Alejada de la costa, en aguas
internacionales, una chatarra oxidada con bandera apátrida, parece no tener prisa para llegar a ningún
sitio. Sus tripulantes, entre trago y trago, y
jugando una pausada partida de cartas, esperan pacientes a que llegue la tarde
y la caída del sol. Esa noche entregarán
la mercancía y partirán dirección de un nuevo amanecer.
De pronto uno de sus tripulantes
da la voz de alarma; algo extraño flota en el agua.
Samuel está abrazado a una boya que es movida al libre albedrio de las corrientes.
.- hay un hombre en el agua
.- estará muerto
.- ¿y si estuviese aún vivo?
.- Déjalo, no haría más que
complicarnos la vida
Dos de ellos se lazaron al agua
desde la cubierta. Otro se apresuró a colocar la trócola con la
que luego subir de nuevo a bordo a esos valientes.
El primero en llegar a él, intenta soltar sus brazos, es imposible. El otro no tarda en llegar
. – respira, aún respira (grita en la
desesperación)
Algunos están atando unas cuerdas a un somier, para poder subirlo. Bajan la camilla improvisada y una vez
tumbado en ella, la vieja trócola empieza a castañear sus dientes.
Lo primero, ponerlo a la sombra y darle agua potable. Intentan quitar la boya de entre sus brazos, es imposible, están engarrotados, gracias a ello ha conseguido tras varios días seguir manteniéndose a flote. Está tan débil que ni reacciona a la frescura de un paño mojado sobre sus labios. Todo quedaba en manos de la fortuna y de que alguna lancha de las que esperaban se brindase a llevarlo a tierra y que alguno, en la playa, simulase un encuentro fortuito, para que pueda ser tratado en un centro hospitalario.
Cuando el ruido de los motores
se aproxima ya bien entrada la noche, los fardos se suben a cubierta. Uno a uno, son tirados al agua y recogidos
por los gancheros.
Las lanchas cargadas se alejaron, sin que ninguno de sus dueños quisiese
hacerse cargo de una carga no contratada.
Se arrancaban motores de nuevo y el barco, (con Samuel a bordo) emprende
camino a algún puerto inconcreto, donde la legalidad internacional no sea un
impedimento para ser atracado.
En un camarote entre tinieblas, un deslucido joven que no era
capaz ni de abrir los ojos, era alimentado tan solo por unas cucharadas de
caldo que el gran Weza, con infinita paciencia se encargaba de hacerle engullir
varias veces al día.
Su mente atormentada, repetía una y
otra vez la misma secuencia en su sueño.
Numerosas gaviotas se lanzaban sobre él, intentando arrebatarle su ser.
Él con sus brazos intentaba apartarlas sin conseguirlo y una vez que lo
elevaban a cierta altura lo dejaban caer, volviendo otra vez al principio.
Pasaron varios días. Cuando
esa mañana Weza entró para darle caldo,
Samuel, él solo había cambiado de postura.
El que siempre había permanecido boca arriba con los brazos cruzados en
posición mortuoria, se encontraba tumbado de lado, hecho un cuatro y al oírlo
entrar abrió los ojos. Por primera vez
inhaló aire a sus pulmones profundamente ante
aquella visión. – Era un hombre de piel oscura, dos metros de altura y más
de cien kilos de peso. Su cabeza
afeitada, un aro metálico en cada lóbulo de sus pequeñas orejas y en su rostro
unos ojos y dientes que parecían resplandecer.
Lo más parecido a un genio de los cuentos de las mil y una noches –
De su boca intentó salir un grito ahogado por el terror y haciendo un gran esfuerzo
corrió su cuerpo refugiándose contra la pared.
Acompañado de un gesto, sin pasar del umbral de la puerta le dijo: .- Tranquilo. ¿Tú entender mí?
-Samuel
asintió con la cabeza –

Una buena escena. Bien descrita y con su toque de humor dentro de la tragedia. Feliz sábado, maese.
ResponderEliminar