo con un tenedor para que no le costase tragarlo)  Poco a poco, con el tiempo, se lanzó a dar sus primeros pasos por el pasillo sin miedo a caer.

   Aquel “genio” lo sujetaba con la fuerza de un león y la ternura de una madre.

  Había vuelto a nacer.   Las gaviotas ya no atormentaban su sueño, pero aún así las dudas, no le dejaban dormir tranquilo.

Samuel.- oye perdona ¿Quién soy?

Weza.- no lo sé, te encontramos en el mar moribundo. No estoy seguro si fue por humanidad o aburrimiento, pero el caso es que dos hombres se lanzaron desde la cubierta para rescatar tu cuerpo y ahí comenzó lo que conozco de tu historia.

Samuel.- ¿y si nunca consigo recordar quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Quién es mi familia?

      La oscura mole dobló su antebrazo poniendo su puño cerrado en el pecho como un gladiador romano.

Weza.- eres Samuel, mi hermano y consigas recordar o no, así será siempre

Samuel.- ¿pero tú tendrás familia?

Weza.- tú eres ahora mi familia, mis amigos los hombres que aquí viven y mi patria el Bahamas.   Vendemos nuestros servicios al mejor postor, la amistad nuestra ley y para sobrevivir, tenemos que estar unidos.

 



miércoles, 21 de junio de 2017

Resurrección "04"



             Alejada de la costa, en aguas internacionales, una chatarra oxidada con bandera apátrida,  parece no tener prisa para llegar a ningún sitio.    Sus tripulantes, entre trago y trago, y jugando una pausada partida de cartas, esperan pacientes a que llegue la tarde y la caída del sol.  Esa noche entregarán la mercancía y partirán dirección de un nuevo amanecer.

      De pronto uno de sus tripulantes da la voz de alarma; algo extraño flota en el agua.

  Samuel está abrazado a una boya que es movida al libre albedrio de  las corrientes.

     .- hay un hombre en el agua

.- estará muerto

      .- ¿y si estuviese aún vivo?

.- Déjalo, no haría más que complicarnos la vida

   Dos de ellos se lazaron al agua desde la cubierta.   Otro se apresuró a colocar la trócola con la que luego subir de nuevo a bordo a esos valientes. 

    El primero en llegar a él, intenta soltar sus brazos, es imposible.  El otro no tarda en llegar

. – respira, aún respira (grita en la desesperación)

   Algunos están atando unas cuerdas a un somier, para poder subirlo.   Bajan la camilla improvisada y una vez tumbado en ella, la vieja trócola empieza a castañear sus dientes.

     Lo primero, ponerlo a la sombra y darle agua potable. Intentan quitar la boya de entre sus brazos, es imposible, están engarrotados, gracias a ello  ha conseguido tras varios días seguir  manteniéndose a flote.    Está tan débil que ni reacciona a la frescura de un paño mojado sobre sus labios.  Todo quedaba en manos de la fortuna y de que alguna lancha de las que esperaban se brindase a llevarlo a tierra y que alguno, en la playa, simulase un encuentro fortuito, para que pueda ser tratado en un centro hospitalario. 

       Cuando el ruido de los motores se aproxima ya bien entrada la noche, los fardos se suben a cubierta.    Uno a uno, son tirados al agua y recogidos por los gancheros.

   Las lanchas cargadas se alejaron, sin que ninguno de sus dueños quisiese hacerse cargo de una carga no contratada.

       Se arrancaban motores de nuevo y el barco, (con Samuel a bordo) emprende camino a algún puerto inconcreto, donde la legalidad internacional no sea un impedimento para ser atracado.

        En un camarote entre  tinieblas, un deslucido joven que no era capaz ni de abrir los ojos, era alimentado tan solo por unas cucharadas de caldo que el gran Weza, con infinita paciencia se encargaba de hacerle engullir varias veces al día.

Su mente atormentada, repetía una y otra vez la misma secuencia en su sueño.  Numerosas gaviotas se lanzaban sobre él, intentando  arrebatarle su ser.

     Él con sus brazos intentaba apartarlas sin conseguirlo y una vez que lo elevaban a cierta altura lo dejaban caer, volviendo otra vez al principio.

    Pasaron varios días.   Cuando esa mañana  Weza entró para darle caldo, Samuel, él solo había cambiado de postura.    

    El que siempre había permanecido boca arriba con los brazos cruzados en posición mortuoria, se encontraba tumbado de lado, hecho un cuatro y al oírlo entrar abrió los ojos.    Por primera vez inhaló aire a sus pulmones profundamente ante  aquella visión. – Era un hombre de piel oscura, dos metros de altura y más de cien kilos de peso.  Su cabeza afeitada, un aro metálico en cada lóbulo de sus pequeñas orejas y en su rostro unos ojos y dientes que parecían resplandecer.  Lo más parecido a un genio de los cuentos de las mil y una noches –

  De su boca intentó salir un grito ahogado  por el terror y haciendo un gran esfuerzo corrió su cuerpo refugiándose contra la pared.

   Acompañado de un gesto, sin pasar del umbral de la puerta le dijo:  .- Tranquilo. ¿Tú entender mí?

-Samuel asintió con la cabeza –

 





lunes, 19 de junio de 2017

Ausencia "03"


  Mientras un helicóptero, sobrevolaba la zona  y agentes de la guardia civil inspeccionaban los recovecos de las rocas,  intentando encontrar algún vestigio del único desaparecido, la multitud acompañaba a los familiares, en una gran misa oficiada por el mismísimo obispo de la diócesis.

   Hasta allí se habían desplazado autoridades de toda la región y los vecinos de los pueblos aledaños para poder acompañar a  aquellos desgraciados en ese dramático  trance.

  El corto camino hasta el cementerio estaba flanqueado por ramos y coronas de flores.   Las promesas y palabras de aliento se sucedían cabizbajas.    Las fosas esperaban abiertas y junto al muro de piedra, los coches oficiales con el motor arrancado y los cristales llenos de vaho deseosos de coger el camino de regreso a la ciudad.

 

    Asunción en una esquina, acompañada por su destino, prefirió quedarse junto a la tumba de su Madre.

   Mordía sus labios que tanto tenían que gritar como tantas otras veces.   Bien sabía ella que las buenas palabras y promesas de ayudas, al día siguiente se las habría llevado el viento.    Como siempre,  aquel lugar de pescadores seguiría siendo un pequeño vestigio en la nada, y olvidado de la mano de Dios.

  Las viudas comerían gracias al alcalde.   Hacía ya años se había comprometido a respetar una tradición que les ofrecía la exclusividad de ir a las rocas a jugarse la vida para recoger los percebes, y para las entradas en años, un cachito de playa, donde a las almejas parecía les gustaba esconderse en la arena.   De los cuatro cuartos  que de ello sacaban y el huertecito, pues iban comiendo.

 

   Maldita su suerte. Todos fueron desfilando calle abajo.  Ella se quedó apoyada en una cruz, esperando a que solo la soledad  oyese sus pasos.   Pasó por casa a recoger ese cachito de madera y siguió a sus zapatillas por un camino demasiado bien conocido.

          Un ramo de flores solitario flotaba en las aguas del puerto, las mareas se encargarían de que este llegase a su destino.   Junto a él, la vieja maqueta que dormía sobre el pañito de ganchillo.      Que preciosa era.     Se mantenía erguida sobre las olas, como si  de un barquito de verdad se tratase  y en el muro de hormigón sentada, permanecía Asunción mirando al cielo, pues La mar, ya no le podía robar nada más.

El sol se escondía en el horizonte.  La negra noche cubría con su manto las aguas, y de nuevo las luces de las casas se apagaban una a una;  tan solo el murmullo de las olas y el olor a sal, le hacían compañía.

      Una estrella fugaz, cruzó el firmamento.    Asunción alzó la mirada;  - ¿qué más quieres? - ¿qué me queda? -

      Apretó con fuerza el rosario en su mano para no arrojarlo con desprecio al horizonte y se dirigió  de nuevo a casa.

 Aquellos pantalones recién planchados sobre la cama, le hicieron cerrar la puerta de la habitación de un portazo.

Se sentó en su butaca.     ¿Dónde si no iba a ir?      Y una noche tras otra, allí,  seguiría contando las cuentas de su rosario, como siempre, rezando tras la ventana.



 

domingo, 18 de junio de 2017

Pecador




   El día en que vi tus ojos, juré que serias mía.
Tiré camino derecho en busca de aquella meta
que me hiciera merecer a la mujer que quería.

   Para alcanzarte una estrella a lo más alto subí.
La envolví en paño de seda, le hice un lazo carmesí
y cuando llegué a ofrecerla ni te acordabas de mí.

   Le ofrecí mi vida al diablo para poderte tener.
Luché contra tempestades,
hasta que cruel desengaño, te hizo en mis brazos caer.

   Al ver que no eras feliz, que no era tu amor soñado
te dejé en manos de Dios.
Y volví hablar con el diablo, para pedir que encontrases
lo que no hubo entre los dos.

   Inmerso en mi soledad,  tu Dios se acerca a juzgarme.
Para cobrarme la deuda, el diablo viene a buscarme.
He de dar cuenta a los dos ahora en mi lecho de muerte.
A nadie importa mi alma, mi gran pecado…  Quererte.




viernes, 16 de junio de 2017

REDES.


En una nube dormías,
junto a la luna cantabas.
Creías en duendecillos,
bosques de ninfas y hadas.
Donde vivir la aventura,
que cada noche soñabas.
Creíste con ilusión,
que eran ciertas sus miradas,
que los versos dedicados,
no eran tan solo palabras.
Que se lanzaron al viento,
a quien quisiera escucharlas.
Los pétalos de la flor,
esperando a un colibrí,
se abrieron de par en par.
El néctar de los estambres,
quedó expuesto al universo,
para recibir su amor.
Tan solo la soledad
como respuesta bravía,
halló de aquel moscardón
que le escribía en poesía.



Cistina Eugenia





Cristina R.S.




Estefanía R.S.




Pili Losada





jueves, 15 de junio de 2017

Ausencia "02"


 

   Las campanas dejaban de sonar,  la plaza se llenaba de cabezas cubiertas por pañuelos negros esperando al autobús que hacía la ruta diaria hasta la capital.  Los hombres ya estaban recorriendo el litoral, esperando encontrar los cuerpos aún desaparecidos.   Tres faltaban todavía. Identidades indefinidas que alimentaban la esperanza de un milagro.   Pescadores nacidos y criados para luchar contra las adversidades.  Curtidos por las tormentas y conocedores de las corrientes.  Tal vez, alguno, podría haber salvado la vida.

 

    En la puerta del anatómico-forense, bajo la balconada, se agolpaban las toquillas de lana negra sobre mujeres desconsoladas esperando  la hora y abrazadas entre sí.

        Al mínimo movimiento de aquel amasijo de hierro acristalado de opacidad,  aquellas espaldas encogidas por el frio, parecieron levantarse como una sola.

  Pidiendo tranquilidad, el médico rural que había sido llamado para reconocer los cadáveres y así no tener que vilipendiar a los familiares haciéndolos desfilar por aquel calvario.  Se atravesó en la entrada, con una lista en la mano.

  Fue nombrado uno a uno a los fallecidos hasta llegar al número nueve. Aquellas tres mujeres que aún quedaban a merced de la lluvia, se abrazaron intentando detener el tiempo y que las noticias a su regreso, no incrementasen aquella lista con el nombre de su hijo o esposo.

       Allí dentro, en la cruel frialdad del último destino, las enlutadas, madres, esposas e hijas, abrazaban por última vez unas bolsas rígidas, que por una pequeña abertura, apenas dejaban sobresalir la afilada nariz del rostro de los hombres.   Los fuertes dedos, se aferraban a la mesa de metal como percebe a la roca, para que así, nada ni nadie pudiera separarlas de su ser querido.

      El teléfono sonó.  El forense montaba de nuevo en su vehículo.    Malas noticias, eso quería decir otro cuerpo había aparecido.      Las tres mujeres que quedaban en la puerta, alzaron la mirada, deseando egoístamente, que la fatídica noticia fuera para cualquiera de las otras dos.

 

              Entre, los peñascos puntiagudos, al fondo del acantilado donde estaba el faro, un cuerpo roto en dos mitades yacía solitario.     Cuando llegó el forense a la zona indicada,  la patrulla  acababa de izar la camilla de rescate.   Los golpes en su cuerpo, producidos por el fuerte oleaje lo habían dejado irreconocible,  pero su hermano allí presente, enseguida se abalanzó sobre él.  Un escudo tatuado en el antebrazo, de cuando estuvo sirviendo a la patria  en el tercio de la legión, no dejaba dudas.

   En medio del reconocimiento del cadáver, una véngala de humo rompió en el aire.      A pocas millas de la costa se hallaba otro cuerpo flotando en el mar.     Hasta allí se dirigieron inmediatamente los guardacostas para su recuperación y posterior traslado a tierra. 

       Al caer la noche, los once féretros ya eran velados puestos en línea en el salón de plenos del ayuntamiento.

   Samuel  permanecía en brazos de las sirenas, al igual que su abuelo y posteriormente su padre.  Tal vez sería cosa de familia.

    Las gastadas cuentas del rosario, seguirían rodando en las manos de Asunción una noche más junto a la ventana abierta;  como siempre esperando el amanecer, para ver llegar los pescadores a puerto.     Más que nada por no perder la costumbre de esperar.




domingo, 11 de junio de 2017

Ausencia "01"


         El mar devolvía a la playa los cuerpos sin vida de aquellos intrépidos marineros, junto a los restos de su maltrecha embarcación. 

      Los familiares gritaban su desconsuelo tras el cordón policial esperando a poderlos reconocer y llevarlos para darles cristiana sepultura.      El forense se retrasaba y los nervios encendidos de la multitud indignada estaban a punto de estallar.

   Por fin un señor, tras bajarse de un coche levantó la cinta amarilla y se dirigió directamente a los cuerpos.   Uno a uno, fueron siendo examinados y alineados, para después ser cubiertos por una gran lona, antes de ser introducidos en las negras bolsas, para su transporte.

    Los familiares no podían creerlo.   Allí, tan solo, a unos metros y no podían ni siquiera verlos.

       El protocolo marcaba que solo tras la autopsia en el anatómico forense podrían  hacer el reconocimiento de sus familiares.

         Los gritos desoladores, se convirtieron en susurros. Las miradas borrosas, contaban los cuerpos, mientras los iban introduciendo en un furgón que se disponía a marchar.    La remota posibilidad de que fuera el de su hijo, uno de aquellos cuerpos que faltaban por aparecer, llenaba de esperanza el pecho herido de aquella madre.      Alegría contenida al imaginarlo, por no afrontar la cruda realidad.   

  Siempre llevaba una camisa negra como luto por su padre y ninguno vestido de oscuro, había visto tumbado en la arena.

   La duda era inevitable.  Muchos de ellos, habían sido devueltos por el mar semidesnudos.

   A lo lejos la voz de  un policía   –aquí hay otro cuerpo-  varios efectivos corrieron hacia las piedras, antes de que la multitud, pudiese ver el cadáver de cerca.    Cuando se aproximaba, a lo lejos pudo ver, su torso cubierto por blanca vestidura, esto le hizo suspirar de nuevo a aquella mujer, que con su mirada perdida en el lejano horizonte, rogaba clemencia al mar.

 

   Una nueva tormenta se aproximaba. Las lanchas de los guardacostas, cesaban la búsqueda volviendo a puerto y ella, solo ella bajo el aguacero, permanecía junto a las rocas, esperando sin miedo a que una ola le arrebatase el aliento y condujese su cuerpo junto a los suyos. 

 Su padre, su marido y ahora su hijo, amantes de la mar, que fueron elegidos y nunca regresaron.

    Se vio arrastrada por debajo de los hombros, justo al tiempo que una gran masa de agua cubría su cuerpo.    Aguantó la respiración.  Cuando de nuevo abrió los ojos, truncada vio su esperanza.   Se hallaba sentada en la parte trasera del vehículo de la policía local, camino de vuelta a casa.

   Con sus ropas empapadas, se sentó junto a la ventana abierta, desde la cual esperaba ver cada día la entrada en el puerto de las barcazas de pesca.    Pasaría toda la noche en vela.  Sola, esperando a que nadie llamase a su puerta.

     Las paredes llenas de recuerdos lloraban su tristeza y sobre un pañito de ganchillo, sobre el televisor, inmóvil permanecía la bonita maqueta hecha y pintada a mano de aquel barquito.  Samuel siempre antes de hacerse a la mar le decía   - cuídala madre –

   Asunción como tantas veces, entretenía su soledad con las cuentas del rosario entre sus manos.    Una y otra vez, repitiendo los Ave María.  Las horas pasan y los minutos se arrastran en la esfera del reloj con el cristal rallado de tanto mirarlo.

  Toda la noche estarán doblando las campanas de la torre y el pequeño faro, en el acantilado permanecerá paralizado alumbrando la mar.

     En el pequeño pueblo de pescadores, nadie duerme. En aquel naufragio, todos han perdido a alguien de su familia y en cada casa, se verán los cristales iluminados, esperando el amanecer.




Dibujo de: D. Fernando Torrijos (El Mayor de la Juanita)



jueves, 8 de junio de 2017

Alas de Mariposa


Lastima que la fantasía, sea solo eso.... fantasía.
 y que detrás de cada sueño, siempre exista un despertar.


        Sentado, con su frente apoyada en su mano, el codo en la mesa y en ella un folio en blanco, el principiante en el  arte de la escritura, dormitaba su aburrimiento.
     Comenzó a escribir una frase.  Palabras hilvanadas de cualquier manera, con el fin de dar pie a alguna idea sugerente.   La falta de emotividad, es mala campañilla con la que reclamar la presencia de las musas.
     Una, dos, tres frases sin sentido.    El lapicero, bostezando, plasmó sobre ellas unos trazos cargados de apatía.
   Sus pupilas se deslizaban entre la niebla y las pestañas, luchaban contra la gravedad.
       El lápiz se desprendía de sus dedos y su respiración comenzaba a entonar melodías angelicales, dejando volar sus pasos  a los mundos de la inconsciencia.
   Una niña corría a su lado intentando avisarle con voz sorprendida: 
.- papá, papá, mira, el lapicero se mueve solo. Se mueve solo.
          Aquellas líneas desordenadas, se convirtieron en una linda mariposa y al escapar por la ventana, sus alas se llenaron de color.
      La mariposa voló alto, hasta meterse en la cabaña del árbol.   La niña corrió tras ella sobre el césped del jardín, se encaramó escala arriba y entró en la cabaña.
  La brisa provocada por las alas, daban movimiento a una cuartilla de papel de celofán.    Junto a ella bailaban las pinturas de colores y al momento, ¡Chas! Gran cantidad de teclas negras y blancas, caían sobre la mesa y revoloteando se iban colocando en orden y alineadas entre sí.       La mariposa empujó la espalda de la chiquilla.

.- ay, déjame
     .- pon los dedos en las teclas y ellas los guiarán  por el camino correcto
.- ¿quién habla? ¿quién eres?
     .- soy yo, tras quien corriste hasta aquí
.- me gustabas. Pero ahora me da miedo
      .- ¿miedo? ¿de qué?
.- no sé.  Nunca había oído hablar a una mariposa
      .- Ah, claro… es que yo no soy una mariposa normal, yo soy la musa
.-  ¿La qué?
    .- vamos, acerca las manos al teclado.

        La niña estiró sus brazos temblorosos.  Un cosquilleo que nacía en la nuca, se deslizó por sus hombros hasta la punta de los dedos y las teclas al ver que sus manos se acercaban comenzaron a moverse alegremente.

.-  venga, sin miedo, pon tus dedos sobre ellas. Están esperando.
     
      Al roce de sus yemas, algo parecía empujar en la uña del dedo índice hacia abajo.
    Se produjo un sonido de color celestial y el resto de dedos comenzaron a moverse automáticamente.
    A cada tecla pulsada, con cada sonido, un pétalo de flor entraba por la ventana y el aire se llenaba de dulces aromas que al ser aspirados, envolvían el cuerpo de la niña en una burbuja que levitaba libremente al compás de la tierna melodía.
   
      El padre despertó. El lapicero estaba caído en el suelo. El folio totalmente en blanco y la silla que siempre estaba a  su lado vacía.     No podía ser.      Su niña, ¿dónde estaba su niña?
    ¿Estaría soñando?  Frotó sus ojos con fuerza y se pellizcó para comprobar que no era un sueño.   Se puso en pie, pero donde mirar.  Como usar la lógica en algo tan ilógico.
       Busco por toda la casa, bajo las camas, en los armarios, detrás del televisor, incluso llegó a quitar la tapa, para mirar dentro del piano. 
      Los nervios atenazaban sus músculos, el corazón se le salía del pecho, la respiración se hacía más pesada.      Tenía que oxigenar su cerebro e intentar entender o al menos intentarlo.
    
    Salió al jardín e hincó las rodillas en la hierba alzando la mirada al cielo.  Sus pupilas quedaron clavadas en la cabaña del árbol.  Era imposible, pero…  todo era imposible.
        Algo desconocido, la falta de cordura le incitó a subir.  Allí estaba su niña, dormida sobre aquella hamaca atada a las vigas del techo hace tantos años y jamás utilizada.
   Se abalanzó sobre ella, la abrazó y lloro hasta la extenuación.     Luego la cogió en sus brazos y como pudo, bajo de nuevo la escalinata.          (Su niña seguía dormida, con la cabecita apoyada en su hombro, el pecho contra su pecho y las piernas colgando).
                Aflojó las rótulas y dejó caer su cuerpo boca arriba en el césped, sirviendo de colchón al aura de aquella ninfa.

     La tarde caía, al ocultarse el sol, comenzaba a hacer fresquito.   Dejó un momento tumbada a la niña en el suelo para incorporarse y jugando como siempre, la cogió y zarandeó para llevarla de vuelta a su silla. 
        Con ella allí sentada, la casa volvía a iluminarse con su gran sonrisa. La experiencia más hermosa jamás vivida, debería quedar como un secreto.      Nadie jamás creería lo sucedido.

     En los ratos libres, día tras día, noche tras noche, juntos estaban frente al ordenador o en el piano, inventando fábulas melodiosas que trasmitiesen felicidad.    Pero a papá, le faltaban las fuerzas.       La fiera garra de la vida, incrementaba su peso con un nuevo zarpazo en cada amanecer.  Aquellos poemas y sus melodías, abrazaban los tonos grises y ella, no sabía cómo solucionarlo.

       Había pasado tanto tiempo, que el polvo había tupido los colores de aquella grácil mariposa.  La musa se había cansado de esperar y las alas negras sobrevolaban cada palabra, cada nota, cada sentir.

           El padre, miraba el pentagrama, sin saber que poner en él.  Tras mirar a su niña, volteó la cara, para no mostrar sus sollozantes ojos.  Callado, Inmerso en la miseria de la desolación,  la luz de la esperanza se perdía en el horizonte y la parca, abrazaba su alma soñadora, sumiéndola en la profundidad del caos.

       Aquél cuerpecito inmóvil, el de ella, desde su silla, fue estirando los brazos hasta llegar al teclado.   Sus dedos comenzaron a moverse y de las teclas, brotaron de nuevo pétalos de mil colores.  La dulce melodía lo envolvió haciéndole volar a través de los tiempos y el arco iris de la felicidad, volvió a travesar su pecho.

     Volvió de nuevo la cara.    Una gran sonrisa ocupaba todo el rostro de su niña y sobre su pecho, con forma de grandes alas de mariposa, un papel pautado donde habitaba una melodía.    
     Las notas  más bellas  jamás escritas.