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domingo, 17 de enero de 2016

Valdeluna cap.- 14

 

          Una mañana apareció algo nunca antes visto.   Era un animal, una perra, pero muy rara.

    Allí, arrinconada por los otros perros casi sin fuerzas, una piel blanca cubierta de motitas negras enseñaba sus dientes afilados.

   Llegó la bizca, mandó que todos se fuesen y alejasen de allí a los perros.  Esperó paciente a que se calmase.  Estaba exhausta, las patas le sangraban por el largo viaje y su cuerpo estaba lleno de magulladuras, algún ser sin escrúpulos le había apaleado.

  -Se arrodilló a su lado, pobrecita criatura, que linda-.

      Sus ojos reflejaban el miedo y la necesidad de amor.    Con cuidado metió sus antebrazos bajo ella, después la aproximó a su pecho y la llevó a casa para curarla.

    Al momento llegó Tarsicio, no sería tarea fácil, los cortes eran profundos, tenía marcas de palos por todo el cuerpo y se le notaba un avanzado estado de gestación.

     Por primera vez, aquellos ojos bizcos pedían ayuda.   Mirando a aquella perra, impotente solicitaba a Tarsicio clemencia para poder curarla y que un final feliz fuera el desenlace para ella y sus cachorros.

Tarsicio.- está muy débil, no te crees esperanzas, puede que sus cachorros ya no estén vivos y ella tiene pocas posibilidades

Bizca.- hay que intentarlo, sus ojos me indican que es fuerte, yo la cuidaré día y noche

Tarsicio.- quiero que te pongas en lo peor, yo casi nunca he terciado con tanta calamidad junta,  pero tú eres la que entiendes de animales

Bizca.- yo confío en usted como arreglador y luego yo me encargaré de su recuperación

Tarsicio.- dile a la señora Aproniana que te prepare un caldo con huesos y unos tallos de cicuta, intenta que permanezca  quieta en esta manta y cámbiala de posición cada dos o tres horas.    Yo cada tarde pasaré a curarla.

      La bizca se fue a hablar con Aproniana;  Tarsicio a casa a por vendas y ungüentos.    La pequeña dama dálmata parecía haber entendido.  Inmóvil quedó hasta que los dos regresaron.

     Cuando llegó la bizca a casa, Tarsicio estaba trenzando unos cordeles para atar el hocico y evitar alguna dentellada.

Bizca.- no le ponga nada, que se pondrá nerviosa

Tarsicio.- le va a doler y no quiero problemas

Bizca.- no se preocupe, lo sabe y aguantará

Tarsicio.- pues manos a la obra; confío en ti... y en ella

       La bizca, puso al animal sobre sus piernas acariciando su cabeza.    Tarsicio limpió y vendó cada una de las patas que parecían muertas, insensibles al dolor.

      Las heridas internas solo las podría curar el tiempo y los cuidados de la muchacha.

Tarsicio.- se ha portado muy bien, mejor que cualquier persona.   Ahora túmbala, me queda lo más complicado, tiene el pecho hundido por los golpes y si alguna costilla se le clava en el pulmón, nuestro esfuerzo será en vano.

        Con sumo cuidado, con paciencia, fue colocando uno a uno los huesos que no estaban en su sitio.     El sudor de su frente corría por sus cejas hasta los pómulos.   Él tenía las manos demasiado ocupadas (imposible limpiarse) y ella permanecía como hipnotizada con sus pupilas fijas, clavadas en los ojos de la nueva amiga.

   Derrotado, sin aliento, Tarsicio salió a la puerta para poder respirar aire fresco.  Calle arriba se aproximaba el tuerto (padre de la bizca con cara como siempre agria y de pocos amigos).

Tercio.-  ¿Qué es eso de que hay un chucho en mi casa?

Tarsicio.- tranquilízate, tu hija y yo, ahora no estamos para discusiones

Tercio.- ni yo tampoco, no tengo nada que discutir, los animales en el corral

   (La bizca, dejó a la perra sobre la manta y se puso en pie con los brazos en jarra)

Bizca.- ¿puede dejar de vociferar? Se estaba quedando dormida

Tercio.- mientras yo viva en esta casa, aquí no entran chuchos

Bizca.- bien, está bien, he aguantado tus rarezas desde que nací, nadie tiene la culpa de que madre muriera y tú te has empeñado en matarnos a todos ¿pues sabes? Muérete tú, pero solo, morirás solo. Seguro que alguien está dispuesto a acogernos en su casa a la perra y a mí.

Tarsicio.- a mi no me mires de esa manera

Bizca.- claro, me extrañaba que le importase a alguien

     Al final Tarsicio y la bizca, se vieron envueltos en una discusión sin sentido. Entre tanto, Tercio, había entrado y tras ver a la perra allí tumbada, sintió como se le caía el alma al suelo.    Nunca antes había tenido esa cruel sensación de impotencia y desagrado hacía su infame comportamiento.

     Unos pasos llamaron la atención de esos dos que seguían discutiendo en la puerta.

Cuando entraron, vieron a Tercio con la perra en sus brazos pasillo adelante.

Bizca.- ¿Qué hace padre? ¡Ya! Déjela ahora mismo donde estaba

Tercio.- Ssss, que está dormida

       Junto al fuego pusieron en el suelo unos sacos doblados y sobre un escaño el colchón de la cama estrecha, con la almohada y un par de mantas.

Tercio.- no quiero que andes toda la noche levantándote a cada momento

Bizca.- gracias padre, no sabes cuánto te quiero

Tercio.- en cuanto que esté mejor…  Al corral y ahora ya puedes pensar lo que vas hacer con las crías, nunca me gustaron los perros

Tarsicio.- ya era hora que la persona que llevas dentro volviera a ver la luz

Tercio.- pamplinas, venga y tú a tu casa que ya es hora de recogerse

     Los días fueron pasando, la perra mejoraba lentamente, pero había algo, algo tenía que no le dejaba salir airosa de aquella situación crítica.

   La bizca se dio cuenta que en su tripa algo no iba bien, la palpó suavemente y  con sus manos le fue haciendo expulsar los cachorros que ya muertos seguían en su interior hasta un total de seis.

    Al momento como cada tarde llego Tarsicio a realizarle la cura de sus patas y ver cómo iban las costillas.

Tarsicio.- ¿Cómo ha pasado la mañana hoy?

Bizca.-bien, mire

Tarsicio.- ¿qué es eso? Ha perdido los cachorros

Bizca.- estaban muertos y era lo que le hacía tener la temperatura tan alta

Tarsicio.- eres muy lista bizca, no sabes lo bien que me vendría una mano como la tuya para estos personajes que tenemos como vecinos

Bizca.- yo solo se curar a los animales

Tarsicio.- yo te he ayudado a ti y ves, no ha pasado nada.  Además, conoces a algún animal más testarudo que tu padre.

     (Los dos saltaron de carcajadas)

Bizca.- la verdad es que no

      La mejoría se incrementaba día a día.   Ya sin vendajes, andaba por la cocina, sabía que era mejor no salir de allí o se vería viviendo en el corral y por fin una tarde ante la mirada de la bizca, Tarsicio y Tercio, parió dos cositas totalmente blancas que aún quedaban en su interior.  Tarsicio y la bizca piensan;   ¿quien se quedará los cachorros?   Tercio, mira aquellas bolitas de pelo, sabiendo que ya son unos cuantos más en la familia.

 

     La dama dálmata, vuelve de nuevo a ladrar.

Claramente los tres entienden lo que les quiere decir…

                         … Gracias, Gracias.

 


2 comentarios:

  1. Madre mía, pobre animalito, hacer daño a un peludo es pecado mortal.

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  2. Maravillosa descripción 👌😘

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