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sábado, 8 de julio de 2017

Defraudados "14"

 

       Al son de la música, algunas de ellas, acompañadas, iban desapareciendo tras la cortina y pasado un rato volvían a aparecer para seguir con el baile cambiando de pareja.

    Las botellas de alcohol seguían en las estanterías sin abrir y el grifo de cerveza esperaba a que las jarras metidas en un congelador estuvieran lo suficientemente frías.   La noche apetecía larga y aquellos brabucones estaban acostumbrados a racionar su forma de beber.

    La velada era perfecta.  Reinaba una harmonía, nunca antes conocida en aquel tugurio. Unos cuantos ayudaron a recoger las mesas, fueron barriendo y fregando el suelo por trozos para que el resto siguiesen con la diversión y en poco tiempo, allí junto a los hombres del Bahamas y las chicas de alterne, se encontraban integrados el dueño y los trabajadores de cocina, como si se tratase de compañeros de toda la vida.

    Samuel había dejado de bailar.    Estaba sentado junto a Weza, en la mesa de al lado del piano.  Los dos estaban ensimismados mirando aquellos dedos deslizándose sobre las teclas y comentaban la cara de aquel señor mayor que con los parpados cerrados interpretaba una canción tras otra mecánicamente.  De vez en cuando, las notas parecían dar un traspiés, acompañadas de un caer de cabeza y un nuevo resurgir y apertura de ojos.  Era demasiado tarde y  al pobre hombre se le veía cansado. Weza.- oiga buen hombre –dirigiéndose al dueño del local- ¿no tendría usted un tocadiscos? Este señor ya tiene el sueldo bien ganado por hoy.

Pianista.- no, no se preocupe estoy bien

Samuel.- de eso nada.  Si quiere se puede ir a dormir y si quiere quedarse aquí lo hace como uno más de nosotros.

    El tocadiscos comenzó a sonar y el señor se sentó con ellos en la mesa a tomar con tranquilidad una  jarra de cerveza fresquita.

Guzmán.- si le apetece algo de comer, solo tiene que pedirlo, a nadie le importará preparárselo

Pianista.- no, no.  No os preocupéis, no tengo hambre

Samuel.- ¿quiere algo que no sea cerveza?

Pianista.- no gracias, los excesos de juventud  me dejaron el estomago para pocas bromas, pero una cerveza fresca siempre sienta bien y más en tan buena compañía.

 Weza.- fíjese…  Que ahora mirándolo como tocaba, me ha recordado a mi abuelo, Claro en pálido.

Guzmán.- ¿tu abuelo era pianista?

Weza.- no, pero muchas veces, cuando estaba cosiendo los cestos de anea, también se quedaba dormido,  él seguía haciéndolo como si nada y de vez en cuando, también se le caía la cabeza y la levantaba  raudo abriendo los ojos.  La familia nos reíamos y él nos miraba de mal genio y seguía sin decir palabra.

Pianista.- y tú joven ¿Qué nos puedes contar de tu abuelo?

Samuel.-yo nada, se me fue la memoria hace un tiempo  y estoy esperando a que regrese

 Pianista.- no te preocupes, a mí se me fue perdiendo poco a poco.  La mente sabe seleccionar lo que tiene importancia y lo importante algún día volverá a tu cerebro.

Samuel.-eso espero

Guzmán.-ya le digo yo que no se preocupe, pero es muy joven para entenderlo.

Pianista.- una cosa – dijo pensativo – a vosotros ¿no os gustan las mujeres?

Weza.- sí, por qué

Pianista.- porque aún no habéis subido con ninguna, yo a vuestra edad, ya habría subido dos o tres veces – con una sonrisa pícara en sus labios –

 

 


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