Tras largo rato de risas a cuenta de
los muñecajos de la tele, quedaron como ceporros hasta que alguien golpeo la
puerta.
Weza.-
¿quién es?
Ricardo.-
abrir la puerta
-Eran D. Fernando y su chófer-
Este llevaba unas perchas tapadas con
unas fundas de plástico opaco.
Fernando.-
creo haber acertado, yo siempre tuve buen ojo para las tallas
-El chófer dio una percha a
cada uno-
Ricardo.-
vamos rapidito, que se va el día
Sin reparos, ante el asombro de los que cruzados de brazos esperaban, se
quitaron allí delante el albornoz y empezaron a vestirse sentados en la cama.
Samuel.-
me puedo ir a mirar al espejo del baño
Fernando.-
haz lo que quieras, yo ya prefiero no decir nada
Samuel.-
si señor, ha acertado con mi talla. Bueno los zapatos me aprietan un poco, pero
se aguanta
Ricardo.-
tal vez tienes los pies muy grandes –replicó sonriente-
Fernando.-
por favor –corrigió a su chofer con gesto de desagrado
ante el comentario-
Weza.-
pues yo me veo bien
Fernando.-
ahora sí, ya podéis salir de la habitación, ser discretos y lo que comáis o
compréis que lo anoten a la cuenta de la habitación. Esta noche, allá a las once y media o las doce, vendré a hablar
con vosotros y a ti, ya de paso, te traeré un número más de zapatos. Entre
tanto encoje un poco los dedos.
Weza.-
perdone, espere un momento
- Entró en el baño y salió al
momento-
Weza.-
¿le importaría traernos este billete cambiado en algo más pequeño?
Fernando.-
ya veo por qué; por supuesto que es un buen detalle dar propinas a los
empleados –echó mano a la cartera- No, estos son demasiado grandes. Ya os traigo yo billetes algo más manejables
Dio media vuelta y salió por la puerta sin más, dejando a Weza con su
mano extendida sujetando el billete de quinientos.
Un buen rato pasaron ajustando el nuevo vestuario al cuerpo.
Salieron de la habitación, resbalaron sus suelas nuevas por la
alfombra y bajaron hasta la planta
baja en lujoso ascensor, acompañados de un señor que
iba vestido de almirante por lo menos.
El hotel era inmenso, no hacía falta salir de él para nada, había de
todo. Con una simple mirada coincidieron en cruzar aquella puerta de cristal donde había un par de peines y unas tijeras serigrafiadas.
Al rato salían sonrientes. Samuel
con el pelo cortado y bien peinado. Weza con su cabeza brillante y suave, como
hacía años no lo conseguía. Ahora sí parecían dos personas de postín.
Después de recorrer la gran zona comercial viendo los escaparates,
pararon en recepción. -No podían esperar a que regresase D. Fernando-.
Allí amablemente les cambiaron el billete y sin dudarlo volvieron a la
peluquería para dar al señor que los había atendido tan amablemente, una
suculenta propina.
Entraron en la cafetería, tras aquellos ventanales un jardín que daba
envidia, lleno de flores y jovenzuelos en bañador que corrían descalzos, para después entre
risas lanzarse uno tras otro a la piscina.
Samuel.-
esto sí que es vida, míralos como rien, parece no importarles el resto del
mundo
Weza.-
son jóvenes, están en edad de divertirse
-Sentados en taburetes junto a la barra,
pasaron un buen rato observando el entorno-
Samuel.-
vamos al comedor, a ver si ahora acertamos con un plato abundante
Weza.-
tranquilo, no hay nada que una buena propina no pueda hacer
-Se sentaron a la mesa y enseguida llegó el camarero-
Camarero.-
¿Qué desean los señores? De primero les
puedo aconsejar el Fondeu de queso
-Weza echó mano al bolsillo y sacó un billete de diez-
Weza.-
toma, y ahora déjate de fondeu y trae algo con lo que el segundo plato sobre
Camarero.-entendido
señor –con una gran sonrisa en sus
labios-
Samuel.-
poderoso es don dinero, yo creo que ahora sí
Pasado un rato, frente a ellos, en el centro de la mesa una gran paella
de marisco que gritaba ¡cómeme!
Efectivamente, no hacía falta pedir un segundo plato.
Ya satisfechos, un café, una copa y luego de nuevo a la habitación a
descansar un poco. Que mejor que un buen
descanso, mientras esperaban la visita de D. Fernando.

Una paella, qué rica 😋
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