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martes, 26 de enero de 2016

Valdeluna cap.-15


 

        Todo estaba pensado de antemano.   Llegó el día esperado, para Primavera, todo estaba decidido.

     Sus ansias de aprender hicieron que aquellas alas se desplegasen al viento con el tercer plenilunio.

    Mientras todos dormían, cogió el hatillo y marchó por el sendero de la cima.  Arriba, sentada en aquella piedra donde tantas veces había estado charlando con Matías, esperó a que amaneciera.

       Descendió la ladera nunca recorrida y una vez abajo siguió sin rumbo por un ancho camino de color negro.

      Pasado un rato escuchó un ruido extraño que se aproximaba.  Sin pensarlo se escondió rápidamente tras unos matojos. Un carro pintado de color rojo, como una casita con cristales.   Andaba solo, sin ser arrastrado por ningún animal y a una velocidad que asustaba.

    Todo eran grandes campos, inmensas extensiones de tierra arada ¿Cuántos burros se necesitarían para todo ese trabajo? Y ¿Cuánta gente viviría en aquel lugar?

 Cansada de andar se sentó en un zopetero y sacó un cacho de pan,  pero cuando se disponía a dar el primer bocado oyó una música cercana,  eran campanas, pero no sonaban como aquellas que hacía sonar juanillo, no, estas sonaban más fuerte y muy graves.

     Se dirigió al encuentro de aquel sonido;  tras la curva, de repente ante sus ojos apareció un pueblo inmenso.   Las calles eran anchas,  las casas grandes,  las puertas y ventanas enormes.      Al fondo, en una gran plaza, una gran edificación como aquellas que había visto en las láminas que guardaba en el baúl de Genaro y en lo alto de la torre dos espectaculares campanas daban vueltas y vueltas haciendo un sonido ensordecedor.

        Los formidables portones estaban abiertos, así que entró.     Sus albarcas se asomaron a una gran sala llena de bancos;   había estatuas de personas subidas en alto, situadas en las oquedades de las paredes; siguió andando por el centro mirando de lado a lado hasta tropezar con unos escalones.   De frente se encontró con una mesa vestida de fiesta, y al alzar la cabeza, su mirada se estremeció.

   Un pobre hombre, desnudo, estaba clavado a unos maderos, portaba en su cabeza una corona de espinos y la pena se reflejaba en su rostro.

   Crujieron las bisagras de una pequeña puerta, por ella salió un señor gordo y calvo, vestido con un sayo negro que le llegaba hasta los pies.

Párroco.- ¿Quién anda ahí?

Primavera.- buenos días, soy yo

Párroco.- y… ¿tú quien eres?

Primavera.- soy Primavera

Párroco.-  tú no eres de aquí ¿de dónde vienes vestida tan zarrapastrosamente?

Primavera.- simplemente he llegado y esta ropa es todo lo que tengo

Párroco.- bueno niña, pues eso habrá que arreglarlo.

    .- ¿Has comido?

Primavera.- me disponía a comer sentada este cacho de pan cuando oí el sonido de las campanas, pero ya que estamos los dos, si quiere lo compartimos

Párroco.- gracias, pero mejor…. Ven

       Los dos juntos salieron de allí para dirigirse a la casa de al lado.

Párroco.- entra y siéntate que ahora vengo

     Él se perdió por el pasillo adelante.

     Los ojos de Primavera no sabían dónde mirar. 

 Que mesas, que sillas, que mueble, que ventanas, que suelo, que todo.

Párroco.- aquí tienes, ahora a comer

   Que cuchara, que plato, que garbanzos… que hambre.

      La primera cucharada se detuvo a medio camino entre el plato y la boca.

Primavera.- ¿y usted no come?

Párroco.- no hija, yo ya he comido

Primavera.- ¿entonces?

Párroco.-  entonces qué

Primavera.- que si puedo comer yo

Párroco.- pues claro, y dime ¿de dónde vienes?

Primavera.- eso no se lo puedo decir

Párroco.- me has dicho que te llamas Primavera

Primavera.- SÍ

Párroco.-  yo me llamo Claudio, pero todos me llaman padre

Primavera.- ¿padre? ¿Y por qué?

Párroco.- porque soy el cura del pueblo

Primavera.- ¿el cura? ¿Qué es eso?

Párroco.- veo que tienes mucho que aprender, eres una niña muy rara pero tu mirada es muy limpia y en estos tiempos es una cosa digna de agradecer.    Mientras tú comes tranquilamente yo me tengo que ir a dar misa y en un rato vuelvo

Primavera.- ¿y yo?

Párroco.- no, mejor tú te quedas aquí;  cada cosa a su tiempo,  no quiero sorpresas, estate tranquila que yo me encargo de todo.

   Primavera se quedó allí, pensativa, comiendo aquellos garbanzos y observando por la ventana como a la plaza iban llegando personas vestidas con ropas de colores y brillo radiante que  parecían recién estrenadas.

   Entraron en aquel lugar bajo la torre de las campanas, permanecieron largo rato, después, todos volvieron de nuevo a salir y  se fueron apiñando junto a la puerta de la casa, miraban por la ventana, inspeccionando aquella habitación donde ella, escondida, acurrucada en un rinconcito de aquellos ojos hambrientos de curiosear, esperaba a que llegase de nuevo Claudio.

Primavera.- ¡por fin! Menos mal que llegó, me da miedo esa gente

Párroco.- Tranquila que ya estoy aquí.    Ahora te traerán ropa nueva y luego iremos juntos a la iglesia

Primavera.- ¿Dónde?

Párroco.- a esa casa grande que hay aquí al lado, la de las campanas

Primavera.- vale, iglesia, me acordaré

      Claudio dio la luz y cerró las contraventanas para que ella abandonase el rincón y se volviera a sentar.

       Primavera, con la boca abierta, miraba aquella cosa redonda que de pronto había empezado a brillar con tal fuerza que iluminaba toda la habitación.

Párroco.- a ver primavera ¿tú que sabes hacer?

Primavera.- yo…. De todo.   Se dibujar, aunque la gente no entiende mis dibujos.  También se escribir un poco y se me da bien preguntar para aprender.

Párroco.- ja, ja, me refiero a cosas de casa, como fregar, barrer, hacer la comida…

Primavera.- ¡ah!  Eso creo que no, pero también se impregnar la madera para que no le entren bichos con ungüento del de los muertos.

     Claudio se quedó perplejo con aquella habilidad.

Párroco.- alto ahí.    Ya veo que contigo tendré que tener paciencia, pero eres lista y eso es lo que importa

   (Una campanita sonó junto a la puerta de entrada).

Párroco.- ya voy…   

    .- gracias Mercedes, ahora váyase a casa y cuando haga sonar las campanas vengan de nuevo a la iglesia

Primavera.- ¿qué hay en ese saco?

Párroco.- no es un saco, mira es una bolsa y dentro está tu ropa.  Ahora entra en esa habitación y cámbiate.

   Espero que te quede bien, es de una niña de tu misma estatura.

 Claudio, le abrió la puerta y volvió a tocar la pared, en el techo otra bola comenzó a brillar.

    Que armario, que espejo más grande, que cama más alta y que bonita la colcha.  Abrió sus brazos y se dejó caer.   Que colchón más extraño, no se hundía como los de su casa, bueno pero tampoco era incomodo.

   Sacó la ropa de la bolsa y la estiró sobre la cama.  Qué bonita esa blusa y que falda más adornada.      ¿Y esto?  ¡Hala! Unas alpargatas con flores.

       Según se iba quitando cada una de sus vestimentas las doblaba y guardaba cuidadosamente en aquella bolsa.   Se vistió de nuevo con la nueva ropa y se quedó un rato mirándose en el espejo.

Primavera.- ya estoy

Párroco.- pues sal, que estoy deseando verte

  …. Recorrió el pasillo una linda y sonrojada joven, su cara resplandecía, sus largas y delgadas piernas avanzaban lentamente como si flotase en una nube.

Párroco.- ¿estás contenta?

Primavera.- si cura. ¿O lo debo llamar Claudio?

Párroco.-  mejor padre, si a ti no te molesta

Primavera.-  como usted quiera, pero padre… No sé

Párroco.- ahora vamos al servicio

Primavera.-  ¿a servir qué?

Párroco.- mira esto es el servicio, aunque algunos dicen aseo.     Aquí en esta especie de  taza es donde se hacen las necesidades del cuerpo,  esto un lavabo, esto es la bañera, en este armario detrás del espejo, se abre y están los peines.    Ahora lávate la cara y las manos, te peinas y te espero, que hay cosas que hacer

       Primavera, tardó en salir un abrir y cerrar de ojos.

Primavera.- señor cura ¿y el cántaro con el agua?

Párroco.- ja, ja, perdona no me di cuenta, giras esta palanca y el agua sale sola, ves.      Cuidado, de este otro lado sale caliente y te puedes quemar.  Aquí tienes una toalla limpia y después de hacer aquí pis, estiras de esta cadena para que quede limpio.

      Primavera estaba desorientada, tiró de la cadena de la cisterna y casi se cae del susto, el agua empezó a salir y ella no sabía cómo pararla. 

 .- bufff.  Menos mal que no se ha encharcado todo

     Con cuidado giró la manecilla del grifo del lavabo. Que gracioso, salía un chorro de agua, que gusto lavarse así.

     Del armario cogió un peine y se aliso el cabello.

 Se miró en el espejo y por un momento el temor invadió su mente.   Primavera había cambiado, ella se gustaba más como era en Valdeluna.

   Ya no había marcha atrás, demasiado tarde para volver y demasiado pronto para arrepentirse. 




2 comentarios:

  1. Qué valentía salir de Valdeluna a un mundo gigante y desconocido. Espero que Primavera esté bien en un lugar tan ajeno. 🙂🙂

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