viernes, 30 de junio de 2017

Camaradas "08"




         Se despertó con el cuerpo entumecido.     Tumbado en el suelo con la espalda y las piernas estiradas, volvió a cerrar los ojos para recordar su sueño.    Alzó sus brazos para sentir en sus manos la brisa de la mañana. 
     Entonces se vio en un pequeño barco tirando las redes al mar y posteriormente recogiéndolas con cuidado, para sacarlas llenas de peces.
.- Abbud, Tayyeb
      .- ¿Qué querer ahora?
           .- musaso, dejar dormir
-Se incorporó y acercó a sus hamacas -
.- esto es importante, ¿ha redes en este barco?
    .- resucitado loco  
       .- ja, ja, español no puede dormir bajo la luna, no acostumbrado
.- va en serio,  necesito saber si hay redes
      .-vale, vale ya despierto y llevo donde redes.
       En la bodega había redes grandes que se utilizaban para subir el cargamento a bordo cuando eran cajones grandes o pesados.
.- pero de estas redes no, de las de pesca
       .- tú pedir redes, yo enseñarte redes, ya está
.- no me entiendes
      .- si, si entiendo. Tú loco y yo sueño. Arregla con esto

       Samuel buscó por toda la bodega hasta que encontró algo parecido a lo que necesitaba:    una red enmarañada hecha de hilo fino de cáñamo  y un diámetro  mediano.
      En un cajón había bolas de hierro y en un rincón un montón de cachos de corcho viejo.
  Limpió el centro de la bodega y allí extendió la pequeña red.
              Tenía que hacerse una lista de lo que necesitaba para repararla y acondicionarla para uso.       Sentado en el camastro, organizaba paso a paso lo que hacer. De vez en cuando recordaba el sueño. ¿Qué tendría que ver ese pequeño barco y esas redes con su pasado?

     Se fue al encuentro de Weza, tenía que contárselo.
.- hola, ¿estás ocupado?
     .- si, pero tampoco estoy haciendo nada que no pueda esperar.
.- es que hoy he soñado
        .- ¿de nuevo las gaviotas?
.- pero hoy eso no tiene importancia, lo bueno es lo que he soñado después.
              -le contó lo ocurrido y lo que había encontrado en la bodega-
.- ¿tú crees que estoy comenzando a lembrar?
       .- puede ser  ¿a ti te gusta el pescado fresco?
.- pues no mucho
     .- da igual, si crees que lo puedes hacer, hazlo. Seguro que todos agradecerán comer algún día algo que no sea en salazón.     La pena es que no puedes pescar una vaca para hacerla filetes
.- pero que bucho eres.
    .- tú pesca, pero algo que tenga buen lustre, no de esos pececillos que solo tienen espinas.
.- decidido, gracias, en unos días comerás peces recién pescados y el más grande será para ti.
   

      

martes, 27 de junio de 2017

Camaradas "07"





         Aquellos hombres pasaban los días perreando.   Su principal ocupación era la botella y los juegos de naipes. Cada uno tenía cogida su medida y en un momento dado ponía la botella bajo la mesa y no volvía a cogerla.  Sobre el tapete de fieltro verde, simplemente garbanzos, que al final de la partida volvían al tarro de la cocina.      Que gente tan extraña, por sus pintas, cualquiera pensaría que el Bahamas era un nido de serpientes donde el brillo de los cuchillos imperaría sobre todas las cosas. Todo lo contrario cada uno hacía lo que quería, pero siempre por el beneficio común.
   Samuel se veía con fuerzas para empezar a ayudar en cualquier tarea que no requiriese mucho esfuerzo.
.- ¿a qué puedo ayudar?
    .- ¿Qué te apetece hacer?
.- no sé
    .- pues cuando sepas lo que quieres hacer, hazlo
.- ¿así de sencillo?
     .- claro mira, a mi ahora me apetece estar sentado,  y sin embargo Guzmán ha decidido ponerse a limpiar los camarotes. No tiene por qué esperar a que a mí me apetezca, ni se va a preocupar de quien ocupa ese camastro, solo echa un vistazo, si está sucio lo limpia y si está limpio, pasa al siguiente, hasta que decida que le apetece parar y para.
.- entonces ¿nadie organiza el trabajo?
     .- cada uno sabe en qué sitio y labor es más necesario y ya somos lo suficiente mayorcitos como para dejarnos mandar.   Piensa cuáles son tus cualidades y ponlas al servicio de todos, en caso de que necesites ayuda o tengas alguna sugerencia, dilo abiertamente, nunca faltará quien esté dispuesto.
       Al atardecer como siempre, los motores dejaban de sonar.   Abbud y Tayyeb, siempre metidos en la sala de maquinas, se ponían en la proa y se echaban uno al otro agua por encima con un cubo de cinc. Ellos  dos nunca bajaban a los camarotes, en un rincón, dentro de un macuto tenían guardadas unas telas  que sujetaban a unos postes  a modo de hamaca y allí pasaban la noche bajo las estrellas. Tenían una particularidad curiosa, dormían con los ojos semi-abiertos, incluso si les podía ver sus pupilas moviéndose, observando todo lo que se movía a su alrededor.
         Esa noche, en sueños a Samuel volvieron a asaltarlo las gaviotas. Se despertó temblando, su cuerpo empapado en un sudor frío. El terror a cerrar de nuevo los ojos, le hizo salir a tomar el aire. Apoyado en la barandilla clavó su mirada en el agua, disfrutando de sus reflejos. Formas ondulantes le hacían imaginar que escuchaba melodías suaves, sonar de caracolas acompañadas de cantos de sirenas y el romper de las gotas de lluvia sobre la mar.
Pero no estaba lloviendo. Ese murmullo era producido por cantidad de peces que se acercaban para alimentarse de las especies de plantas que habitaban pegadas en el casco de Bahamas.
  Embelesado con aquel espectáculo, sus parpados fueron cayendo y de rodillas, apoyado en sus antebrazos, olvidó el miedo a las gaviotas y fue atrapado por el sueño hasta la salida del sol.





domingo, 25 de junio de 2017

Resurrección "06"




    A los pies del camastro unos trapos hechos girones.
    .- esta es la ropa que llevabas puesta. Guárdala bien. En momentos de incertidumbre, en soledad, es bueno tener algo a lo que abrazarse, algo en lo que creer y con lo que fabricarse un sueño.
.- ¿Tú tienes algo?
   .- estos aros que llevo en las orejas, están hechos de los eslabones que unían la cadena a la grilletes, pero… son cosas de las que es mejor no hablar.
.- a mi me gustaría recordar
    .- espero que el día que recobres la memoria, no te arrepientas de haberlo hecho.       Aquí, nunca hables ni preguntes por el pasado.       Para nosotros el olvido es el mejor cicatrizante de unas heridas que nunca se cierran.

                 El tiempo carecía de importancia, el Bahamas había echado las anclas a cierta distancia de unos islotes aparentemente deshabitados. La radio, su único contacto con el mundo fuera de aquel amasijo de hierro, avisaba de un nuevo cargamento.  Unos cuantos, en un par de botes, se acercarían a tierra para aprovisionarse de vivieres, antes de partir a su nuevo destino.
 Pensaron en llevar a Samuel y dejarlo en el poblado del otro lado de la isla.       Allí  le dejarían el alojamiento pagado para un par de meses y una vez recuperado podría volver a su casa.
      .- ¿y a que casa va a volver?
.- a la suya
   .- pero si no se acuerda de nada
.- ¿y qué se va a quedar, aquí?
  .- en esa isla no hay más que mafiosos, ladrones y asesinos
.- mira el otro ¿y aquí que hay?
   .- aquí al menos somos personas, fuera de la ley, sí. ¿Pero cuando nos hemos robado entre nosotros? ¿Cuándo en este barco se ha derramado una gota de sangre?  Él será quien decida cuando quiere abandonar, entre tanto es uno más. ¿Algún problema?
        Todos agacharon la cabeza. Weza había hablado y nadie estaba dispuesto a llevarle la contraria.
                En unos días, Samuel ya daba cortos paseos por el pasillo.      Se habían propuesto engordarlo y cada vez que alguien pasaba por la cocina, apañaba algo, aunque fuese un simple trozo de torta de maíz para llevárselo al camarote.
 Rebuscando en sus sacos, habían hecho acopio de ropa que le pudiese servir de momento y no se encontrase tan desangelado, con aquel taparrabos, que era lo único que cubría su cuerpo.
En las largas horas de soledad (aunque todo aquel que pasaba por delante de la puerta siempre abierta de par en par, le saludaba y de daba algo de charleta)    fue haciéndose una especie de cinturón trenzado con los restos de sus ropas, así las llevaría siempre consigo.

Los alimentos frescos, no tardaron en hacer reacción. Unos estofados de carne y huevos bien consistentes, le dieron fuerzas y ánimos para encaminarse con ganas a su nueva vida.
Subió las escaleras lentamente. Todos estaban esperando en cubierta (alguien había hecho correr la voz).  La gran  mayoría eran caras sonrientes, contentos de que hubiese logrado sobrevivir.   Desde entonces llevaría como apodo el sobrenombre  de – resucitado -






viernes, 23 de junio de 2017

Resurrección. "05"



     Como por arte de magia,  a la llamada de un fuerte silbido, toda la tripulación se agolpaba en el pasillo, esperando a ver despierto al amasijo de huesos.
Por suerte, aquellos variopintos maleantes  de diferentes nacionalidades  y  con el común denominador de ser proscritos cada uno en su origen, chapurreaban a su manera cualquier idioma.
   Weza se acercó lentamente con un tazón en sus manos y se sentó en el camastro.   Estiró sus brazos ofreciéndole de beber.  Samuel acerco sus manos al tazón, pero todo quedó en el intento, sus dedos no eran capaces de sujetarlo y llevárselo a la boca sin ayuda.
Weza enseñó de nuevo su dentadura esbozando una sonrisa – tranquilo, yo te ayudo – un punto de inflexión entre ambos, que a Samuel le hizo dejar de temer a aquella mole de piel oscura.
    Descorriendo la cortinilla, la luz entró en el camarote.
.- ¿Dónde estoy?
      .- en el Bahamas, un barco sacado de un desguace, y dedicado a negocios turbios, tripulado por intrépidos deshechos y al servicio de las personas honorables de cuello duro y corbata.
.- no entiendo
    .- ya lo entenderás.  ¿Y tú? ¿Tú quien eres?
                   Samuel se quedó pensando.
.- no lo sé. Soy a quién atacan las gaviotas, una y otra vez
     .- lo que tú digas ¿y cómo quieres que te llamemos? ¿Tal vez Gaviota?
.- no se por qué,  pero me gustaría que me llamaseis Samuel
.- yo me llamo Weza y ahora descansa
    .- ¿y esos?
.- son los compañeros, pero no te preocupes por ellos, ahí donde los ves, son buena gente.

      Al día siguiente por fin empezó a ingerir alimentos sólidos.  (Weza, se preocupaba de partírselo en cachitos pequeños y luego tritúralo con un tenedor para que no le costase tragarlo).  Poco a poco se lanzó a dar sus primeros pasos sin miedo a caer. Aquel genio lo sujetaba con la fuerza de un león y la ternura de una madre.
Había vuelto a nacer. Las gaviotas ya no atormentaban su sueño, pero aún así las dudas, no le dejaban dormir tranquilo.
.- oye perdona ¿Quién soy?
     .- no lo sé, te encontramos en el mar moribundo. No estoy seguro si fue por humanidad o aburrimiento, pero el caso es que dos hombres se lanzaron desde la cubierta para rescatar tu cuerpo y ahí comenzó lo que conozco de tu historia.
.- ¿y si nunca consigo recordar quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Quién es mi familia?
      Weza dobló su antebrazo poniendo su puño cerrado en el pecho como un gladiador romano.
    .- eres Samuel, mi hermano y consigas recordar o no, así será siempre
.- ¿pero tú tendrás familia?
       .- tú eres mi familia, mis amigos los hombres que aquí viven y mi patria el Bahamas. Vendemos nuestros servicios al mejor postor,  nuestra ley está regida por la supervivencia y para eso tenemos que estar unidos.



miércoles, 21 de junio de 2017

Resurección "04"




             Alejada de la costa, en aguas internacionales, una chatarra con bandera  simulada,  parece no tener prisa para llegar a puerto.   Entre trago y trago,  y jugando una partida de cartas, esperan pacientes la caída del sol.  Esa noche entregarán la mercancía y de vuelta a casa.
      De pronto uno de sus tripulantes da la voz de alarma, algo extraño flota en el agua.
  Samuel está abrazado a una boya que es movida al libre albedrio de  las corrientes.
     .- hay un hombre en el agua
.- estará muerto
      .- ¿y si estuviese aún vivo?
.- no haría más que complicarnos la vida
     Dos de ellos se lazaron al agua desde la cubierta. Otro se apresuró a colocar la trócola con la que luego subir de nuevo a bordo a esos valientes. 
    El primero en llegar a él, intenta soltar sus brazos, es imposible.  El otro no tarda en llegar
. – respira, aún respira (grita este, entre la desesperación y la alegría)
   Algunos están atando unas cuerdas a un somier, para poder subirlo. Bajan la camilla improvisada y una vez tumbado en ella, la vieja trócola empieza a castañear sus dientes.
     Lo primero, ponerlo a la sombra y darle agua potable. Intentan quitar la boya de entre sus brazos, es imposible, están engarrotados, gracias a ello  ha conseguido tras tres días seguir  manteniéndose a flote.    Está tan débil que ni reacciona a la frescura de un paño mojado sobre sus labios. Todo quedaba en manos de la fortuna y de que alguna lancha de las que esperaban se brindase a llevarlo a tierra y que alguno, en la playa, simulase un encuentro fortuito, para que pueda ser tratado en un centro hospitalario.

       Esperando el ruido de los motores, entrada la noche, los fardos se suben a cubierta.    Uno a uno, eran tirados al agua y recogidos por los gancheros.        Las lanchas cargadas se alejaron, sin que ninguno de sus dueños quisiese hacerse cargo de una carga no contratada.
       Se arrancaban motores y el barco, (con Samuel a bordo) emprendía camino a algún puerto inconcreto, donde la legalidad internacional no fuera un impedimento para ser atracado.
        En un camarote entre  tinieblas, un deslucido joven que no era capaz ni de abrir los ojos, era alimentado tan solo por unas cucharadas de caldo, que  Weza con paciencia se encargaba  de hacerle engullir durante varias veces al día.
Su mente atormentada, repetía una y otra vez la misma secuencia. – numerosas gaviotas se lanzaban sobre él, intentando  arrebatarle su ser.      Él con sus brazos intentaba apartarlas sin conseguirlo y una vez que lo elevaban a cierta altura lo dejaban caer, volviendo otra vez al principio.
      Pasaron dos días. Cuando  Weza entró para darle caldo, Samuel, él solo había cambiado de postura.    
    El que siempre había permanecido boca arriba con los brazos cruzados en posición mortuoria, se encontraba tumbado de lado, hecho un cuatro y al oírlo entrar abrió los ojos.    Por primera vez inhalo aire a sus pulmones profundamente ante  aquella visión. – Era un hombre de raza negra, dos metros de altura y más de cien quilos de peso. Su cabeza afeitada, un aro metálico en cada lóbulo de sus pequeñas orejas y en su rostro unos ojos y dientes que parecían resplandecer.  Lo más parecido a un genio de los cuentos de las mil y una noches –
  De su boca intentó salir un grito ahogado  por el terror y haciendo un gran esfuerzo corrió su cuerpo contra la pared.
Acompañado de un gesto, sin pasar del umbral de la puerta le dijo.- Tranquilo. ¿Tú entender mi?
-Samuel asintió con la cabeza –




lunes, 19 de junio de 2017

Ausencia "03"




  Mientras un helicóptero, sobrevolaba la zona  y agentes de la guardia civil inspeccionaban los recovecos de las rocas,  intentando encontrar algún vestigio del único desaparecido, la multitud acompañaba a los familiares, en una gran misa oficiada por el mismísimo obispo de la diócesis.
   Hasta allí se habían desplazado autoridades de toda la región y los vecinos de los pueblos aledaños para poder acompañar a  aquellos desgraciados en ese dramático  trance.

  El corto camino hasta el cementerio estaba flanqueado por ramos y coronas de flores.   Las promesas y palabras de aliento se sucedían cabizbajas.    Las fosas esperaban abiertas y junto al muro de piedra, los coches oficiales, con el motor arrancado y los cristales llenos de vaho, deseosos de coger el camino de regreso diciendo: Misión Cumplida.

    Asunción en una esquina, acompañada por su destino, prefirió quedarse junto a la tumba de su padre.   Mordía sus labios que tanto tenían que gritar por no armar un espectáculo.    Bien sabía ella, que las buenas palabras y promesas de ayudas, al día siguiente se las habría llevado el viento.       Como siempre  aquel lugar, seguiría siendo un pequeño vestigio en la nada olvidado de la mano de Dios.       Las viudas comerían gracias al alcalde.   Hacía ya años se había comprometido a respetar una tradición que les ofrecía la exclusividad de ir a las rocas a jugarse la vida para recoger los percebes y para las entradas en años, un cacho de playa, donde a las chirlas les gustaba esconderse en la arena.   De los cuatro cuartos  que de ello sacaban y el huertecito, pues iban comiendo.

              Maldita su suerte. Todos fueron desfilando calle abajo.  Ella se quedó apoyada en la cruz, esperando a que solo la soledad  oyese sus pasos. Pasó por casa y siguió a sus zapatillas por un camino demasiado bien conocido.

          Un ramo de flores solitario flotaba en las aguas del puerto, las mareas se encargarían de que este llegase a su destino.  Junto a él, la vieja maqueta que dormía sobre el pañito de ganchillo.      Que preciosa era.     Se mantenía erguida sobre las olas, como si  de un barquito de verdad se tratase  y en el muro de hormigón sentada, Asunción mirando al cielo.  La mar, ya no le podía robar nada más.

            El sol se escondía en el horizonte. La negra noche, cubría con su manto las aguas.   Las luces de las casas se apagaban una a una y solo el murmullo de las olas y el olor a sal, le hacían compañía.
      Una estrella fugaz, cruzó el firmamento.    Asunción alzó la mirada;  - ¿qué más quieres? - ¿qué me queda? -
Apretó con fuerza el rosario en su mano para no tirarlo y se dirigió  de nuevo a casa.
Aquellos pantalones recién planchados sobre la cama, le hicieron cerrar la puerta de la habitación de un portazo.
Se sentó en su butaca.     ¿Dónde si no iba a ir?      Y una noche tras otra, allí,  seguiría con su rosario rezando tras la ventana.





domingo, 18 de junio de 2017

Pecador




   El día en que vi tus ojos, juré que serias mía.
Tiré camino derecho en busca de aquella meta
que me hiciera merecer a la mujer que quería.

   Para alcanzarte una estrella a lo más alto subí.
La envolví en paño de seda, le hice un lazo carmesí
y cuando llegué a ofrecerla ni te acordabas de mí.

   Le ofrecí mi vida al diablo para poderte tener.
Luché contra tempestades,
hasta que cruel desengaño, te hizo en mis brazos caer.

   Al ver que no eras feliz, que no era tu amor soñado
te dejé en manos de Dios.
Y volví hablar con el diablo, para pedir que encontrases
lo que no hubo entre los dos.

   Inmerso en mi soledad,  tu Dios se acerca a juzgarme.
Para cobrarme la deuda, el diablo viene a buscarme.
He de dar cuenta a los dos ahora en mi lecho de muerte.
A nadie importa mi alma, mi gran pecado…  Quererte.




viernes, 16 de junio de 2017

REDES.


En una nube dormías,
junto a la luna cantabas.
Creías en duendecillos,
bosques de ninfas y hadas.
Donde vivir la aventura,
que cada noche soñabas.
Creíste con ilusión,
que eran ciertas sus miradas,
que los versos dedicados,
no eran tan solo palabras.
Que se lanzaron al viento,
a quien quisiera escucharlas.
Los pétalos de la flor,
esperando a un colibrí,
se abrieron de par en par.
El néctar de los estambres,
quedó expuesto al universo,
para recibir su amor.
Tan solo la soledad
como respuesta bravía,
halló de aquel moscardón
que le escribía en poesía.



Cistina Eugenia





Cristina R.S.




Estefanía R.S.




Pili Losada





jueves, 15 de junio de 2017

Ausencia "02"



Las campanas dejaban de sonar,  la plaza se llamaba de cabezas cubiertas por pañuelos negros esperando al autobús que hacía la ruta diaria hasta la capital. Los hombres ya estaban recorriendo el litoral, esperando encontrar los cuerpos aún desaparecidos.     Solo tres faltaban. Identidades indefinidas que alimentaban la esperanza.  Pescadores  nacidos y criados para luchar contra las adversidades.  Curtidos por las tormentas y conocedores de las corrientes. Tal vez, alguno, podría haber salvado la vida.

 En la puerta del anatómico-forense, bajo la balconada, se agolpaban las toquillas de lana, esperando  la hora.
        Al mínimo movimiento  de aquel amasijo de hierro acristalado de opacidad,  todas las espaldas encogidas por el frio, parecieron levantar como una sola.
Pidiendo tranquilidad, el médico rural que había sido llamado para reconocer los cadáveres y así no tener que vilipendiar  a los familiares haciéndolos desfilar por aquel calvario, se atravesó en la entrada, con una lista en la mano.
  Fue nombrado uno a uno a los fallecidos hasta llegar al número nueve. Aquellas tres madres que quedaban a merced de la lluvia, se abrazaron intentando detener el tiempo y que las noticias a su regreso, no incrementasen aquella lista.
           Dentro  las enlutadas, madres, esposas e hijas, abrazaban por última vez unas bolsas frías, que por una pequeña abertura, apenas dejaban sobresalir la afilada nariz del rostro de los hombres. Los fuertes dedos, se aferraban a la mesa de metal, como percebe a la roca, para que nada ni nadie, pudiera separarlas de su ser querido.

      El teléfono sonó. El forense montaba de nuevo en su vehículo.    Malas noticias de llamar allí.    Otro cuerpo había aparecido.      Las tres madres que quedaron en la puerta, alzaron la mirada, deseando egoístamente que la noticia fuera para cualquiera de las otras dos.

              Entre, los peñascos puntiagudos, en fondo del acantilado donde residía el faro, un cuerpo roto en dos mitades yacía solitario.     Cuando llegó el forense a la zona indicada,  la patrulla  acababa de izar la camilla de rescate. Los golpes en su cuerpo, producidos por el fuerte oleaje, lo habían dejado irreconocible,  pero su hermano allí presente, enseguida se abalanzó sobre él.  Un escudo tatuado en el antebrazo, de cuando estuvo sirviendo a la patria  en la legión, no dejaba dudas.
   En medio del reconocimiento del cadáver, una véngala de humo rompió en el aire.      A pocos kilómetros de la costa se hallaba otro cuerpo flotando en el mar.     Hasta allí se dirigieron los guardacostas para su recuperación y posterior traslado a tierra. 
       Al caer la noche, los once féretros eran velados en el salón de plenos del ayuntamiento.    Samuel  permanecía en brazos de las sirenas, al igual que su padre y abuelo.  Sería cosa de familia.

    Las gastadas cuentas del rosario, seguirían rodando en las manos de Asunción una noche más junto a la abierta ventana, como siempre esperando el amanecer, para ver llegar los pescadores  a puerto.     Más que nada por no perder la costumbre.


domingo, 11 de junio de 2017

Ausencia "01"





                     El mar devolvía a la playa los cuerpos sin vida de aquellos marineros junto a los restos de su embarcación. 
      Los familiares gritaban su desconsuelo tras el cordón policial, esperando a poderlos reconocer y llevarlos, para darles cristiana sepultura.      El forense se retrasaba y los nervios encendidos,  estaban a punto de estallar.
   Por fin un señor, levantó la cinta amarilla y se dirigió a los cuerpos.   Uno a uno, fueron examinados y alienados, cubiertos por una tela.    Antes de ser introducidos en las negras bolsas, para su transporte.
    Los familiares no podían creerlo.   Allí, tan solo a unos metros y no podían ni siquiera verlos.       El protocolo marcaba que solo tras la autopsia,   en el anatómico-forense,   se debía hacer el reconocimiento.
         Los gritos desoladores, se convirtieron en susurros. Las miradas borrosas, contaban los cuerpos, mientras el furgón se acercaba.    La remota posibilidad de que fuera el de su hijo, uno de aquellos cuerpos que faltaban en la hilera, llenaba de esperanza a aquella madre.      Alegría contenida, por respeto al resto.   
        Siempre llevaba una camisa negra como luto por su padre y ninguno vestido de oscuro, yacía en la arena.
               La duda era inevitable.  Algunos de ellos, habían sido devueltos por el mar semidesnudos.
     A lo lejos la voz de  un policía –aquí hay otro cuerpo-  varios efectivos corrieron hacia las piedras, antes de que la multitud, pudiese ver el cadáver de cerca.       Su torso cubierto por blanca vestidura,  hizo suspirar de nuevo a aquella mujer, que  con su mirada perdida en el lejano horizonte, rogaba clemencia al mar.

   Una nueva tormenta se aproximaba. Las lanchas de los guardacostas, cesaban la búsqueda volviendo a puerto y ella.  Solo ella, bajo el aguacero, permanecía junto a las rocas, esperando, sin miedo a que una ola le arrebatase el aliento y condujese su cuerpo junto a los suyos. 
       Su padre, marido y ahora su hijo. Amantes de la mar, que fueron elegidos y nunca regresaron.

    Se vio arrastrada por debajo de los hombros, al tiempo que una gran masa de agua cubría su cuerpo.    Aguantó la respiración.  Cuando de nuevo abrió los ojos, truncada vio su esperanza.   Se hallaba sentada en la parte trasera del vehículo de la municipal, camino de vuelta a casa.

   Con sus ropas empapadas, se sentó junto a la ventana abierta, desde la cual, esperaba ver cada día la entrada en el puerto de las barcazas de pesca.    Pasaría toda la noche en vela. Sola. Esperando a que nadie llamase a su puerta.
     Las paredes llenas de recuerdos lloraban su tristeza y sobre un pañito de ganchillo junto al televisor, inmóvil permanecía la bonita maqueta hecha y pintada a mano de aquel barquito.  Samuel siempre antes de hacerse a la mar le decía - cuídala madre –
   Asunción, como tantas veces, entretenía su soledad con las cuentas del rosario entre sus manos.    Una y otra vez, repitiendo los Ave María.  Las horas pasan y los minutos se arrastran en la esfera del reloj con el cristal rallado de tanto mirarlo.

Toda la noche estarán doblando las campanas de la torre y el pequeño faro, en acantilado permanecerá paralizado alumbrando la mar.
        En el pequeño pueblo de pescadores, nadie duerme. En aquel naufragio, todos han perdido a alguien de su familia y en cada casa, se verán los cristales iluminados, esperando el amanecer.

Dibujo de: D. Fernando Torrijos (El Mayor de la Juanita)



jueves, 8 de junio de 2017

Alas de Mariposa


Lastima que la fantasía, sea solo eso.... fantasía.
 y que detrás de cada sueño, siempre exista un despertar.


        Sentado, con su frente apoyada en su mano, el codo en la mesa y en ella un folio en blanco, el principiante en el  arte de la escritura, dormitaba su aburrimiento.
     Comenzó a escribir una frase.  Palabras hilvanadas de cualquier manera, con el fin de dar pie a alguna idea sugerente.   La falta de emotividad, es mala campañilla con la que reclamar la presencia de las musas.
     Una, dos, tres frases sin sentido.    El lapicero, bostezando, plasmó sobre ellas unos trazos cargados de apatía.
   Sus pupilas se deslizaban entre la niebla y las pestañas, luchaban contra la gravedad.
       El lápiz se desprendía de sus dedos y su respiración comenzaba a entonar melodías angelicales, dejando volar sus pasos  a los mundos de la inconsciencia.
   Una niña corría a su lado intentando avisarle con voz sorprendida: 
.- papá, papá, mira, el lapicero se mueve solo. Se mueve solo.
          Aquellas líneas desordenadas, se convirtieron en una linda mariposa y al escapar por la ventana, sus alas se llenaron de color.
      La mariposa voló alto, hasta meterse en la cabaña del árbol.   La niña corrió tras ella sobre el césped del jardín, se encaramó escala arriba y entró en la cabaña.
  La brisa provocada por las alas, daban movimiento a una cuartilla de papel de celofán.    Junto a ella bailaban las pinturas de colores y al momento, ¡Chas! Gran cantidad de teclas negras y blancas, caían sobre la mesa y revoloteando se iban colocando en orden y alineadas entre sí.       La mariposa empujó la espalda de la chiquilla.

.- ay, déjame
     .- pon los dedos en las teclas y ellas los guiarán  por el camino correcto
.- ¿quién habla? ¿quién eres?
     .- soy yo, tras quien corriste hasta aquí
.- me gustabas. Pero ahora me da miedo
      .- ¿miedo? ¿de qué?
.- no sé.  Nunca había oído hablar a una mariposa
      .- Ah, claro… es que yo no soy una mariposa normal, yo soy la musa
.-  ¿La qué?
    .- vamos, acerca las manos al teclado.

        La niña estiró sus brazos temblorosos.  Un cosquilleo que nacía en la nuca, se deslizó por sus hombros hasta la punta de los dedos y las teclas al ver que sus manos se acercaban comenzaron a moverse alegremente.

.-  venga, sin miedo, pon tus dedos sobre ellas. Están esperando.
     
      Al roce de sus yemas, algo parecía empujar en la uña del dedo índice hacia abajo.
    Se produjo un sonido de color celestial y el resto de dedos comenzaron a moverse automáticamente.
    A cada tecla pulsada, con cada sonido, un pétalo de flor entraba por la ventana y el aire se llenaba de dulces aromas que al ser aspirados, envolvían el cuerpo de la niña en una burbuja que levitaba libremente al compás de la tierna melodía.
   
      El padre despertó. El lapicero estaba caído en el suelo. El folio totalmente en blanco y la silla que siempre estaba a  su lado vacía.     No podía ser.      Su niña, ¿dónde estaba su niña?
    ¿Estaría soñando?  Frotó sus ojos con fuerza y se pellizcó para comprobar que no era un sueño.   Se puso en pie, pero donde mirar.  Como usar la lógica en algo tan ilógico.
       Busco por toda la casa, bajo las camas, en los armarios, detrás del televisor, incluso llegó a quitar la tapa, para mirar dentro del piano. 
      Los nervios atenazaban sus músculos, el corazón se le salía del pecho, la respiración se hacía más pesada.      Tenía que oxigenar su cerebro e intentar entender o al menos intentarlo.
    
    Salió al jardín e hincó las rodillas en la hierba alzando la mirada al cielo.  Sus pupilas quedaron clavadas en la cabaña del árbol.  Era imposible, pero…  todo era imposible.
        Algo desconocido, la falta de cordura le incitó a subir.  Allí estaba su niña, dormida sobre aquella hamaca atada a las vigas del techo hace tantos años y jamás utilizada.
   Se abalanzó sobre ella, la abrazó y lloro hasta la extenuación.     Luego la cogió en sus brazos y como pudo, bajo de nuevo la escalinata.          (Su niña seguía dormida, con la cabecita apoyada en su hombro, el pecho contra su pecho y las piernas colgando).
                Aflojó las rótulas y dejó caer su cuerpo boca arriba en el césped, sirviendo de colchón al aura de aquella ninfa.

     La tarde caía, al ocultarse el sol, comenzaba a hacer fresquito.   Dejó un momento tumbada a la niña en el suelo para incorporarse y jugando como siempre, la cogió y zarandeó para llevarla de vuelta a su silla. 
        Con ella allí sentada, la casa volvía a iluminarse con su gran sonrisa. La experiencia más hermosa jamás vivida, debería quedar como un secreto.      Nadie jamás creería lo sucedido.

     En los ratos libres, día tras día, noche tras noche, juntos estaban frente al ordenador o en el piano, inventando fábulas melodiosas que trasmitiesen felicidad.    Pero a papá, le faltaban las fuerzas.       La fiera garra de la vida, incrementaba su peso con un nuevo zarpazo en cada amanecer.  Aquellos poemas y sus melodías, abrazaban los tonos grises y ella, no sabía cómo solucionarlo.

       Había pasado tanto tiempo, que el polvo había tupido los colores de aquella grácil mariposa.  La musa se había cansado de esperar y las alas negras sobrevolaban cada palabra, cada nota, cada sentir.

           El padre, miraba el pentagrama, sin saber que poner en él.  Tras mirar a su niña, volteó la cara, para no mostrar sus sollozantes ojos.  Callado, Inmerso en la miseria de la desolación,  la luz de la esperanza se perdía en el horizonte y la parca, abrazaba su alma soñadora, sumiéndola en la profundidad del caos.

       Aquél cuerpecito inmóvil, el de ella, desde su silla, fue estirando los brazos hasta llegar al teclado.   Sus dedos comenzaron a moverse y de las teclas, brotaron de nuevo pétalos de mil colores.  La dulce melodía lo envolvió haciéndole volar a través de los tiempos y el arco iris de la felicidad, volvió a travesar su pecho.

     Volvió de nuevo la cara.    Una gran sonrisa ocupaba todo el rostro de su niña y sobre su pecho, con forma de grandes alas de mariposa, un papel pautado donde habitaba una melodía.    
     Las notas  más bellas  jamás escritas.