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sábado, 30 de enero de 2016

Valdeluna cap.-16


    Tras un rato esperando junto a la puerta, la impaciencia lo estaba empezando a poner nervioso.

Párroco.- vamos Primavera que nos dan las uvas

Primavera.- ya estoy.   Estaba pensando

Párroco.- muy guapa.   Vamos a repicar

         Por una estrecha escalera de piedra subieron al campanario.   Claudio cogió las cuerdas que sujetaban los badajos y comenzó a moverlas marcando el ritmo con sus codos y muñecas.

Párroco.- ¿lo quieres intentar tú?

Primavera.- hágalo usted otra vez, pero más lento

Párroco.- lo intentaré, pero lento me es más difícil

   Claudio, fue explicándole los toques que daba en cada campana

Primavera.- a ver déjeme

Párroco.- lo haces muy bien

Primavera.- pero al final me confundo siempre.

Párroco.- a mi me enseñó un sacristán que ya murió y seguro que ni él, se ha dado cuenta

Primavera.- es divertido

Párroco.- ya está, ahora vamos a la sacristía y allí dentro esperamos al personal.

      Mientras esperaban, Primavera lo cosía a preguntas sobre quienes eran esas personas que había puestas en las paredes; sobre cuál era su trabajo y porqué vestía distinto a los demás.    Pero no se atrevió a preguntar por el señor desnudo (el clavado a los maderos)

       Claudio se asomaba de vez en cuando por la rendija de la puerta.  Una vez parecían estar todos, salió y serio, se puso delante del altar.

Párroco.- Ssss, silencio, como bien sabéis dentro de unos días entramos en la primavera, pues bien, este año ha venido adelantada, así se llama la pequeña para la que os he solicitado ropa.

     El desparpajo de la jovencita, se vio amedrentado por la cantidad de pupilas expectantes y los cuchicheos.

       Más bien parecía fuera una cosa rara y no una simple niña.

Párroco.-  sal por favor…   Esta, es Primavera.  Solo Dios sabe de dónde viene y cuál será su destino.   Solo él, sabe el porqué ha llegado y con qué misión nos la ha traído.   Demos gracias al Señor nuestro Dios por habernos escogido

 Todos respondieron .- te damos gracias Señor

Párroco.-  mientras se encuentre entre nosotros, en este tiempo necesitará alojamiento;   una habitación, ropa y un plato en la mesa, nuestra comprensión y  ayuda para integrarse en esta sociedad desconocida para ella.

  Tendrá que ir a la escuela para adquirir conocimientos y yo me encargaré de que conozca a Jesucristo nuestro señor, por medio del catecismo.    Ahora me gustaría saber qué familia se presta voluntaria para acogerla en su casa, pues sabéis que la mía solo dispone de una pequeña alcoba.

    Las cabezas se inclinaron, el silencio se hizo presente, los hombres cruzaron sus brazos y las mujeres pusieron su mano en la boca provocando una estúpida tos.

Párroco.- parece ser que la caridad cristiana, esa que yo creía haber explicado bien, no se conoce en este lugar.

         Tal vez si os hubiera dicho que es fuerte, que no es necesario que vaya a la escuela, que un montón de paja le sirve como colchón y que podíais contar con ella para hacer las labores domesticas.  Alguna mano, tal vez más de una, se hubiera levantado.

   Está bien, entendido.     Don Felipe, usted no solo le dará clases en la escuela, también la proveerá de lápices y cuadernos en los que hacer sus deberes.

    Virgilio, coja usted el cestillo de las limosnas y pásese banco por banco hasta que haya suficiente para comprarle algo de ropa y unos zapatos nuevos, pues la que lleva puesta ahora, es prestada.

    Señora Angustias, siempre exaltando la labor solidaria de la asociación que usted preside; pues bien, ustedes se encargarán de conseguir una cama, colchón, mantas, para ponerlas en el comedor de mi humilde casa.    Por supuesto en ella dormiré yo, pues mi cuarto y  cama estarán ocupados por ella.

       Pondré un cesto en el soportal de la iglesia y espero que todos los días en él se vea su generosidad en forma de alimentos, algo con lo que hacer un guiso  que poder llevarnos a la boca.

    Ahora como siempre digo, podéis ir en paz, tened por seguro que yo y mi conciencia así nos quedamos, EN PAZ.

   Llegaron a casa, se sentaron en el pequeño comedor y apoyando los codos sobre la mesa volvieron sus rostros mirando a la ventana.    Los dos sentían una vergüenza ajena que no les permitía ni abrir la boca.

      Claudio pensó en cómo romper aquel hielo que les abrasaba por dentro.

Párroco.- ¿estás bien?

Primavera.- pues no, no estoy bien

Párroco.- yo tampoco

Primavera.- creo que lo mejor es que me vaya;  hasta el negro camino que me ha traído hasta aquí trató mejor mis pisabas.

Párroco.- no;  no sé por qué Dios te habrá puesto en mi camino,  pero no pienso renunciar a este ofrecimiento que me hace.  Solo un ángel puede poseer la pureza que se alberga en tu interior.

Primavera.- yo no quiero quitarle su cama, una manta en el suelo es suficiente para mí.  Mire padre, si no le molesta pasaré aquí la noche y al amanecer como siempre saldrá el sol y yo, pues me despediré de usted

Párroco.- no creas que mi vida ha sido un camino recto.  Decidí coger el sendero de la luz y paso a paso lo he ido convirtiendo en desoladoras tinieblas.   En ti, he visto de nuevo la claridad. Me gustaría rogarte permitas que purgue mis pecados practicando lo que siempre debí hacer y nunca obré

Primavera.- no lo entiendo

Párroco.- lo sé, con el tiempo me entenderás, pero dame un poco de tiempo

        Llamaron de nuevo a la puerta.   Unas cuantas caras de quijada dislocada dejaban apoyado en la pared, un somier con patas, un colchón y unas mantas.

Párroco.- échame una mano Primavera, hay que sacar la mesa y las sillas al pasillo para poder acomodar bien la cama junto a la pared

Primavera.- entonces ¿esta es mi cama?

Párroco.- no, esta es la mía.  Tú eres una señorita y tienes que tener intimidad.   Además, a mí me gusta ver por la noche un rato la televisión

Primavera.- ¿Qué dice que ve por la noche?

Párroco.-  ay mi niña…. Cuantas cosas tenemos que aprender los dos.

 


1 comentario:

  1. Qué bien descrita la poca caridad cristiana en la mayoría de feligreses que pueblan nuestras iglesias. Estoy segura de que Primavera ha llegado con un propósito que sólo Dios y vos, maese, conocéis.

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