Tras largos y calurosos días
surcando el ecuador, pusieron rumbo norte dirigiéndose al punto acordado.
A lo lejos unos nubarrones
negros anunciaban una larga noche. De
la bodega se sacaban unas grandes lonas y con ellas se cubrían todos los
víveres. Por todas las argollas que
había repartidas por la cubierta, se insertaba una gruesa maroma con lazadas
intermedias, haciéndola un punto de sujeción seguro en caso de temporal. El viento empezaba a arreciar, pero ya
estaba todo bien amarrado a sus puntos de anclaje, ahora solo quedaba esperar
que aquella vieja cafetera aguantase un nuevo envite del cielo y si no era
así, dormirían en el fondo del mar, sin
que nadie los echase en falta.
Todo bien cerrado y los hombres
preparados para achicar agua en cuanto las olas empezasen a abordarlos.
Samuel.-
¿porqué no nos dirigimos a algún puerto? allí al menos…
Berto.-
¿al menos? Mejor muertos
Samuel.-
pero de la cárcel se sale
Berto.-
nuestra libertad solo tiene un precio, la vida.
Hemos pensado muchas veces el desembarcar en un país sin extradición,
que no creas que hay muchos, y allí emprender
el comienzo de una nueva vida
intentando dejar atrás el pasado
Samuel.-
¿y por qué no?
Berto.-
no lo sé, puede ser que solo sea cobardía, miedo a que la vida ponga de nuevo
en nuestras manos un arma, que la
desesperación de la soledad, nos empuje en brazos de la droga, no te lo podría decir, cada uno
de nosotros tiene sus motivos, pero el caso es que todos seguimos aquí y
ninguno queremos abandonar esta chatarra.
La tormenta se aproximaba. El negro cielo se llenaba de bravías
luminiscencias, que daban paso a tenebrosos estruendos.
El agua empezaba a caer con
fuerza, Samuel se preparaba para lo
peor, mientras los demás con toda tranquilidad esperaban a que aquellos grandes
depósitos con la tapadera abierta, recogiesen todo el agua posible.
Una hora larga jarreando agua y de repente dejó de llover, (menos mal
pensó Samuel) mientras con cinchas de
lona cerraban a presión las tapas de los depósitos casi llenos.
Abuud.-
musaso, ata fuerte este cabo a la cintura
Tayyeb, pasó el otro extremo por una de las argollas y luego se ató él.
Tayyeb.-
estar atento, si tú ir yo tirar y al revés, siempre cuerda tensa.
Samuel.-
¿pero porqué?
Abbud.-
musaso, prepárate ahora viene lo bueno
Lo que parecía ser una simple y suave brisa, se fue incrementando. Las
olas empezaron a romper contra el casco y como una fuerza salida del fondo del
mar, se iban elevando hasta hacerlos sentir una insignificancia.
La gran
mole de hierro parecía una pluma a merced del viento y el mar. Entre la olas la visión era nula, solo se
podía estar pendiente de la voz del compañero y de la tensión de la cuerda para
no perderlo en alguna envestida.
Por fin empezó a llegar la calma, los cuerpos exhaustos quedaban
tumbados en cubierta, las cuerdas y músculos se aflojaban. Solo un cabo seguía tenso en sus extremos y
un grito resquebrajaba una garganta.
.- ¡Gary, Gary!
Pero Gary no estaba en cubierta, su
cuerpo colgaba atado por la cintura, golpeando el casco del Bahamas. Para él
había acabado el viaje. Ante la mirada
inocente de Samuel y los ojos cerrados del resto, Patrick, fue hacia la cocina
y volvió con una macheta. Un
golpe seco, seccionó la cuerda por la mitad, dando así sepultura al compañero
perdido. Ninguno se acercó a la barandilla para
despedirlo, el mar haría los honores de recibirlo en su seno.

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