Habían pasado tres días. Aunque el hambre y sobre todo la sed
apretaban, no saldrían de la bodega hasta el siguiente amanecer.
La noche interminable, les haría barajar en sus mentes las distintas
posibilidades y consecuencias a las que se deberían enfrentar.
El abandonar el Bahamas en España o cualquier otro país de habla
hispana, les facilitaría mucho las cosas ya que era el único idioma que Samuel
hablaba. Weza chapurreaba todos para defenderse y salir del
paso (o eso le parecía a él, dentro de aquellos cuatro hierros donde se hablaba
un batiburrillo de palabras sueltas)
Samuel.-
¿te imaginas que en España encontramos a mi familia?
Weza.-
¿te imaginas que no sabes, ni donde vivías?
Samuel.-
pero sería estupendo
Weza.-
pues pedimos que nos dejen en Senegal y nada más poner el pie en tierra, seguro
que nos llevan a la cárcel, y yo allí, seguro que conozco a casi todos
Samuel.-
desde luego, tú eres un agorero ¿Qué trabajo te cuesta soñar por un momento?
Weza.-
perdona, tienes mucha razón. Seguro que
algún día recordaras y si estamos cerca, mejor que lejos
Samuel.-
lo dices con miedo. No te preocupes, somos hermanos
Weza.-
los hermanos pequeños, nunca miran hacia atrás, cuando ven un camino
ilusionante llamado sueño
Samuel.-
yo nunca olvidaré estos meses
Weza.-
ni yo zagal, ni yo
Ellos dormían a pierna suelta sobre un colchón de redes. Cuando el sol
estaba empezando a despuntar, el puño de
Guzmán aporreaba con fuerza las metálicas compuertas de carga.
Guzmán.-
qué ¿os vais a decidir ya?
Samuel.-
¡cállate, pesado!
-Una carcajada en coro se produjo en cubierta, lo que enfureció aún más
a Guzmán –
Guzmán.-
espero que paséis un buen día, seguro que mañana a la mañana se os ha pasado la
tontería
-Un golpe seco advertía que una
barra de hierro había sido atravesada en la entrada, con el fin de que nadie
pudiese entrar o salir de la bodega hasta nueva orden –
El
cielo había amanecido totalmente despejado.
Ni una sola nube se acercaba para evitar por un instante que los rayos
del sol penetrasen en las chapas oxidas.
Con el sol de al medio día cayendo de plano, aquello parecía una olla a
presión. Ni una abertura quedaba por la
que entrase el aire. El sudor emanaba por cada poro de su piel y la consciencia
se disipaba a consecuencia de la deshidratación.
Samuel tumbado sobre unas cajas de madera, no daba crédito al aguante que tenía aquella
mole de piel oscura. Weza permanecía desnudo en el centro de la bodega de pie
con las piernas abiertas y los brazos en cruz,
cabeza erguida con los ojos cerrados, inmóvil, justo allí donde daba el único rayo de luz
que se colaba entre el marco y las hojas de las compuertas de carga, provocando
en su cuerpo empapado una reflexión de brillo intenso.
Unas ratas aprovechaban para roer los cachos de pescado seco que habían
quedado entre los nudos de la red.
Sus
ojos se abrieron brillando en la oscuridad, dos pasos sigilosos hacía su
derecha y su mano abierta se lanzó con rapidez y eficacia sobre una de las
ratas como si de una serpiente se tratase.
Un ruido – crack - los huesos de la cabeza del roedor habían
quedado reducidos a añicos. Hincó sus dedos en la piel grisácea y con otro
gesto brusco la rata quedó desollada, quedando la piel colgando de las patas
traseras y el rabo.
Weza.-
toma un cacho, está fresca
Samuel.-
lo siento no tengo tanta hambre
Weza.-
este día va a ser largo, hazme caso
Arrancó con los dientes un cacho de carne de la parte del lomo, la puso
en su mano, luego extendió su brazo hacia él.
Weza.-
cógelo
Samuel dentro de su perplejidad, lo cogió con la punta de los dedos y se
lo llevó a la boca tragándolo sin masticar.
Su garganta con aquello pareció suavizarse un poco.
Weza.-
toma un poco más, pero mastícalo, no te de asco, es la única manera de quitarte
el estropajo de la boca
¿Cómo podría masticarlo sin sentir asco? Pero era la única forma de hacer
más llevadera aquella tortura, hasta el nuevo amanecer.

Woww!! tremendo, Carlos. Seguiremos pendiente.
ResponderEliminarLo que hace el hambre....
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