Aquellos hombres pasaban los días
perreando. Su principal ocupación era
la botella y los juegos de naipes. Cada uno tenía cogida su medida y en un
momento dado ponía la botella bajo la mesa y no volvía a cogerla. Sobre el tapete de fieltro verde, simplemente
garbanzos, que al final de la partida volvían al tarro de la cocina. Que gente tan extraña, por sus pintas,
cualquiera pensaría que el Bahamas era un nido de serpientes donde el brillo de
los cuchillos imperaría sobre todas las cosas.
Todo lo contrario cada uno hacía lo que quería, pero siempre por el
beneficio común.
Samuel se veía con fuerzas para empezar a ayudar en cualquier tarea que
no requiriese mucho esfuerzo.
Samuel.-
¿a qué puedo ayudar?
Berto.-
¿Qué te apetece hacer?
Samuel.-
no sé
Weza.-
pues cuando sepas lo que quieres hacer, hazlo
Samuel.-
¿así de sencillo?
Berto.-
claro mira, a mí ahora me apetece estar sentado, y sin embargo Patrik ha decidido ponerse a
limpiar los camarotes. No tiene por qué
esperar a que a mí me apetezca, ni se va a preocupar de quien ocupa ese
camastro, solo echa un vistazo, si está sucio lo limpia y si está limpio, pasa
al siguiente, hasta que decida que le apetece parar y para.
Samuel.-
entonces ¿nadie organiza el trabajo?
Berto.-
cada uno sabe en qué sitio y labor es más necesario y ya somos lo suficiente
mayorcitos como para dejarnos mandar.
Piensa cuáles son tus cualidades y ponlas al servicio de todos, en caso
de que necesites ayuda o tengas alguna sugerencia, dilo abiertamente, nunca
faltará alguien que esté dispuesto.
Al atardecer como siempre, los motores dejaban de sonar. Abbud
y Tayyeb, siempre metidos en la sala de maquinas, subían a cubierta y se
echaban uno al otro agua por encima con un cubo de cinc. Ellos dos
nunca bajaban a los camarotes. En un
rincón, dentro de un macuto tenían guardadas unas telas que sujetaban a unos postes a modo de hamaca y allí pasaban la noche bajo
las estrellas. Tenían una particularidad
curiosa, dormían con los ojos semi-abiertos, incluso si les podía ver sus
pupilas moviéndose, observando todo lo que se movía a su alrededor.
Esa noche, en sueños a Samuel
volvieron a asaltarlo las dichosas gaviotas.
Se despertó temblando, su cuerpo
empapado en un sudor frío. El terror a cerrar de nuevo los ojos, le hizo
salir a tomar el aire. Apoyado en la barandilla clavó su mirada en
el agua, disfrutando de sus reflejos. Formas
ondulantes le hacían imaginar que escuchaba melodías suaves, el tenue sonar de
caracolas acompañadas de cantos de sirenas y el romper de las gotas de lluvia
sobre la mar.
Pero no estaba lloviendo. Ese
murmullo era producido por cantidad de peces que se acercaban al casco oxidado
para alimentarse de las plantas que habitaban pegadas en la mugre del Bahamas.
Embelesado con aquel espectáculo, sus parpados fueron cayendo y de
rodillas, apoyado en sus antebrazos, olvidó el miedo a las gaviotas y fue
atrapado por el sueño hasta cerca de la salida del sol.

Lobos de mar con miedo a las gaviotas, una mezcla interesante e inquietante.
ResponderEliminar