A los pies del camastro, enmadejados
en un cajón, unos trapos hechos girones.
Weza.-
esto es lo que queda de la ropa que llevabas puesta. Guárdala bien. En momentos de incertidumbre, en soledad, es
bueno tener algo a lo que abrazarse, algo en lo que creer y con lo que
fabricarse un sueño.
Samuel.-
¿Tú tienes algo?
Weza.-
estos aros que llevo en las orejas, están hechos de los eslabones que unían la
cadena a los grilletes, pero… Son cosas
de las que es mejor no hablar.
Samuel.-
a mi me gustaría recordar
Weza.- espero que el día que recobres la memoria, no te arrepientas de haberlo hecho. Aquí, nunca hables ni preguntes por el pasado. Para nosotros el olvido es el mejor cicatrizante de unas heridas que nunca se cierran.
El tiempo carecía de importancia, el Bahamas había echado las anclas a
cierta distancia de unos islotes aparentemente deshabitados. La radio, que era su único contacto con el
mundo fuera de aquel amasijo de hierro, avisaba de un nuevo cargamento. Unos cuantos,
en un par de botes, se acercarían a tierra para aprovisionarse de vivieres,
antes de partir a su nuevo destino.
Pensaron en llevar a Samuel y dejarlo en el
poblado del otro lado de la isla.
Allí le dejarían el alojamiento
pagado para un par de meses y una vez recuperado podría volver a su casa.
Weza.-
¿y a que casa va a volver?
Berto.-
a la suya
Weza.-
pero si no se acuerda de nada
Patrik.-
¿y qué se va a quedar, aquí?
Weza.-
en esa isla no hay más que mafiosos, ladrones y asesinos
Casio.-
mira el otro ¿y aquí que hay?
Weza.-
aquí al menos somos personas, fuera de la ley, sí. ¿Pero cuando nos hemos robado
entre nosotros? ¿Cuándo en este barco se ha derramado una gota de sangre? Él será quien decida cuando quiere abandonar,
entre tanto será uno más. ¿Algún problema?
Todos agacharon la cabeza. Weza había hablado y nadie estaba dispuesto a
llevarle la contraria.
En unos días, Samuel ya daba cortos paseos él solo por el pasillo. Se habían propuesto engordarlo y cada vez
que alguien pasaba por la cocina, apañaba algo, aunque fuese un simple trozo de
torta de maíz para llevárselo al camarote.
Rebuscando en sus sacos, habían
hecho acopio de ropa que le pudiese servir de momento y no se encontrase tan
desangelado, con aquel taparrabos, que era lo único que cubría su cuerpo.
En las largas horas de soledad (aunque todo aquel que pasaba por delante
de la puerta siempre abierta de par en par, le saludaba) fue haciéndose una
especie de cinturón trenzado con los restos de sus ropas, así las llevaría
siempre consigo.
Los alimentos proporcionados, no tardaron en hacer reacción. Unos estofados
de carne bien consistentes, le dieron fuerzas y ánimos para encaminarse con
ganas a su nueva vida.
Subió las escaleras muy lentamente. Todos estaban esperando en cubierta (alguien
había hecho correr la voz).
Todo eran caras sonrientes, de que por fin hubiese ganado esa batalla.
Desde entonces llevaría como apodo el sobrenombre:
--Resucitado –

Muy elocuente. Buen relato, como siempre, maese. Lleno de sabiduría.
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